Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Sabela rio bajito, pero la risa se le quedó corta. Porque ella también había soñado con una vela esa noche. Y porque su abuela, que nunca hablaba de lo que no convenía, tenía una manera muy suya de cerrar la boca justo cuando el pueblo empezaba a hablar de muertos.

—Pon a secar el romero que cortamos ayer —dijo, y Nadia, que sabía cuándo la conversación se había acabado, puso cara de no estar de acuerdo pero se fue a la trastienda.

No llegó a abrir la primera gaveta. La puerta de la calle se abrió de golpe y entró Amancio empujándola con el hombro, y con él entró el olor a establo y a preocupación.

—Sabela. La becerriña.

Nadia se asomó desde la trastienda. Amancio no era hombre de rodeos: la becerra de la vaca rubia, la que había parido la semana antes, llevaba desde la medianoche con fiebre alta, temblando, sin mamar.

Había llamado al veterinario, sí, no fuera a decir luego nadie que no —dijo, y al decirlo miró a Sabela de reojo, porque todo el pueblo sabía ya cómo se gastaban las cosas entre aquella casa y el consultorio de la otra acera—.

Pero el veterinario estaba en Pantón, en un parto, y tardaría.

—Tráela —dijo Sabela.

—Está en la carreta.

La becerra era un bulto pequeño y caliente sobre la paja de la carreta, con las orejas caídas y el hocico seco.

Entre los dos la bajaron al corral de atrás, donde la luz entraba oblicua y olía a heno.

Sabela se arrodilló junto al animal y dejó la mano quieta un palmo por encima del lomo. No tocó. Esperó.

Desde junio, su mano sabía cosas antes que ella.

No era un don de cuento: era más como el oído de quien afinó gaitas toda la vida, que distingue un medio tono donde los demás solo oyen ruido.

La fiebre de la becerra tenía un sitio, una forma, una dirección.

Sabela la sintió subir por su palma como un calor de brasa cubierta: un fuego húmedo, sucio, de esos que no alumbran.

—Mira a ver si me deja —murmuró.

La becerra volvió el hocico hacia su mano y no se apartó. Eso era la mitad de todo. Mariña lo decía siempre: el animal sabe mejor que nosotros quién le quiere hacer el bien. La otra mitad era la peaxe, y esa no se la decía a nadie.

Pidió a Nadia el cuenco con el agua de la fonte y el puñado de hierba de San Juan seca que colgaba del techo, más por costumbre que por necesidad; las hierbas eran la escalera, pero quien subía era ella. Puso la mano en el lomo de la becerra y cerró los ojos.

Desde fuera, después le contó Nadia, no se veía nada.

Solo una muchacha arrodillada en la paja con la mano quieta y una becerra que respiraba cada vez más despacio.

Desde dentro, Sabela recorría el camino de siempre: el mal entraba en su palma como entra el frío de una piedra, subía por el brazo, se cruzaba por el pecho —un pinchazo de fiebre que no era suyo, un temblor que no era suyo, un susto de animal pequeño que no entiende por qué el mundo quema— y salía.

Salía. Tenía que salir. Todo lo que entra en mí, que salga, pensó, como pensaba siempre, como le había enseñado la abuela sin enseñárselo.

La becerra estornudó, sacudió las orejas y se incorporó con las patas torpes, indignada y viva.

—La vaca no miente —dijo Amancio desde la puerta, con la voz más baja de lo que le salía de costumbre. Y luego, como para tapar aquello: —La fiebre bajó. Yo no sé qué hiciste, y no quiero saberlo.

—La fiebre bajó. Dales agua y déjalas quietas un par de días.

—Eso.

Fue entonces cuando sonó el coche en la calle, ese diésel viejo que todo el pueblo reconocía ya, y Amancio hizo una mueca.

—El veterinario —dijo, y no parecía del todo disgustado, porque Amancio era de los que quieren tener razón más que tener salud, y aquel día iba a tener las dos cosas a la vez.

Iago Lamela entró en el corral con el maletín en una mano y la chaqueta del gremio en el brazo, y lo primero que miró no fue a la becerra sino a la mano de Sabela, que aún descansaba sobre el lomo del animal.

—Me han dicho que había una urgencia —dijo.

—Ya la hubo —dijo Sabela, levantándose.

Se midieron. Hacía tres meses que no se hablaban más que lo indispensable, desde la noche de San Xoán, desde la cacharela y todo lo que había pasado junto al fuego y que ninguno de los dos nombraba en voz alta.

Él tenía el mismo pelo oscuro algo más largo de lo prudente y la misma manera de quedarse quieto cuando estaba calculando.

Ella sabía que tenía los ojos hinchados de haber dormido mal y el chal de su abuela lleno de paja.

—La fiebre cedió —dijo Iago, y no era una pregunta.

—La fiebre cedió.

—¿Puedo?

—El animal no es mío.

Amancio carraspeó. Iago se arrodilló donde ella había estado —Sabela notó, con una punzada absurda, que se arrodillaba exactamente en su hueco de la paja— y examinó a la becerra con la eficiencia amable de su oficio: hocico, ojos, temperatura, palpación; la becerra, ofendida, intentó morderle la manga.

—Temperatura normal —dijo al fin, de espaldas a todos—. Mucosas bien. Apetito… evidente. —Se levantó, se sacudió la paja y miró a Amancio—. ¿Qué le diste?

—Yo no le dije nada; la traje aquí.

—Ya.

Hubo un silencio del tamaño del corral. Nadia había desaparecido discretamente hacia la tienda, con un instinto de supervivencia admirable.

Amancio miraba a su becerra como quien espera una declaración.

Iago miraba a Sabela. Sabela sostenía la mirada porque sostenerla era menos cansado que explicarla.

Habían pasado por esto en primavera: el rebaño, las muertes, la sospecha y la verdad que ninguno de los dos habría encontrado solo.

Habían aprendido a trabajar juntos a la fuerza, y luego, una noche de junio, habían aprendido otra cosa que no venía en ningún libro.

Y después de esa noche, nada. Tres meses de buenos días y buenas tardes, de cruzarse en la calle y en la feira, de mirarse el tiempo justo.

Como si los dos hubieran decidido, sin ponerse de acuerdo, que aquello había sido el fuego de San Xoán y que el fuego de San Xoán se apaga al amanecer.

—Vamos ver —dijo él al final, despacio, como quien guarda una carta en el bolsillo.

Era su frase de siempre, la que usaba para todo lo que no podía pesar ni medir.

La primera vez que Sabela la había oído, en primavera, le había sonado a amenaza cortés.

Después, con los meses, había aprendido que en boca de Iago Lamela aquella frase podía querer decir desde ‘no te creo’ hasta ‘dame tiempo’, pasando por un tercer significado que ninguno de los dos había tenido la valentía de averiguar.

Aquel día sonó, sobre todo, a hombre que no acepta perder una becerra ni aunque la becerra se salve.

Y recogió el maletín, despacio, como se recoge un instrumento después de una operación que salió bien.

Salió sin decir nada más. Amancio salió detrás, murmurando algo de la carreta. Y Sabela se quedó sola con la becerra y con el hueco de calor que el animal le había dejado en la palma, esperando el precio que ya conocía.

Llegó a la hora de comer. Primero fue un cansancio de plomo, de los que doblan las rodillas; luego el sueño, tan espeso y tan sin fondo que alcanzó a subir la escalera de la botica porque sus pies conocían el camino mejor que su cabeza.

Se durmió con la ropa puesta y el chal encima, y durmió diez horas seguidas, un sueño negro y mudo, sin velas, sin nadie.

Cuando despertó era de noche cerrada. Nadia había dejado una olla de caldo tapada junto a la lareira y una nota con letra redonda: «Coma. Y no se asuste, que la becerra está guapa. N.»

Sabela comió despacio, de pie, junto al fuego pequeño. Luego sacó el cuaderno das peaxes, lo abrió por la última raya escrita y apuntó con lápiz, en la letra apretada que le había quedado de su abuela: «becerra de Amancio, fiebre, T1. Diez horas. Mañana: su frío.»

Miró la frase un momento. La abuela nunca explicaba las cuentas, solo las escribía, página tras página, sesenta años de letra igual y de precios que nadie más sabía leer.

Sabela llevaba un año escribiendo la suya debajo, y a veces tenía la sensación de que el cuaderno entero era una sola frase muy larga que decía siempre lo mismo: todo esto cuesta, y lo pagamos nosotras.

Se acostó otra vez, y esta vez no soñó con nada.

* * *

El eco llegó puntual al día siguiente, como llegaba siempre: una fiebre leve que no era fiebre, un escalofrío que le subía por la espalda aunque la mañana salió templada y clara.

Era el frío de la becerra, prestado, que se iba gastando a lo largo del día como se gasta una vela corta.

Sabela lo llevó con oficio: dos chaquetas, caldo a media mañana, y el mostrador de la botica como apoyo disimulado cuando las rodillas recordaban que no eran del todo suyas.

Por la tarde bajó a comprar pan y acabó, como acababa todo el mundo, en «A Lareira».