La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 1
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La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1)

La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1)

Por Iria Valdorna

© inepub.com

Capítulo 1

Sabela

La mañana en que Sabela Reboredo le quitó el crespón negro al letrero de su abuela, el valle entero amaneció cubierto de una niebla tan baja que los castaños parecían flotar.

El souto , el castañar viejo que abrazaba el pueblo por arriba y por abajo y que le daba nombre y carácter, estaba invisible a diez metros.

Se subió a la silla de tres patas que Mariña había usado durante cincuenta años para limpiar ese mismo letrero, con ese mismo equilibrio temerario de mujer que nunca pidió que le sujetaran nada, y desanudó la tela con los dedos entumecidos por el frío de abril.

El letrero decía «Botica de Mariña», en letras de madera tallada que el abuelo que ella no llegó a conocer había pintado de verde oscuro.

Había quien le había sugerido, con esa delicadeza de pueblo que es solo curiosidad disfrazada, que ya iba siendo hora de cambiarlo por uno con su nombre.

Sabela no lo iba a cambiar. Encargó a un carpintero de Monforte una placa pequeña, del tamaño de una mano abierta, que colgaría debajo: «Sabela Reboredo, herbolario».

Nada más. Lo demás —lo que la gente venía a buscar de verdad, lo que no cabía en ninguna placa— ya lo sabía quien tenía que saberlo.

Bajó de la silla con el crespón doblado bajo el brazo y se quedó un momento mirando la fachada.

La casa era de piedra de la zona, granito gris que oscurecía con la lluvia y no terminaba de secarse nunca del todo, con la puerta partida a la mitad como las de las cuadras, para que entrara la luz sin que entraran las gallinas.

Dentro, la tienda olía a lo de siempre: a romero seco, a tilo, a la cera con que su abuela frotaba los tarros, y debajo de todo eso, a algo que Sabela no había sabido nombrar hasta los doce años, cuando entendió que era simplemente el olor de las manos de Mariña, que se había quedado en la casa como se queda el humo en las vigas.

Ciento catorce días. Los había contado esa mañana, sin querer, mientras desanudaba el crespón.

Ciento catorce días desde que el pueblo entero había subido al camposanto de San Xurxo detrás del ataúd, con Padre Anxo delante y ese viento de diciembre que doblaba las velas.

Ciento catorce días de vecinas entrando con tuppers de caldo y saliendo sin decir muy bien a qué habían venido.

De gente que le tocaba el brazo y le decía ‘tu abuela era tu abuela’, como si eso explicara algo.

Del funeral recordaba sobre todo las manos.

No la cara de la abuela —esa no estaba, esa la habían cerrado con la caja, y Sabela había decidido no guardar el último día sino todos los demás— sino las manos de los demás: las manos de Ciriaca, quietas sobre el bastón durante todo el responso; las manos de Amancio, enormes, retorciendo la gorra; las manos de la señora Carmen, que le habían apretado el hombro con una fuerza de deuda; las manos de medio valle, que habían pasado por la casa dando el pésame y dejando comida y llevándose, sin saberlo, cada una, un pedacito de la soledad.

Mariña Reboredo había curado a ese pueblo durante sesenta años, y el pueblo, que es desconfiado con las curas y agradecido con las muertes, había venido entero.

Eso también era un diagnóstico, pensaba Sabela, aunque ella no usaba esa palabra.

Había dicho Xoana, esa noche, con la casa por fin vacía: ‘Sesenta años curando y han venido a despedirla con tuppers.’ Y las dos se habían reído, bajo, junto a la lumbre, porque la abuela habría aprobado la broma y porque no reírse habría sido peor.

El invierno que siguió había sido largo y de puerta cerrada.

Sabela había pasado enero y febrero ordenando: los tarros, los cuadernos, la ropa, las deudas pequeñas y los favores grandes que toda casa vieja acumula.

Había encontrado el cuaderno das peaxes en la mesilla de Mariña, y no lo había abierto hasta marzo, y al abrirlo se había sentado en el suelo de la habitación y había estado un rato largo mirando la letra sin leerla.

Y en abril, cuando la niebla empezó a cambiar de tono y los castaños a echar la hoja nueva, supo que la casa estaba lista y que ella también, o lo bastante.

El crespón se quitaba esa mañana. Las casas de curar no podían estar de luto más de una temporada: la gente con dolor no espera al año de nadie.

Abrió las dos hojas de la puerta, puso el peso de piedra que las sujetaba, y encendió la lumbre de la cocina baja.

El primer fuego de la botica reabierta. Le pareció que eso era lo importante del día, más que el crespón: que volviera a arder ese fogón.

Mariña decía que una casa de curar sin fuego era como una iglesia sin campanas: podía seguir en pie, pero ya no llamaba a nadie.

A las diez vino la primera clienta, y fue tal como ella había previsto: la señora Carmen, del barrio de arriba, que quería ‘eso que me daba Mariña para la tos, el jarabe oscuro’.

No era jarabe, era una infusión espesa de malvavisco y tomillo que Mariña embotellaba en botellas de orujo recicladas, pero llevaba cuarenta años llamándose jarabe y nadie iba a cambiarlo ahora.

Sabela la sirvió, le cobró lo de siempre, y aguantó el cuarto de hora reglamentario de conversación sobre rodillas, nietos y el precio de las cosas.

—Y la niña de mi hijo —dijo Carmen al final, bajando la voz como quien pasa a lo verdadero—, anda otra vez con el llanto ese. Tres noches. Mi nuera la ha llevado al médico y no le encuentran nada. Yo digo que es mal de ojo , que en la feira la miró demasiado una vecina que siempre mira de más.

Ahí estaba. La primera mención, el primer encargo real de la nueva etapa, disimulado de compra de jarabe.

Sabela asintió con cuidado. Mal de ojo: la mirada cargada de envidia que se pegaba a los niños como se pega el orballo a la ropa, decía su abuela, y había que quitarlo con sus propios modos, no con jarabe.

—Que la traiga la madre —dijo—. Y que venga ella también. No se lo quite usted en casa, señora Carmen, que estas cosas tienen su manera.

—Eso le digo yo a ella. Pero ya sabes cómo son las de ahora.

Se fue con su botella y sus tres despedidas. Sabela apuntó la venta en el cuaderno nuevo que había estrenado esa semana, de tapa azul, y debajo, sin pensarlo mucho, escribió: «Primera mañana. Un jarabe. Una niña por venir.» Le pareció que su abuela habría aprobado esa contabilidad.

Después entró Manel, el del taller de motores, un hombre que se ponía colorado cada vez que tenía que explicar para qué quería algo.

Estuvo dos minutos mirando los tarros como si fueran repuestos, y al final dijo que era para su mujer, que dormía mal, que si había ‘eso de las flores’.

Tila, entendió Sabela, y le preparó la mezcla que Mariña hacía para las noches largas: tila, azahar, un poco de melisa.

Mientras lo envolvía en el papel de estraza, Manel carraspeó.

—Oye. Esto… vas a seguir tú con todo, ¿no? Con todo todo.

—Con todo lo que sepa hacer —dijo Sabela—. Que es bastante, y menos que mi abuela.

—Eso ya. —Manel cogió el paquete, dio las gracias dos veces, y en la puerta se volvió, todavía colorado—. Es que mi madre decía que tu abuela, con las manos, hacía más que la mitad de los médicos. Yo no sé de esas cosas. Pero lo decía.

—Pues guárdeselo —dijo Sabela, suave—. Que esas cosas dichas así también curan un poco.

Se fue. Sabela se quedó mirando la puerta.

‘Con todo todo.’ Ahí estaba la pregunta del pueblo, la que nadie formularía entera en meses: si la nieta iba a ser lo que la abuela había sido, si la casa seguía siendo la casa.

Ella no tenía la respuesta. Tenía el armario, los tarros, la letra doble, y una especie de peso en las palmas que a veces, muy a veces, parecía saber más que ella.

No vino nadie más hasta el mediodía. Desde la puerta entreabierta veía la calle empinada, la iglesia de San Xurxo arriba con su espadaña pequeña, el camposanto pegado a ella como una huerta más, con su muro bajo y sus cipreses.

Veía también —porque una aprende a verlo sin mirar— cómo la gente que pasaba hacía una pequeña elección: unos se acercaban, saludaban, entraban aunque no compraran nada, como Xoana, que apareció a media mañana con dos cafés en vasos de cartón y la cara de quien trae noticias; y otros pasaban por la acera de enfrente, y al pasar delante de la botica bajaban la mano y cerraban el puño con el pulgar asomando entre el índice y el corazón.

La figa . Sabela la conocía desde niña: el gesto que se hacía contra el mal de ojo y contra las personas de quienes no se estaba seguro, medio protección, medio señal.

Su abuela llevaba sesenta años recibiendo figas a la espalda y sonriendo como si fueran saludos.

‘Que las hagan’, decía Mariña. ‘La figa no es para mí, es para ellos. Les da tranquilidad, y la tranquilidad ajena también es oficio nuestro.’

—No mires —le dijo Xoana, siguiéndole los ojos—. Mirade, qué poca vergüenza. Delante de ti, con la puerta abierta.

—No es delante de mí. Es a mi espalda. Siempre ha sido a la espalda.

—Pues peor me lo pones.

Xoana Piñeiro era maestra en la escuela del pueblo, tenía veintinueve años, uno más que ella, y la costumbre invencible de hablar como si toda la humanidad fuera su clase de primaria.

Se sentó en el taburete de detrás del mostrador sin pedir permiso, como hacía desde los ocho años, y dio un sorbo a su café.

—Bueno —dijo—. Ya que estamos en día de reapertura, te traigo la información oficial del municipio. Que lo sepas por mí y no por el grupo de WhatsApp, donde ya lo han dicho todo mal.

—Suéltalo.

—Ha vuelto Iago Lamela. El hijo de los Lamela, el de abajo del pazo viejo.

El que se fue a estudiar veterinaria a Lugo y no volvía desde entonces.

Pues ha vuelto, viene a quedarse con el consultorio de Secundino, que por fin se jubila de verdad.

Lleva aquí desde marzo y medio pueblo aún no lo sabe porque el hombre no sale de la cuadra de nadie.