Capítulo 1 #3
Sabela miró el establo. Detrás de la puerta entreabierta, las otras vacas se movían en la penumbra, y una de ellas mugió, grave y largo, ese sonido que en boca de un animal sano es solo conversación y en un prado con una muerta recién echada suena a otra cosa.
—¿Puedo ver el establo? —preguntó.
—El establo —dijo Iago— ya lo he visto yo. Sin ofender.
—No me ofende. Pero el establo lo ha visto usted con sus ojos, y ahora lo voy a ver yo con los míos, que son otros. No le voy a estorbar, señor Lamela. Ni a usted ni a su laboratorio.
Amancio la acompañó. Iago se quedó un momento con sus bolsitas y su cara de hombre que ha venido a un pueblo a hacer las cosas bien y descubre que las cosas bien son negociables.
Sabela lo sintió mirándole la espalda, y tuvo la certeza incómoda de que en cualquier momento le haría la figa, como los de la calle.
No se la hizo. Eso, pensó después, fue quizá lo primero que le gustó de él: que no le hizo la figa.
En el establo, con el olor denso a vaca y a heno, Sabela hizo lo que había visto hacer a su abuela cien veces: nada que pareciera nada.
Miró los comederos. Miró el agua. Miró los ojos de las vacas vivas, una por una, de cerca, dejando que le olieran las manos.
Preguntó qué habían comido, cuándo, de dónde venía el pienso nuevo, si es que lo había.
Amancio contestaba con monosílabos de ganadero, precisos en las cantidades y vagos en todo lo demás.
La vaca muerta había comido lo mismo que las otras.
Eso era lo que no encajaba, lo que Iago ya habría apuntado en su libreta: misma comida, misma agua, mismo prado, y una sola muerta.
Cuando salió, el veterinario estaba guardando las muestras en una nevera portátil azul, de esas de playa que aquí no tenían ninguna playa donde ir.
—¿Y bien? —dijo él.
—Comieron todas lo mismo.
—Eso he visto yo también. Estupendo. Dos ojos profesionales ven lo mismo que dos ojos de la casa.
—No he dicho que sea estupendo. He dicho que comieron todas lo mismo, que es distinto.
Él cerró la nevera y se incorporó. Tenía las manos grandes también, pero de otra clase de grandeza, manos de trabajo fino.
—Mire, señora Reboredo…
—Sabela.
—Mire, Sabela. Yo no he venido a este pueblo a quitarle el oficio a nadie.
He venido porque Secundino no puede más y porque alguien tiene que vacunar, hacer los saneamientos y firmar los papeles que hacen falta para que estas vacas se puedan vender.
Si su abuela hacía parte de eso, me parece muy bien.
Pero una vaca muerta de repente es una vaca muerta de repente, y eso puede ser mil cosas, y alguna de esas mil cosas puede ser contagiosa, o tóxica, o un problema que se lleve al establo entero en una semana.
Así que el libro de su abuela es bienvenido, y el laboratorio no es negociable.
Sabela lo escuchó hasta el final. Se lo quedó mirando con la cabeza un poco ladeada, como había visto hacer a Mariña cuando alguien le explicaba demasiado.
—¿Sabe qué le digo? —dijo—. Que tiene usted razón.
Iago parpadeó.
—Que tiene razón —repitió ella—. El laboratorio no es negociable. Hágalo. Y yo haré lo mío, que tampoco lo es. Y cuando tengamos las dos cosas, ya hablaremos. Que para eso están las vacas vivas, ¿no?
Caminó de vuelta al pueblo con la niebla subiendo ya otra vez por el valle, porque en abril, en Soutomouro, la niebla no se va: solo cambia de sitio.
A mitad de la cuesta se cruzó con Padre Anxo, que bajaba hacia el prado con el paso tranquilo de quien va a consolar a un hombre por una vaca, que también es consuelo.
El párroco tenía sesenta y cinco años y treinta de pueblo, y saludó a Sabela con esa mezcla suya de cercanía y prudencia, la mano levantada a medias.
—Sabela. He sabido lo de Amancio.
—Yo también, Padre. Ahí está el veterinario nuevo.
—Sí, me han dicho. —Una pausa, dos segundos, el peso exacto de una duda. —¿Y tú…? ¿Has visto la vaca?
—La he visto.
—Ya. —Padre Anxo asintió, miró hacia abajo, hacia el prado que no se veía. —Bueno. Que se resuelva pronto. Por Amancio, que es buena gente.
No dijo nada más. No dijo ‘no te metas’, ni ‘tu abuela’, ni nada que se le pudiera reprochar después. Subió la cuesta hacia el prado y Sabela bajó hacia el pueblo, y los dos llevaban esa prudencia por delante como un farol pequeño.
Por la noche, con la tienda cerrada y la lumbre bajando, Sabela sacó del armario grande el libro.
‘O libro da botica’, lo llamaba Mariña, y era eso: un libro de contabilidad de tapas marrones, de los de antes, con el lomo reforzado con tela, donde la abuela había apuntado medio siglo de curas.
Fechas, nombres, males, remedios, resultados.
El libro era más viejo que la letra de la abuela: tenía capas, cuadernillos de papel distinto cosidos unos a otros a lo largo de los años, y las páginas más viejas, las del principio, estaban escritas con una letra de puño antiguo que no era del todo la de Mariña y que Sabela no sabía leer de corrido.
La letra de la abuela, la suya, la que cubría la mayor parte del libro, empezaba firme y redonda y se iba estrechando hacia el final, hacia diciembre, hacia las últimas páginas que Sabela todavía no había tenido valor de leer despacio.
Buscó la columna de los Codesido. Ahí estaba: «1979, vaca de Amancio, retención»; «1986, becerro, la pierna»; «1994, la Rúa, parto difícil, quedó bien»; «2011, mastitis, mano y hierba».
Treinta y pico de años, como le había dicho al veterinario.
Su dedo recorrió las líneas, y al final de cada una, en la misma letra, siempre lo mismo: «quedó bien», «quedó bien», «quedó bien».
Al lado del libro, en la repisa, estaba la figa de madera.
Mariña la había tallado de un palo de castaño: el puño cerrado, el pulgar asomando, pequeña y lisa de tanto manoseo.
No la usaba para nada, decía la abuela; la llevaba encima para acordarse de que el miedo ajeno existe y hay que tenerle respeto, porque el miedo ajeno también enferma.
Sabela la cogió, cerró la mano sobre ella.
La madera estaba tibia, siempre estaba tibia, como si guardara la temperatura de la última mano.
Abrió el cuaderno azul, el suyo, el nuevo, y debajo de «Primera mañana. Un jarabe. Una niña por venir» escribió, despacio:
«Tarde: vaca muerta en lo de Amancio. Veterinario nuevo en el pueblo: Iago Lamela. Manda el análisis a Monforte. Yo miro el establo. Las dos cosas. Veremos.»
Se quedó un rato mirando la palabra ‘veremos’, que le había salido sola. Después apagó la lámpara, subió a acostarse, y durmió mal, con el sueño liviano de las noches en que algo ha empezado y todavía no tiene nombre.
Abajo, en la tienda oscura, los tarros del armario guardaban su doble letra, y el letrero de fuera, ya sin crespón, se enfriaba despacio en la niebla.