Capítulo 2
Iago
Lo primero que hizo Iago al llegar al consultorio fue abrir el historial de la becerra de Amancio y leerlo de principio a fin, por si en la relectura aparecía la línea que se le escapaba.
No apareció. No había nada que apareciera: una becerra de diez días, fiebre de origen no filiado de madrugada, y a las nueve de la mañana una temperatura de treinta y ocho coma cinco, mucosas rosadas y un apetito que habría despachado a un ternero de tres meses.
El examen que él mismo le había hecho, con sus propias manos, en el corral de detrás de la botica, no dejaba lugar a dudas: el animal estaba sano.
Lo que no estaba en ninguna parte era el camino entre la medianoche y las nueve.
A media mañana llamó de la cooperativa de Monforte para lo de la campaña de otoño: las vacunas de la comarca, las explotaciones que tocaban a Soutomouro, el calendario de saneamiento que él había heredado de Secundino como se hereda un abrigo.
Iago tomó notas con la mitad de la cabeza.
Con la otra mitad seguía en el corral, arrodillado en el hueco caliente de la paja, mirando una becerra que no tenía derecho médico a estar viva de aquella manera.
—¿Lamela? ¿Estás? —dijo la voz de la cooperativa.
—Aquí: el veintiocho, primera explotación a las ocho.
Colgó, apuntó la fecha en el calendario de la pared, y se sorprendió a sí mismo escribiendo, debajo de la hora, una palabra que no venía al caso: botica. La tachó con tanta fuerza que el bolígrafo rompió el papel.
Cerró la carpeta y se quedó mirando la pared del consultorio, donde colgaba el diploma de la Facultade de Veterinaria de Lugo, Campus Terra, y debajo el carné del Colegio Oficial, y debajo el calendario del plan de saneamiento de la ADSG de la comarca, con las fechas de las campañas marcadas en rojo por la mano cuadrada de Secundino.
Todo aquello junto decía: esto es lo que sabes.
La becerra de Amancio, en su carpeta cerrada, decía: esto es lo que no sabes.
Había hecho el examen completo, nadie podía reprocharle el atajo.
Temperatura rectal, auscultación, palpación abdominal, estado de las mucosas, rumia, reflejo de succión.
Un cuadro febril de madrugada que a las nueve era un animal funcional no dejaba rastro en ninguna de esas casillas.
Los antibióticos no actuaban así. Los antitérmicos no actuaban así.
Nada de lo que él tenía en el maletín actuaba así: tan completo, tan rápido y tan limpio.
Lo que actuaba así, si actuaba, era el tiempo.
Y el tiempo no cabía: entre la medianoche y las nueve no cabía una recuperación así en ninguna farmacopea que él conociera.
—Hipocalcemia subclínica que se resuelve sola —dijo en voz alta, probando—. Una bacteremia transitoria, un error de la granjera al tomar la temperatura.
Ninguna de las tres frases aguantaba cinco minutos de conversación con otro colega. Él mismo había visto el parte del ganadero, y Amancio Codesido se equivocaba en muchas cosas, pero no en la temperatura de sus vacas. A vaca non miente, decía Amancio, y llevaba razón.
Lo que le molestaba —lo que de verdad le molestaba, y había que ser honesto— no era la becerra: era el hueco en la paja.
Porque él se había arrodillado en el hueco exacto donde ella había estado arrodillada, y la paja aún guardaba el calor, y durante medio segundo, medio ridículo segundo, había tenido la sensación de arrodillarse dentro de algo. Como entrar en una iglesia pequeña a la que no te han invitado.
—Home! —se dijo, y se puso a limpiar instrumental que ya estaba limpio.
* * *
El parte de aquella semana, en condiciones normales, habría sido un parte normal: dos vacunas, una revisión de un caballo viejo en la aldea de abajo, la cartilla de un mastín y la llamada de la cooperativa de Monforte para coordinar la campaña de otoño.
Iago lo hizo todo con la eficiencia de quien lleva doce años fuera y ha vuelto con la maleta llena de oficio.
El oficio no le fallaba. El oficio era lo único que no le fallaba desde que volvió; lo que le fallaba era el trayecto.
Porque el consultorio estaba en la calle de arriba y la farmacia del pueblo —la de verdad, la de SERGAS— estaba en la plaza, y entre ambos no había ninguna necesidad objetiva de pasar por delante de la botica.
Ninguna. Y sin embargo, tres días seguidos, el diésel viejo había encontrado motivos para enfilar la calleja: que si el pan, que si el correo, que si un recado a Gloria que podía haber sido un mensaje de WhatsApp como Dios manda.
El tercer día se obligó a aparcar en la plaza y hacer el recado andando por la otra acera.
Fue aquella mañana, en la acera correcta, cuando se la cruzó de verdad.
Ella salía de la tienda de Gloria con una bolsa de papel y el chal cerrado hasta la barbilla; él venía del estanco con un sobre oficial bajo el brazo.
Hubo un segundo —uno solo— en el que los dos calcularon si era posible no cruzarse, y los dos llegaron a la misma conclusión a la vez: no, no era posible, no en un pueblo de setecientas personas y una sola calle.
—Sabela.
—Iago.
Se pararon a dos metros, con la prudencia de dos perros viejos que se conocen demasiado bien.
Ella miró el sobre oficial. Él miró la bolsa de papel.
Fue ela la que habló primero, con esa voz baja que usaba para los pacientes y para los animales y que a él siempre le había parecido una trampa de la naturaleza.
—La becerra está bien —dijo—. Amancio dice que ya mama como una condenada.
—He visto el parte. —Un silencio—. Está bien. Que esté bien.
—Eso he dicho.
Otro silencio. En la otra punta de la calle, alguien abrió una ventana. Sabela ajustó la bolsa contra la cadera, un gesto que él conocía —despedida, cierre, la conversación se acabó— y entonces, con la espalda ya medio girada, dijo sin mirarlo:
—Duerme más. Tienes mala cara.
Y se fue. Iago se quedó en la acera correcta con el sobre oficial bajo el brazo, y tardó tres pasos en darse cuenta de que no había contestado nada, y tres más en darse cuenta de por qué: porque cualquier respuesta habría empezado por preguntarle si ella dormía, y esa puerta no estaba dispuesto a abrirla a la luz del día.
Desde la otra acera se veía perfectamente el escaparate de la botica: los frascos, el rótulo viejo de «Botica de Mariña» que ella no quería cambiar, la plaquita nueva debajo, y el movimiento dentro, una silueta que colgaba manojos del techo con los brazos en alto.
Iago miró la silueta el tiempo exacto que se mira un escaparate de herramientas, ni un segundo más, y siguió su camino con la dignidad intacta y el pulso a ciento diez.
Esto tiene un nombre, pensó, con la frialdad que reservaba para los diagnósticos difíciles. Esto tiene un nombre, un pronóstico y un tratamiento, y no pienso administrarme ninguno de los tres.
Porque había una noche de junio. Había una noche de junio con fuego, con todo el pueblo saltando la cacharela como si el mundo fuera a acabarse contento, y había un momento —entre un salto y otro, con las chispas subiendo— en el que Sabela Reboredo le había agarrado de la mano para no separarse, y después no lo había soltado.
Y lo que vino después venía en los libros, sí, pero en otros libros, en los que no tenían página de resumen al final.
Y luego, nada. Tres meses de nada. Ella se había alejado con la naturalidad de quien apaga una luz, y él se había quedado con la mano en el interruptor, y había decidido que si aquello era lo que parecía, el tiempo lo diría.
Vamos ver. Eso había dicho: ni que sí, ni que no, ni que se estaba muriendo de ganas de subir aquella escalera.
Tenía práctica en eso, en no subir escaleras.
Doce años fuera le habían dado, entre otras cosas, un dominio técnico de la retirada.
En Lugo había aprendido la carrera, el oficio, la vida de guardias y de residencias; y en Lugo había aprendido también —el último año, lo que no contaba a nadie— que había cosas que un hombre no podía medir, y que lo razonable era apartarse de ellas antes de que le midieran a él.
Había vuelto a Soutomouro con el maletín lleno de ciencia y con una única conclusión blanda, informe, sin forma de diagnóstico: que huir también era una manera de quedarse.
De eso no hablaba. Ni con Secundino, ni con el espejo, ni desde luego con la mujer del chal, que era la persona con más derecho del mundo a pedirle cuentas y la única que no se las pedía.
El tiempo, de momento, lo único que decía era que ella tenía ojeras.
Se lo había notado el día de la becerra: las ojeras violetas, la piel más clara de lo normal, el chal de la abuela echado sobre los hombros, un frío raro para septiembre.
El veterinario de Iago archivaba esos datos con la misma precisión con la que archivaba una temperatura: ella duerme mal, ella tiene frío, ella se está gastando en algo.
Y el hombre, que era un músculo más tonto y más terco, añadía por su cuenta: y no es asunto tuyo, y te importa un carajo que no lo sea.
* * *
La noche del jueves lo llamaron de una explotación de la carballeira: una vaca con un prolapso, dos horas de faena a la luz de los focos del tractor, y un final bueno, de esos que huelen a éxito y a desinfectante.
Cuando volvía al pueblo eran casi las cuatro de la madrugada, y el mundo entero era niebla y faros.
A esa hora, la carretera de Soutomouro era suya.
Iago conocía esas curvas desde los dieciséis años, cuando las hacía en el ciclomotor de su padre con la fe absurda de los adolescentes.
La niebla las había vuelto lentas y domésticas.
Venía pensando en nada —en la vaca, en la cama, en el café que se iba a hacer antes de acostarse— cuando los faros barrieron el cruce de las tres estradas y le sacaron de golpe del casi-sueño.
Había alguien junto al cruceiro.