Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Secundino pasó por el consultorio aquella mañana, como pasaba a veces, sin avisar, con la excusa de un pico para el loro o de un saco de pienso que no necesitaba.

El viejo se sentó en la silla de los clientes, cruzó las manos sobre el bastón, y miró a Iago con esa atención de los veterinarios viejos, que reconocían un animal enfermo a veinte metros.

—Tienes mala cara —dijo, a modo de saludo.

—He dormido mal.

—Todo el mundo duerme mal. —Secundino movió el bastón sobre el suelo, pensando—. No meu tempo, cuando todo el mundo dormía mal, se miraba hacia el camino viejo.

Iago sintió que algo se le ordenaba en la nuca.

—¿Por qué el camino viejo?

—Porque era por dónde iban los que iban. —El viejo lo miró de frente, un segundo, y luego miró al techo—. Cosas que me contó mi padre, que las contó o su. Ahora ya no se cuentan. Los mozos marchan, y las cosas viejas quedan sin quién las leve.

—Secundino. —Iago se sentó frente a él—. ¿Qué es la Santa Compaña ?

El viejo no se movió. El bastón dejó de dibujar en el suelo. Y cuando habló, lo hizo con la voz más baja y más clara que Iago le había oído nunca, desguazando las frases como siempre, pero sin una sola sílaba de más:

—Esa palabra —dijo—. No la digas en voz alta después de que oscurezca. Y si un día la noche te huele a tierra removida y oyes campanillas, no salgas a ver. Eso es todo lo que te puedo decir hoy.

—¿Hoy?

—Hoy. —Secundino se levantó, con la lentitud de sus setenta y siete años—. El resto, cuando toque. Si es que toca, que Dios no quiera.

Se fue sin comprar el pienso. Iago se quedó solo en el consultorio, con la puerta abierta de par en par aunque hacía frío, porque de pronto la casa le parecía demasiado cerrada.

A la hora de comer bajó al pueblo y, sin decidirlo, hizo el recorrido contrario al de costumbre: el que pasaba por la casa de Evaristo.

La casa del viejo carpintero estaba al final de la calle de arriba, con el taller de puertas verdes que ya no abría nunca y el huerto detrás.

Y ahí estaba Evaristo, a plenel sol de mediodía, agachado entre las coles con una azada, con la gorra echada atrás y un pitillo en la comisura, tarareando.

Tarareando. Iago se paró al otro lado del muro bajo, con el pretexto de atarse el cordón, y miró.

Era otro hombre. Eso era lo inexplicable, lo que no tenía casilla: el Evaristo de junio era un saco de huesos con ojeras, que se dormía en el banco de la plaza a las cinco de la tarde; y el Evaristo de aquel mediodía cantaba entre las coles con la cara colorada y las manos firmes.

Alguien le había quitado una mochila de piedras; se la había dado a otro —Iago terminó de atarse el cordón y siguió andando, con la nuca fría—.

Esa tarde escribió en el cuaderno dos líneas y las rodeó dos veces: «Evaristo duerme. Evaristo canta. Desde el jueves de madrugada. Desde la vela.»

* * *

La tercera noche fue la peor.

No por el sueño —el sueño ya era casi rutina: el camino, la niebla, las velas bajas, el tintineo— sino por lo que encontró al despertar: se despertó de pie.

Estaba en la cocina, descalzo, con la ropa de diario encima del pijama y las manos frías, y no se acordaba de haber bajado.

El cerrojo de la puerta seguía echado. Las zapatillas, junto a la entrada, estaban limpias: él las había limpiado.

Pero los pies —los pies descalzos tenían tierra entre los dedos, tierra oscura y fría, y en el suelo de la cocina había dos huellas húmedas que se iban borrando.

Iago se sentó en el suelo de la cocina, junto a las huellas, y se quedó ahí un rato largo.

No había hipótesis pendiente que cubriera eso.

Podía escribirlo todo en el cuaderno —lo escribiría, con letra pequeña— pero la ciencia que él conocía no tenía capítulo para el hombre que camina dormido con el cerrojo echado y no abre la puerta.

Salvo que sí la abriera. Salvo que la hubiera abierto, dormido, y la hubiera vuelto a cerrar, dormido, con la precisión de una vida entera de cerrar puertas.

Eso era lo razonable; eso era, incluso, casi seguro.

Se lo repitió mientras se lavaba los pies, mientras volvía a la cama, mientras miraba el techo hasta que aclaró.

Se lo repitió y se lo creyó a medias, y la otra media —la media que no se creía nada— pensaba en la cara de Evaristo aquella madrugada en el cruce, en la paz repentina de aquel viejo, en las manos vacías.

‘Guárdala bien’, había dicho. ‘No la dejes apagar.’

Y Sabela, con la cara blanca: ‘Apágala.’ Lo sabía; llevaba semanas sabiéndolo sin saber decirlo.

* * *

El domingo volvieron a juntarse, esta vez en el consultorio, porque Sabela dijo que en la botica había demasiadas orejas de fin de semana y porque a Iago se le ocurrió que su casa, con sus papeles de la ADSG y su hervidor de agua, era el lugar más aburrido y por tanto más seguro del valle.

Ella llegó con la libreta roja y con un tarro de algo que dejó junto al hervidor sin comentario.

Él fingió no verlo. Ella fingió no ver que él fingía.

Era un juego nuevo entre los dos: él le dejaba infusiones en los bolsillos del delantal, ella le dejaba tarros junto al hervidor, y ninguno decía nada, porque decirlo habría sido aceptar que se estaban cuidando.

Sumaron dos nombres nuevos. Y luego, con el plano abierto otra vez entre los dos, Sabela le enseñó la otra cosa, la que no estaba en ninguna lista.

—El camino viejo —dijo, pasando el dedo por la línea torcida—. ¿Sabes por qué es viejo?

—Porque hay uno nuevo.

—Porque era por dónde bajaban los muertos.

—No lo dijo con solemnidad; lo dijo como si explicara una tubería—.

Antes de la carretera, cuando alguien moría, iban a pie detrás del féretro desde la casa hasta el camposanto.

Todo el pueblo. Por la puerta de atrás de la iglesia, por la curva de la higuera, por el cruceiro.

Cada casa del camino salía a la puerta. Era el…

—buscó la palabra en castellano y no la encontró— el paseo final.

El último. La carretera le robó eso al pueblo, no le digas a nadie que te lo dije yo.

Iago miró el plano. Las diecisiete cruces, la línea torcida, la curva antes de la cruz.

—Entonces la gente que sueña —dijo despacio— vive a lo largo del camino por donde el pueblo enterraba a sus muertos.

—Eso.

—Y sueñan que caminan por él. Detrás de alguien.

—Eso.

No dijeron nada más durante un rato. El hervidor soltó vapor.

Y fue entonces, cuando ella se inclinó a recoger el plano, cuando Iago lo vio con claridad: las ojeras de ella, a la luz blanca de la cocina, eran peores que las suyas.

Mucho peores. Violeta oscuro, hundidas, con la piel de alrededor fina como papel de fumar.

Él llevaba tres noches malas y parecía un hombre cansado; ella llevaba —¿cuántas?

¿desde cuándo?— y parecía una mujer pagando la plazos algo que no se veía.

—Sabela —dijo, antes de poder pararse—. ¿Cuándo has dormido tú de verdad por última vez?

Ella cerró el plano. Se lo quedó un momento contra el pecho, doblado, como un escudo pequeño y cuadrado.

—Duermo —dijo.

—No es lo que he preguntado.

—No —dijo ella, y sonrió sin abrir la boca—. No es. —Se puso el chal—. El miércoles por la mañana bajo a comprar a la carballeira, si quieres hacer intercambio de información como dos profesionales serios. En el puesto de las verduras, que es donde se habla de todo.

—¿Me estás citando en el puesto de las verduras?

—Te estoy citando donde hay gente —dijo ella desde la puerta—. Que en mis paredes escuchan y en las tuyas también. Buenas noches, Iago.

—Buenas noches.

Se fue. Iago se quedó con el hervidor apagado y el tarro misterioso, que resultó ser —lo abrió cuando ya no podía verlo nadie— una mezcla de hierbas con una etiqueta de letra redonda y pequeña: «para el sueño. Sin peaxe.»

Sin peaje. Las hierbas de verdad, las de la casa, no venían nunca con precio; esta venía con uno que no era dinero.

Se hizo la infusión, porque era domingo y porque era de ella.

Y aquella noche, la cuarta desde la vela, no caminó en sueños más que un rato corto, y al despertar —zapatillas limpias, pies limpios, la infusión o la suerte— pensó que le debía a aquella mujer una noche entera, y que no sabía en qué moneda se pagaba eso, y que sospechaba que ella sí.

* * *

El lunes, en la calle, lo paró el tío Benigno.

El tío Benigno, que llevaba diez días sin salir de casa según Lula, lo paró en mitad de la acera con la cara de quien ha tomado una decisión. Iago pensó que le iba a hablar de una vaca.

—Usted es médico, casi —dijo Benigno—. Dígame una cosa. ¿Un hombre puede cansarse de soñar?

—¿Cansarse?

—Canso. Magro. —El viejo se miró las manos—. Mi mujer dice que estoy hecho un palo. Y yo duermo, hombre, duermo tumbado, como todos. Pero me levanto más cansado del que me acosté. Como si trabajara de noche.

Iago lo miró. Sesenta y tantos años, piel de campo, manos de campo, y en la sien izquierda —lo vio con el ojo ya entrenado, con el ojo que no quería tener— un mechón de pelo blanco, nuevo, del tamaño de un dedo.

—Haga caso a su mujer —dijo, con la voz que se le había quedado rara—. Coma bien. Y si una noche oye campanillas… —se oyó decirlo, y no pudo parar— no salga a ver.