Capítulo 2 #3
Todos los cuadernos estaban completos menos ese.
Todos los años cerraban sus cuentas menos 1978.
Y él no era un hombre supersticioso —era un hombre que había pasado cinco años en la facultad aprendiendo a no serlo—, pero era un hombre que había crecido en Soutomouro, y en Soutomouro las cosas se pegaban con cola por dos motivos: para que no se abrieran, o para que no se leyeran.
La diferencia entre ambos era una fina línea de miedo.
Sonó el teléfono. Era el propio Secundino, que llamaba, como siempre, en el momento exacto en que no convenía.
—El caballo de abajo —dijo el viejo, sin saludar, con esa manera suya de desguazar las frases en tres pedazos—. ¿Cómo quedó?
—Estable. Le he dejado pauta al dueño. Mañana paso a verlo.
—Eso. E… —una pausa, el sonido de una pipa contra los dientes— …el resto. ¿Vas cogiendo el ritmo?
—Voy cogiendo el ritmo.
—No meu tempo —dijo Secundino— el ritmo te cogía a ti. —Y colgó sin despedirse, como siempre.
Iago se quedó con el teléfono en la mano, mirando el cuaderno de tapas negras sobre la mesa.
Cuarenta años de cuadernos, y el viejo no le había dado ni una sola instrucción sobre ellos.
‘Os papeis’, había dicho. Ni ‘léelos’, ni ‘quémalos’, ni ‘hay cosas que conviene saber’.
Os papeis. En la escala de Secundino, aquello era casi un discurso.
—Vamos ver —dijo, y esta vez la frase sonó a lo que era: a una promesa.
El domingo pasó a ver al caballo viejo de la aldea de abajo, como había prometido, y a la vuelta, a plena luz de una mañana limpia, se encontró de nuevo en el cruce de las tres estradas, y esta vez sí paró.
De día, el cruceiro era solo lo que era: una columna de granito sobre tres gradas redondas, la cruz gastada por doscientos años de orballo, un ramito seco de laurel atado al fuste que alguien renovaba cada tanto sin que nadie supiera quién.
Iago dio la vuelta alrededor despacio, con las manos en los bolsillos, mirando el suelo con una atención que le habría dado vergüenza explicar.
El suelo no explicaba nada. Tierra apisonada, hierba rala, las huellas de siempre: tractores, botas, alguna bicicleta. Se agachó y tocó la piedra de la grada más alta. Fría. Húmeda. Una piedra.
—Una piedra —dijo en voz alta, para que quedara constancia. Y se sintió inmediatamente ridículo, y se fue antes de que nadie lo viera hablar con el mobiliario urbano.
A su espalda, el camino del monte subía entre castaños y se perdía en la primera curva.
El camino del valle bajaba hacia el Sil, que no se veía pero se adivinaba en el dibujo de los chopos.
Y el camino de Monforte, el asfalto, el suyo, seguía recto y razonable hacia el mundo de los partes con casillas.
Iago miró los tres brazos del cruce uno por uno, con la lentitud de quien memoriza, y solo al volver al coche entendió lo que acababa de hacer: había tomado las constantes del lugar.
Temperatura, pulso, respiración. Había examinado un cruce de caminos como se examina a un paciente; eso no estaba en ningún libro de la facultad.
* * *
Metió el cuaderno en el cajón del escritorio, el de la llave. No porque tuviera miedo, se dijo. Porque las cosas pegadas con cola se abren con vapor y con paciencia, y de ambas andaba corto aquella semana.
Pero aquella noche, al pasar por el cruce de las tres estradas de camino la casa —y no había ninguna necesidad objetiva de pasar por allí, el camino corto era el otro—, redujo la velocidad y miró.
El cruceiro estaba mojado y gris y solo.
En el suelo no había más huellas que las de su propio coche de la madrugada anterior.
Y sin embargo, pensó, sin saber que lo pensaba en el mismo idioma que el viejo carpintero: estas horas no son para los que duermen bien.
En casa, antes de acostarse, hizo algo que no hacía desde los tiempos de la facultad: abrió un cuaderno nuevo, uno de tapas blandas que le había sobrado de la ADSG, y escribió en la primera página, con su letra de médico, una lista.
Una becerra curada sin agente causal. Un hombre de setenta y cinco años en pie a las cuatro de la mañana.
Una página pegada con cola, un olor a ceniza fría sin chimenea cerca.
Y debajo, después de un rato, una quinta línea, escrita más despacio:
«Ella tiene ojeras.»
Miró la lista. Le faltaba la mitad de las cosas y lo sabía: el pueblo entero andaba contando sueños por las esquinas, y él, que llevaba seis meses aprendiendo a no reírse del todo, todavía no sabía qué casilla del parte correspondía a un sueño.
Tachó la cuarta línea, la del olor. La destachó. Volvió a tacharla y escribió al lado, con la letra más pequeña: ‘verificar’. Era una palabra buena, ‘verificar’. Tenía bata blanca y método. Mientras hubiera cosas que verificar, el mundo seguía siendo un lugar con herramientas.
Lo que no escribió —lo que no se verificaba con ninguna herramienta— era lo otro: que desde junio había una persona en el pueblo cuya respiración le cambiaba el ritmo de la suya, y que esa persona tenía ojeras, y frío, y un chal de muerta, y una manera de tocar a los animales que no venía en los tratados.
Y que él había dicho su frase de siempre como se dice ‘ya vendré’, y estaba aprendiendo que hay frases que, de tanto decirlas, se convierten en la casa donde uno vive.
Cerró el cuaderno. Apagó la luz. Y durmió, esa noche, el sueño pesado y sin fondo de los que aún creen que la noche es solo la noche.