Capítulo 2 #2
Redujo, instintivamente, antes de decidir por qué. El cruceiro de piedra se recortaba contra la niebla como se recortan las cosas que llevan mucho más tiempo que uno en el mundo: la columna, el capitel gastado, la cruz. Y al pie, quieto, con la chaqueta de botones de hueso, estaba Evaristo Maneiro.
Iago paró el coche en el arcén. No lo pensó. Si hubiera pensado, habría seguido de largo, que era lo sensato a las cuatro de la mañana con niebla. Pero había algo en la postura del viejo —no perdido, no en apuros: en espera— que le puso la piel de la nuca en alerta sin permiso de la razón.
Bajó la ventanilla del todo, y el frío de la madrugada entró con olor a hierba mojada.
—¿Evaristo? ¿Está bien?
El viejo giró la cabeza despacio. No pareció sorprendido. Pareció, si acaso, levemente decepcionado, como si esperara a otro.
—Mira quién anda ahí —dijo—. O veterinario.
—Son las cuatro de la mañana. ¿Le pasa algo? ¿Está usted bien?
—¿Yo? —Evaristo se miró a sí mismo como quien se mira las manos—. No me pasa nada; yo vuelvo para casa.
—¿De dónde?
El viejo sonrió. Era una sonrisa pequeña y cerrada, y en la niebla, con la luz del coche dándole de lado, a Iago le pareció una sonrisa de otra época, de esas que se aprenden cuando la gente aún sabía guardar cosas.
—De andar —dijo—. Uno anda, y después vuelve; lo importante es volver antes de que amanezca.
—¿Quiere que lo acerque?
—No. —La negativa fue rápida, cortés y absoluta—. Gracias. Queda poco; va cogiendo frío el camino.
Iago insistió por cortesía, una sola vez, como mandaban las formas. Evaristo declinó con la misma forma. Y entonces el viejo se acercó un paso al coche —solo uno— y apoyó una mano en el marco de la ventanilla, y dijo, con la voz baja y sin mirarlo:
—Vuelva usted para casa también, rapaz. Estas horas no son para los que duermen bien.
Y se fue. No hacia el pueblo: hacia el camino de arriba, el que sube al monte, que era la dirección contraria a su casa, aunque Iago no supo por qué sabía eso hasta mucho después. Se fue con el mismo paso sin prisa de quien vuelve del trabajo, y la niebla se lo tragó en diez metros.
Iago se quedó un rato con el motor en marcha y la ventanilla bajada.
El cruceiro seguía ahí, mojado y gris. El olor que entraba por la ventanilla era el de siempre, tierra húmeda y hierba pisada, y sin embargo esa noche había algo más, algo frío y apagado, como ceniza de una chimenea lejana.
Censo de olores, pensó, con la manía del oficio: petricor, combustión de leña, y un tercer componente que no sabía catalogar y que no era orgánico.
Arrancó. En el retrovisor, el cruceiro se quedó solo otra vez, presidiendo sus tres caminos: el de Monforte, el del monte, el del valle.
Tres caminos y una cruz. Como en todas partes.
Como en todas partes, se repitió, porque le había parecido —solo un instante, solo al arrancar— que había huellas de pasos alrededor de la piedra, muchos pasos, demasiados para un solo viejo a las cuatro de la mañana.
No paró a comprobarlo. Escribiría en el parte: vaca salvada, madrugada normal; el resto no tenía casilla.
En casa no durmió de inmediato. Se duchó, cenó de pie cualquier cosa, y luego, con la toalla aún en el cuello, hizo lo que haría cualquier profesional con una formación seria y un insomnio absurdo: buscó.
Privación de sueño en varones mayores de setenta años.
Trastornos de conducta en fase REM. Somnambulismo de inicio tardío.
Leyó veinte minutos de abstracts con los ojos cada vez más secos, encontró tres explicaciones posibles y ninguna convincente, y cerró el portátil con el cuidado exagerado de quien cierra una puerta para no despertar a nadie, aunque no había nadie.
Un hombre viejo camina de noche, se dijo, ya en la cama, mirando el techo. Los hombres viejos caminan de noche desde que hay hombres viejos y noches: fin del informe.
El techo no contestó. Desde algún lugar de la casa vieja llegó un crujido de madera acomodándose al frío, e Iago, que había pasado media vida entrando y saliendo de establos a horas infames, descubrió que estaba escuchando la noche de una manera nueva: como quien espera oír pasos.
* * *
El sábado se permitió media hora en «A Lareira», que era donde el pueblo se explicaba a sí mismo, y fue allí, con un vino delante y el dominó de fondo, donde oyó por primera vez lo del sueño.
Lo contaba la propia Lula, a dos mesas de distancia, con la voz calibrada para que llegara a quien tenía que llegar.
Tres vecinos, decía. Tres vecinos que no se hablaban entre sí, y el mismo sueño en las tres camas: caminar de noche con una vela, por el camino viejo, detrás de alguien que llevaba otra vela más adelante.
Uno de los tres, decía Lula bajando la voz un grado, se había levantado con los zapatos llenos de barro: barro de verdad, en el dormitorio.
—Contan por aí —concluyó, con la formula que en aquella casa equivalía a un sello notarial— que ya son cinco.
Iago escuchó sin volverse, con la atención de quien toma una constante vital.
Lo racional se ordenó solo: contagio de ideas, sugestión, final de verano, ciclo de noticias de barra.
Pero tomó nota igualmente, mentalmente, con el dedo rodeando el vaso: cinco personas, un mismo relato, una ruta concreta.
Los médicos de verdad —los de SERGAS, los del consultorio de los martes y los jueves— llamaban a eso epidemiología de lo inexplicable y lo archivaban en la carpeta del sueño colectivo.
Él no tenía esa carpeta. Él tenía un cuaderno de tapas blandas que aún no existía.
—¿Y a ti qué te parece, veterinario? —Lula, por supuesto, sabía exactamente quién estaba escuchando.
—A mí me parece que el barro se puede pisar de noche sin necesidad de sueños.
—Eso. —Lula le guiñó un ojo, misterioso y profesional—. Eso mismo dicen los que no lo sueñan. Y mientras tanto, veterinario, la gente duerme con la luz encendida. Esto en un pueblo donde la luz se apagaba hasta para esperar el verano.
* * *
El viernes por la mañana, con el café todavía en la mano, hizo lo que llevaba semanas posponiendo: terminó de ordenar el archivo de Secundino.
El viejo veterinario se lo había entregado todo en marzo con la ceremonia mínima de los hombres de su generación: las llaves, el carné de colegiado, la agenda de clientes y ‘los papeles, que aún los tienes que echar encima de la mesa’.
Los papeles eran cuarenta años de cuadernos de visitas, ordenados por año, con una letra que empezaba firme en los setenta y acababa temblorosa en los dos mil.
Iago los había ido subiendo al archivo digital por las noches, medio por deber, medio por curiosidad: ahí estaba la historia clínica de todo el ganado del valle, y con ella, si uno sabía leer, la historia del pueblo entero.
El cuaderno de 1978 era de tapas negras y lomo reforzado con esparadrapo, más grueso que los de los años vecinos: aquel año había dado más faena o más miedo.
Iago lo abrió por la costumbre de abrir las cosas por el principio, y estuvo un rato pasando páginas: mastitis, coz, un «caballo de labor» con indicaciones que ya nadie usaba.
Letra joven de Secundino, más redonda que la de ahora, con las fechas bien puestas y los precios en pesetas en el margen.
Era un libro raro, visto con ojos de 2026.
Porque entre visita y visita, en los márgenes, el Secundino de veintiocho años iba dejando caer el pueblo entero: «la vaca de Codesido padre, otra vez oído al curandero»; «ternero de Vieites, llegué tarde, ya había pasado por la botica»; «Mariña tiene mano para las fiebres de los terneros, no sé cómo lo hace, y no le voy a decir que no la tiene».
Frases así, escritas con la misma tinta que las dosis, sin comentario, como se apunta la lluvia.
La mujer del rótulo viejo aparecía en aquellas páginas como aparecía en la vida del pueblo: por todas partes y sin permiso.
Iago pasó el dedo por una de las líneas.
No era celos profesionales lo que notaba —o no solo—.
Era la evidencia, escrita por la mano de su propio maestro, de que aquella guerra entre la ciencia y las hierbas que él creía estar librando contra Sabela llevaba medio siglo librándose sin él.
Y de que su maestro había firmado la paz antes de que él naciera; y entonces, hacia el final, se detuvo.
Había una página pegada a la siguiente. No arrugada, no rota: pegada.
Alguien —y no hacía falta ser un sabueso para saber quién— había untado los bordes de dos hojas con cola y las había prensado una contra otra, con cuidado, con la intención de que no se abrieran nunca.
El cuanto amarillento de la cola asomaba por el lomo como una costura.
Iago la tocó con la punta del dedo. La cola era vieja: no de la semana pasada ni del año pasado. Vieja de décadas. El cuaderno llevaba pegado más tiempo del que él llevaba vivo.
Lo sensato era dejarlo. La discreción era la primera herramienta de quien hereda un consultorio; él lo sabía, Secundino lo sabía, y por eso mismo Secundino le había dicho ‘os papeis’ con esa cara de no estar diciendo nada.
Iago dejó el cuaderno en la mesa, junto al café, y lo miró mientras se enfriaba el café.