Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

El bar olía a café recién hecho y al fuego que Lula encendía temprano apenas entraba septiembre.

Había dos parroquianos jugando al dominó junto a la ventana y una conversación que se apagó un semitono cuando ella entró —Sabela lo notó, lo llevaba notando desde primavera: algunas conversaciones se apagaban al verla, y otras, últimamente, se encendían.

Lula la vio entrar y ya tenía el vaso puesto antes de que Sabela abriera la boca.

—Estás verde —dijo la tabernera, con ese cariño suyo de diagnóstico de barra.

—Estoy cansada.

—Estás verde. —Lula empujó el vaso hacia ella y se apoyó en la barra con los dos codos, en la postura que en ese bar significaba: ahora viene lo bueno—. Contan por aí que hoy Amancio ha ido por ahí diciendo que tú le bajaste la fiebre a la becerra con las manos.

—Amancio dice muchas cosas.

—Amancio dice lo que ve, que no es lo mismo.

—Lula la miró un momento y luego bajó la voz, no porque hubiera nadie cerca, sino por oficio—.

Y escucha otra cosa. Lo de los sueños. Ayer eran tres.

Hoy dicen que cinco. El mismo sueño, Sabela: caminar de noche detrás de una vela, por el camino viejo del camposanto. ¿Tú qué me dices de eso?

El escalofrío prestado le subió otra vez por la espalda, y por una vez Sabela no supo si era de la becerra o suyo.

—Que la gente habla mucho —dijo.

—Eso no es respuesta.

—Es la única que tengo hoy.

Lula la observó con los ojos entrecerrados, esa manera suya de mirar que había aprendido en treinta años de barra: mirar sin apretar. Detrás, en la mesa del dominó, alguien soltó una ficha con más fuerza de la necesaria.

—Tu abuela —dijo Lula al fin— también tenía esas respuestas. Y yo no sé si me tranquiliza o me preocupa que te parezcas tanto.

Sabela se llevó el vaso a los labios y no dijo nada.

En el espejo de detrás de la barra vio la puerta de la calle, y vio que pasaba el coche viejo del veterinario, despacio, como pasan los coches cuando quien los conduce no tiene ninguna prisa por llegar adonde dice que va.

El coche pasó de largo. Al rato, cuando Sabela salía, lo vio aparcado tres puertas más abajo, vacío, con el motor aún tibio.

No fue a buscar a su dueño. Tenía frío, tenía sueño, y tenía en el bolsillo del delantal la cuenta exacta de lo que aquella mañana le había costado una becerra.

De vuelta en casa, con la cena olvidada sobre el fuego, sacó «el libro de la botica» del estante alto y se sentó junto a la lareira con el viejo cuaderno de cuentas de su abuela sobre las rodillas.

No era un libro de recetas, aunque todo el pueblo creía que sí.

Era un libro de visitas: nombres, fechas, males, y a veces —solo a veces— una palabra suelta que Mariña se permitía como quien se permite un cigarro a escondidas.

Sabela lo había leído entero dos veces desde que heredó la casa, y conocía sus silencios casi tan bien como sus palabras.

Había años enteros de «cobre, dolor de espalda, cuatro días».

Había páginas de partos con la misma letra paciente.

Y había, de tarde en tarde, entradas que no terminaban de decir lo que decían.

Buscó los otoños: los otoños de hacía treinta, cuarenta, cincuenta años.

Y encontró, a finales de un octubre de hacía mucho, una línea más corta que las demás: «tres vecinos, el mismo sueño, no hay peaxe que lo pague.» Y debajo, más apretado aún, como si la letra quisiera ocupar menos sitio en el mundo: «no es cosa mía.»

Sabela leyó las dos líneas varias veces. No había peaxe que lo pagara. Su abuela, que pagaba por todo, que pagaba incluso por lo que no le correspondía, había escrito aquello y había cerrado el puño.

Cerró el libro con cuidado y lo devolvió a su estante. En la lareira, el fuego bajo hacía sombras quietas en la pared.

—No es cosa mía —repitió en voz alta, probando cómo sonaba.

Sonaba a frase que se dice por la mañana y se desdice por la noche.

Pero al cerrar la botica aquella noche, con el pueblo ya quieto y la niebla bajando del souto como todos los septiembres de su vida, se quedó un momento en la puerta, mirando hacia el camino viejo del camposanto que ni siquiera se veía desde allí.

Cinco personas, pensó. Cinco personas soñando con una vela, y ella soñando con las manos que la sostenían.

Su abuela habría dicho algo. Su abuela habría dicho justo lo necesario y luego habría cerrado la boca, y a la mañana siguiente habría bajado a la fuente con el cántaro y habría vuelto sabiendo más de lo que decía.

Sabela hizo lo que sabía hacer: echó el cerrojo, apagó las luces, y dejó que el pueblo durmiera, aunque fuera durmiendo todos el mismo sueño.

Arriba, en la habitación, el cuaderno das peaxes seguía abierto en la última página. Sabela lo miró antes de apagar la luz. «Mañana: su frío», decía su letra, y debajo, la raya vacía donde empezaría la siguiente cuenta.

No sabía que la siguiente cuenta ya estaba en camino, caminando de noche, con una vela en las manos.

Y en la otra acera, detrás de una ventana con la luz encendida hasta tarde, Iago Lamela repasaba por tercera vez el historial de una becerra que no tenía ningún motivo médico para estar sana, y se dijo a sí mismo, en voz alta, para que quedara constancia:

—Vamos ver.

La frase no convenció a nadie, ni siquiera a él.