Capítulo 6 #3
Benigno lo miró con cara de no entender nada. Iago se despidió con un gesto y siguió andando, y solo en la siguiente esquina se permitió pararse, apoyar la mano en la pared fría, y decir en voz baja, para sí, lo que llevaba una semana orbitando:
—Home! —dijo—. Qué es esto.
No había nadie para contestar. La calle estaba vacía, la mañana estaba gris, y en el escaparate de la tienda de Gloria, entre el detergente y las conservas, alguien había colgado ya un cartelito escrito la mano: «OUTONO VIVO — proximamente».
Otoño vivo. Iago lo miró sin verlo, pensando en los muertos del camino viejo, y se le ocurrió que el pueblo entero era una consulta de puertas para adentro: todos enfermos de lo mismo, todos diciendo que era la caldera.
* * *
El lunes por la noche, en «A Lareira», se dejó caer a la hora en que Lula contaba las novedades, y escuchó.
La lista había crecido. Ya nadie decía diecisiete: ahora Lula hablaba de ‘veinte y tantos’, con la voz baja y el trapo quieto, y daba nombres nuevos que Iago fue sumando mentalmente.
La gente dormía con la luz encendida. La gente había empezado a llevar a los niños a dormir a la cama de los padres, ‘por la caldera, que falla’, y nadie se creía lo de la caldera.
Y había —Lula lo contó al final, con la barra apoyada en los codos— una novedad que no era un sueño: el Evaristo, decían, había empezado a dormir.
Lo veían ahora por el bar a las diez de la noche, bostezando como una persona normal, yéndose a casa a la hora de persona normal.
—Contan por aí —dijo Lula— que hasta tiene buena cara. Después de dos años. Vaya misterio, ¿no?
Iago no contestó. Se estaba mirando las manos, a la luz amarilla del bar, y entre el índice y el corazón, aunque se había lavado cinco veces aquel día, le pareció oler otra vez la cera.
—Usted tiene mala cara también, veterinario —dijo Lula, de pronto, sin la sonrisa—.
No se me ofenda. Pero esta semana está entrando mucha gente con la misma cara, y yo voy apuntando, que para eso tengo la barra.
—Bajó la voz—. ¿Saben que hay cosas nuevas en el camposanto?
Flores. La gente está subiendo a poner flores a medio otoño, que eso no se hace hasta noviembre.
Andan a apañar algo que no saben nombrar.
Iago no contestó a eso tampoco. En el cuaderno mental, otra línea se escribió sola: la gente llevaba flores a los muertos fuera de temporada, como quien paga por adelantado una cuenta que no entiende.
Lula le llenó el vaso sin que se lo pidiera: por aquella noche, la conversación había terminado; la compañía, no.
Al salir, en la calle oscura, se encontró a Sabela que cerraba la botica. No estaba previsto; nada estaba previsto con ella.
—Veinte y tantos —dijo ella, a modo de saludo.
—Veintiséis, con los dos de hoy.
Caminaron juntos la media calle de siempre. Llevaban, sin hablar de ello, el mismo paso: el de dos personas que no quieren llegar a ninguna esquina donde tengan que despedirse.
—Tú también —dijo ella de pronto, sin mirarlo.
—¿Yo también qué?
—No duermes. Tienes mala cara. Hueles… —se detuvo, eligió— …hueles a cera.
Iago se paró en seco. Ella se paró dos pasos más allá, y no se volvió.
—Es fantasosmia —dijo él, con la voz de la facultad—. Es un síntoma documentado. Estrés, sinusitis, migraña…
—Iago.
—Qué.
—No me hables como a un paciente —dijo ella, despacio, todavía de espaldas—. Que yo no te hablo como a una vaca.
Y siguió caminando, y él se quedó en medio de la calle, y tardó un buen rato en darse cuenta de que aquello, en el idioma de Sabela Reboredo, había sido casi un abrazo.
Subió a casa despacio. Se lavó las manos una vez más, sin fe ya, solo por costumbre, y en el espejo del baño se miró con la atención que pondría en un animal de consulta: las ojeras, sí; la barba de dos días; y en la sien derecha, medio escondido en el pelo —lo había visto aquella mañana afeitándose y se había dicho que era la luz—, un mechón blanco.
No canoso: blanco. Un mechón de pelo blanco puro, nuevo, de la semana, que en el espejo del baño parecía una salpicadura de harina.
Iago se lo tocó. No dolía; los mechones blancos no duelen.
—Estrés —dijo al espejo—. Canas súbitas por estrés. Documentado.
El espejo no discutió: los espejos nunca discutían; para eso estaba el pueblo.
Antes de acostarse, hizo algo que no había hecho en años: cerró la persiana entera, echó el cerrojo, y dejó la llave puesta.
No por miedo, se dijo, con la voz de la facultad.
Por higiene del sueño. Y durmió, y soñó que caminaba, y esta vez, al pasar en el sueño por delante de la casa de la botica, miró de reojo la ventana de arriba —la sabía suya, todo el pueblo sabía cuál era— y la encontró encendida, con una sombra sentada detrás, quieta, velando.
Se despertó a las cinco con la certeza terca de que la sombra no era parte del sueño.
Y en vez de asustarse —se dio cuenta al día siguiente, escribiéndolo con la letra pequeña— en vez de asustarse, había dormido mejor el resto de la noche. Que fuera ella la que velaba; que fuera ella.