Capítulo 1 #2
Sabela recordó un niño flaco y moreno, dos cursos por encima, que una vez le había devuelto el balón en el recreo sin decir nada. Doce años fuera. La gente que se iba de Soutomouro solía volver de visita, de agosto, de funeral. Volver a quedarse era otra especie de vuelta.
—¿Y? —dijo—. ¿Eso es la noticia?
—La noticia es que Amancio ya lo ha llamado dos veces esta semana. Y Amancio, hasta diciembre, llamaba primero a tu abuela.
Sabela no dijo nada. Xoana la miró con esa compasión suya que sabía dosificar.
—No te lo digo para amargarte el día. Te lo digo porque el pueblo va a hacer lo de siempre: compararos. A ti con ella, a él contigo. Prepárate.
—Que comparen —dijo Sabela, y le salió la frase con ese orden que le salía a veces, el de su casa—. A mí las comparaciones no me dan de comer, pero tampoco me quitan el sueño.
Xoana se rio, sin acento en la risa, esa risa de escuela.
A la una y media cerró para comer. Subió a la cocina de arriba, se hizo una tortilla de dos huevos que supo a poco, y bajó otra vez con la intención de inventariar los tarros del armario grande, ese trabajo que venía posponiendo desde enero.
Había etiquetas con la letra de Mariña que se le estaban borrando, y ella las reescribía con su propia letra debajo, sin tachar la vieja, de modo que cada tarro llevaba ya dos manos.
Le gustaba pensar que el armario era así un libro que se seguía escribiendo.
Estaba con el frasco de la hierba de San Juan en la mano cuando se dio cuenta de que la jarra del mostrador estaba vacía, y bajó por la escalera de atrás al huerto y de ahí, por el senderillo de siempre, a A Fonte Vella.
El manantial estaba donde siempre: al pie del muro viejo que cerraba el huerto por abajo, escondido entre dos castaños tan viejos que sus troncos se habían ido torciendo uno hacia el otro como dos ancianos que se cuentan algo.
El agua salía de la piedra por una boca tallada que nadie fechaba ya, fría en verano y fría en invierno, y caía en una pila de granito verde de musgo.
Mariña decía que esa agua no era mejor que la del grifo para beber, pero que era la única que había que usar para ciertas cosas, porque llevaba siglos saliendo de la misma entraña y eso, aunque no se pudiera medir, se notaba.
Sabela había aprendido ahí la mitad de lo que sabía: a qué hora daba el sol en la pila, cómo sabía el agua recién subida, qué hierbas crecían en la sombra húmeda de los alrededores y cuáles no había que tocar jamás.
Llenó la jarra despacio. La niebla seguía baja y el agua sonaba mucho en ese silencio, un hilo continuo, paciente, que no se cansaba nunca.
Se quedó un momento escuchándolo, con la jarra fría en la mano.
Pensó que si había un lugar del mundo donde su abuela no estaba del todo muerta era ese: no como fantasma, no como nada que se pudiera contar en voz alta sin sonrojo, sino como la costumbre misma del agua, que seguía saliendo aunque ya nadie la mirara.
—Estoy aquí —dijo en voz alta, porque la casa y la fuente eran los dos sitios donde hablar sola no era hablar sola—.
He quitado el crespón. Ha venido la Carmen, y Manel, y Xoana con cafés.
El pueblo sigue haciendo la figa a la espalda, igual que contigo.
—Se detuvo. —Y a lo mejor hay una niña con mal de ojo que vendrá esta semana.
Me toca a mí. Ya sabes que me toca a mí.
El agua siguió cayendo, indiferente y amable, que era la respuesta de siempre.
Sabela subió al huerto con la jarra llena y las botas mojadas de rocío, y en la escalera de atrás se detuvo un segundo, porque le había parecido que la mañana era demasiado tranquila, que un primer día de verdad no podía ser solo jarabes y tila.
Tenía razón. No tardó ni media hora en saberlo.
Estaba con el frasco de la hierba de San Juan en la mano otra vez cuando oyó las voces en la calle.
No gritos: lo contrario, ese tono bajo y rápido de la gente que trae una desgracia recién cortada.
Era el hijo de Ramón el de la fuente, parado en la puerta de la ferretería, y al otro lado la viuda de Pepe, y la palabra que cruzaba de uno a otro era ‘Amancio’.
Sabela salió con el delantal puesto.
La noticia, cuando llegó entera, era esta: Amancio Codesido había encontrado muerta a una vaca de leche aquella mañana, la Manchada, la tercera mejor del establo, caída en el prado de abajo como dormida.
Sin heridas, sin señales de nada. Una vaca sana de seis años que ayer por la tarde había comido y rumiado como todas.
Y Amancio, decía la calle, no había llamado al veterinario.
O sí lo había llamado. O había llamado a los dos.
La calle no se ponía de acuerdo, porque la calle nunca se ponía de acuerdo en la primera hora.
Sabela se quitó el delantal despacio. Pensó en no ir.
Pensó que ya no era su turno, que ella había colgado una placa que decía ‘herbolario’ y que una vaca muerta no era asunto de un herbolario.
Pensó todo eso mientras se calzaba las botas de agua y echaba al hombro el bolso de tela de su abuela, el de siempre, porque el cuerpo a veces sabe antes que el orgullo.
—Vaia —dijo en voz alta, a la casa vacía—. El primer día.
El prado de Amancio quedaba a veinte minutos caminando hacia el río, por la pista que bajaba entre muros de piedra seca.
La niebla de la mañana no se había levantado del todo: se había quedado enganchada en las copas de los robles, y abajo, en la hoya, el aire olía a hierba mojada y a estiércol.
Sabela caminó rápido, y a medida que bajaba fue notando eso que notaba desde niña, esa especie de segundo oído que su abuela decía que no era oído: el campo de Amancio sonaba mal.
No por la vaca muerta. Por el silencio alrededor de la vaca muerta.
Los pájaros se habían callado en ese tramo de la pista; hasta el perro de la nave, que siempre ladraba a los que bajaban, estaba quieto junto a la puerta con las orejas bajas, y no la siguió con los ojos siquiera cuando pasó.
Los animales enterados de algo, pensó, y se estremeció sin saber muy bien por qué, y caminó más deprisa.
Desde las ventanas del pueblo, que quedaba detrás y arriba, alguien la estaría viendo bajar con el bolso de tela al hombro.
Lo sabía sin volverse: dentro de una hora, en el bar y en el grupo de WhatsApp, estaría dicho que la nieta de Mariña había bajado al prado de Amancio con el bolso de su abuela.
Que lo digan, pensó. El bolso era suyo ahora, y la cuesta también.
Encontró al ganado retirado en la parte alta del prado, apretado en un cerco que no era de nadie.
Y al lado del camino, sobre la hierba pisada, la Manchada echada de costado con las patas tiesas, y un hombre en cuclillas junto al animal, con la manga arremangada y una bolsita de plástico en la mano.
El hombre no la oyó llegar, o fingió bien.
Estaba tomando una muestra de la boca de la vaca, con ese cuidado metódico de quien ha hecho algo mil veces.
Sabela se paró a tres pasos. Era alto, moreno, con el pelo ya raleando en las sienes y una cicatriz vieja sobre la ceja.
El niño del balón, con treinta y tantos.
—Perdone —dijo ella.
El hombre se volvió sin levantarse. La miró, miró el bolso de tela, y en esa mirada de dos segundos ella vio pasar el pueblo entero: ah, la nieta de Mariña.
—Sabela Reboredo —dijo ella—. De la botica.
—Iago Lamela. Veterinario.
Se dio la mano por encima del lomo de la vaca muerta, que era una manera extraña de conocerse y sin embargo la correcta, en ese prado.
Amancio llegó entonces desde el establo, caminando como caminaba él siempre, como si el suelo le debiera dinero.
Era un hombre de sesenta y tres años, ancho y encorvado, con las manos tan grandes que cualquier cosa que cogía parecía de juguete.
Miró a Sabela y a Iago, uno a cada lado de la vaca, y se le vio en la cara el cálculo exacto que estaba haciendo.
—Has venido —le dijo a Sabela.
—He venido.
—Tu abuela…
—Mi abuela está en el camposanto, Amancio. La vaca está aquí.
Iago carraspeó. Se había puesto en pie, con la bolsita de muestra cerrada y otras dos en la mano, ordenadas por tamaño como si eso importara.
—Señor Codesido —dijo—, le decía que hay que mandar esto a Monforte, al laboratorio. Hoy mismo lo llevo yo. Hasta que no tengamos el análisis, cualquier cosa que digamos es literatura.
—¿Literatura? —Amancio arrugó la cara como si la palabra le supiera mal.
—Quiero decir que no podemos saber de qué ha muerto mirándola.
—No se lo diga a él —dijo Sabela, despacio—. Dígaselo a la vaca, que es la que lo sabe.
Iago la miró de verdad por primera vez. Había en él una cosa que Sabela reconoció al instante, porque la llevaba puesta el mismo oficio: el cansancio de que le pregunten lo que no se puede saber todavía.
—Señora Reboredo —dijo él, educadísimo—, si usted puede mirar a esta vaca y decirme de qué ha muerto, le ahorro al señor Codesido el análisis y a mí el viaje.
—No puedo decirle de qué ha muerto. Pero puedo decirle que en el libro de la botica, la columna de las vacas de esta casa lleva treinta años escrita con la letra de mi abuela.
Partos, cojeras, retenciones de placenta.
Treinta años. Así que si hay que mirar algo en este prado, se mira también con ese libro abierto.
Hubo un silencio. Amancio miraba a los dos como quien mira un partido.
—Muy bien —dijo Iago al fin, y no sonrió pero casi—. Entonces yo haré mi parte con el laboratorio, y usted haga la suya con el libro. Y vamos a ver cuál de las dos llega antes a la vaca.
—La vaca ya no llega a ninguna parte —dijo Amancio, con esa sequedad suya—. Las que llegan son las vivas. A vaca non miente: esta me está diciendo que algo anda mal en mi casa, y yo quiero saber qué es antes de que se lleve a otra.