Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 1
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Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2)

Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2)

Por Iria Valdorna

© inepub.com

Capítulo 1

Sabela

El sueño venía otra vez con las manos por delante.

No eran sus manos. Eso lo supo antes de ver nada más, en esa certeza sin bordes que tienen los sueños: unas manos de hombre, anchas, de nudillos gastados y uñas cuadradas, que sostenían una vela gruesa delante del pecho.

La llama no se movía, aunque el aire del sueño olía a camino de noche y la niebla removida por muchos pasos.

Y la cera —la cera sí se movía— corría despacio por el costado de la vela, se juntaba en el borde y caía, gota a gota, en los huecos entre los dedos.

El hombre del sueño no gritaba. Eso era lo peor.

Sabela sentía el escaldón en la piel que no era suya, un calor redondo y paciente, y el hombre seguía caminando entre la niebla, paso tras paso, como si llevara años sabiendo que la cera quema y que eso no es motivo para soltar.

Detrás de él había más luces. No las veía, pero sabía que estaban: un hilo de llamas pequeñas y obedientes, todas siguiendo a la primera.

Se despertó con los dedos cerrados sobre la sábana, tan fuerte que le dolieron los nudillos.

La habitación olía a madera vieja y a la manzanilla que había colgado la víspera de la viguera del tejado.

Fuera, el cielo de septiembre empezaba apenas a aclarar por encima del souto, y el orballo de la madrugada pegaba contra los cristales un murmullo fino, más tacto que sonido.

Sabela se quedó quieta, escuchando su propia respiración, hasta que el escaldón imaginario se le fue de las manos.

—Vaia —dijo en voz baja, a nadie.

No era la primera vez. Desde junio, desde la noche de San Xoán, sus sueños habían cambiado de oficio: ya no soñaba su vida, soñaba retazos ajenos que no pedían permiso.

Un niño con fiebre en una cama que no conocía.

Una mujer que se tocaba el pecho buscando un bulto.

Cosas así, retazos de consulta que se colaban en la almohada, y que su abuela habría despachado con un ‘eso es el oficio, rapaza’.

Pero esta era la primera vez que soñaba una muerte que venía con una vela.

Una muerte con las manos abiertas de un hombre y una vela encendida junto al cuerpo.

Se levantó, se echó el chal de su abuela sobre los hombros y bajó descalza la escalera de la botica.

Los peldaños crujieron en los sitios de siempre: el tercero, el séptimo.

En el cuarto de atrás, el cuaderno das peaxes esperaba cerrado sobre la mesa de pino, con el lápiz encima, como Mariña lo dejaba siempre.

Sabela pasó la mano por la tapa sin abrirlo.

No había nada que apuntar todavía. Los sueños no se cobran; los sueños solo avisan.

Se calzó las botas, cogió el cántaro y, antes de que el pueblo terminara de despertar, echó el cerrojo y salió a buscar agua a A Fonte Vella.

El camino bajaba entre castaños y zarzas, con la tierra oscura de la humedad de la noche.

A esa hora el valle entero estaba lleno de niebla baja, de esa niebla de la Ribeira que no cae del cielo sino que sube del suelo, con la lentitud de una respiración.

Sabela conocía cada piedra de ese sendero desde antes de saber leer; su abuela la traía de la mano y le enseñaba a distinguir el paso del agua bajo la hierba.

‘La fuente escoge a quien la escucha’, decía Mariña, y nunca explicaba más.

De pequeña, Sabela se pasaba el camino preguntando qué había que escuchar; ahora ya lo sabía: había que escucharlo todo, y quedarse con lo poco que contestaba.

Ahora llevaba el cántaro en la cadera y el chal bien cerrado, y el pueblo entero dormía todavía detrás del último recodo.

Por eso vio venir a Evaristo antes de que él la viera a ella.

El viejo carpintero subía por el camino de arriba, el que baja del monte y pasa junto al cruceiro , con el paso cansado de quien ha andado muchas horas sin ir a ninguna parte.

Llevaba la chaqueta de siempre, la de los botones de hueso, y la gorra hundida hasta las cejas.

No llevaba herramientas. No llevaba nada en las manos.

Y eso, en Evaristo Maneiro, que había pasado sesenta años llevando siempre algo en las manos —un cepillo, una regla, un saco de clavos—, era casi tan raro como la hora.

—Buenos días, Evaristo —dijo Sabela, parándose en el borde del camino.

El hombre tardó un segundo en encontrarla con los ojos.

Era un hombre seco y alto, de esos que la edad va afilando en vez de doblar, y tenía la costumbre de mirar siempre un poco al lado de quien le hablaba: la conversación le pasaba detrás del hombro.

Sonrió entonces, una sonrisa breve y torcida, de las que no llegan a abrir la boca.

—Buenos días, rapaza. —Señaló el cántaro con la barbilla—. Tu abuela también madrugaba así.

—Mi abuela madrugaba más que el sol.

—Eso. —Evaristo miró hacia el pueblo, hacia las primeras chimeneas, y luego miró el cielo, a consultar una hora que no está en ningún reloj—. Eu xa non teño sono —dijo.

Lo dijo como quien comenta que va a llover.

Sabela había oído esa frase toda la vida salir de esa boca, siempre a esas horas, siempre con ese tono de cosa ya rendida.

De pequeña le daba risa: cómo iba a no tener sueño un hombre que volvía a casa con la cara de no haber dormido.

Ahora la frase se le quedó colgada en el pecho, sin saber por qué.

Había algo en la manera de decirla —no cansancio, no queja; casi un parte de situación— que no encajaba con ningún sueño que ella conociera.

—Debería dormir más —dijo, por decir algo.

—Dormir —repitió Evaristo, como si la palabra fuera de otro idioma. Luego levantó una mano, a modo de despedida o de disculpa, y pasó junto a ella camino abajo.

Sabela giró la cabeza para verlo alejarse y entonces lo vio: los zapatos.

Los zapatos viejos de faena, embarrados hasta el tobillo, y el barro oscuro y fresco, con restos de hierba aplastada que aún brillaban de rocío.

No el barro rojo y polvoriento de los caminos de día.

Barro de camino de noche, de hierba pisada a oscuras.

Barro que en la luz gris del amanecer parecía negro.

Se quedó mirando hasta que la espalda del viejo se perdió detrás de la curva.

Luego siguió hasta la fuente, se arrodilló sobre la piedra lisa de tanto uso y llenó el cántaro.

El agua de A Fonte Vella salió fría y clara como siempre, con ese hilo constante que no crecía con la lluvia ni menguaba con el verano, y ella la miró correr un momento de más, como si el agua fuera a contarle algo.

Había venido a esa piedra a llorar cuando murió su madre, a esconderse cuando su padre hizo las maletas para Suiza, a celebrar en silencio la primera vez que una cura le salió entera.

La fuente no contestaba nunca, pero de algún modo las cosas que se le contaban a la fuente volvían a casa ya ordenadas.

Aquella mañana le contó el sueño —las manos, la cera, el hilo de luces detrás— y luego le contó los zapatos de Evaristo, y el barro negro, y la frase de siempre dicha como un parte.

El agua no contó nada. El agua nunca cuenta nada hasta que ya es tarde.

* * *

La botica abría a las nueve, pero a las ocho y media ya había alguien esperando en la puerta: la señora Hortensia, con su nieto de la mano y una bolsa de tela colgando del brazo.

—Es para el niño —dijo, señalando al niño, que la miraba con curiosidad y sin ningún miedo—. Dale vuelta al cuello cada vez que pasa un coche grande. Su madre dice que es mal de ojo.

—¿Y usted qué dice?

—Yo digo que su madre tiene razón —dijo la señora Hortensia, con la lógica inapelable de las abuelas.

Sabela los hizo pasar. El niño se llamaba Brais, tenía cinco años y más interés en los frascos que en su propio cuello.

Sabela lo sentó en el banco alto, le habló de las hierbas que colgaban del techo —cada una tiene nombre, igual que tú— y mientras tanto le pasó la mano por detrás de la nuca, despacio, una vez, dos.

No había nada que curar: había un niño sano, una abuela preocupada y una madre cansada en alguna parte.

Pero había un susto pequeño, de esos que se pegan a la piel como el polvo del camino, y eso sí sabía ella quitarlo: con las manos quietas, con la voz baja, con un poco de agua de la fonte y una ramita de romero que la señora Hortensia se llevó después en la bolsa, envuelta en papel de periódico, con la solemnidad de quien lleva una receta de médico.

—Eso no le hace daño —dijo la abuela al salir, medio en pregunta.

—No le hace daño —confirmó Sabela.

Era verdad. No todo lo que entraba por la puerta de la botica cobraba peaxe . Había males pequeños que se curaban con oficio y con atención, y Mariña había sido siempre muy clara: ‘La peaxe es para lo que cuesta. Lo que no cuesta, se regala, que la vida ya cobra por nosotros.’

A media mañana llegó Nadia silbando y con el móvil en la mano, como llegaba a todas partes.

—É que no vas a creer lo que dice el grupo —anunció desde la puerta, sin saludar, encendiendo la luz grande con la soltura de la casa propia; Sabela, que limpiaba el mostrador, levantó una ceja.

—Buenos días a ti también.

—Buenos días, buenos días. —Nadia dejó la mochila sobre el banco y giró la pantalla—. Mira. Lo mandó la prima de mi madre, que lo oyó en casa de Catalina. Dice que hay gente en el pueblo que está soñando lo mismo. Lo mismo, Sabela. Que caminan de noche con una vela.

La mano de Sabela se quedó quieta sobre el trapo.

—¿Quién lo sueña?

—Pues… a Catalina, la viuda, y creo que el tío Benigno, el de la casa de la carballeira. Y dicen que otro más, pero ese no lo quieren decir. —Nadia bajó el móvil y la miró con los ojos muy abiertos, esperando—. ¿Es cosa tuya? ¿De las tuyas?

—No es cosa mía —dijo Sabela.

—Pero es cosa rara.

—Es un sueño.

—Un sueño que tienen tres.

Sabela recogió el trapo y lo dobló con más cuidado del que un trapo necesita.

—Los sueños también se contagian, Nadia. Como los bostezos y como el miedo; no hace falta magia para eso.

—Es que tú siempre dices eso y luego resulta que sí hacía falta.