Capítulo 2
Iago
La vaca llevaba muerta entre seis y diez horas cuando Iago se arrodilló junto a ella, y eso era casi lo único que podía afirmar con la conciencia tranquila.
Rigor completo, abdomen empezando a distenderse, membranas oculares sin la palidez franca de una anemia aguda ni la congestión de una septicemia fulminante.
Una vaca de seis años, en el pico de su vida productiva, echada de lado en un prado limpio como si se hubiera sentado a descansar y se le hubiera olvidado levantarse.
Había visto muertes así en Lugo, en los años de la facultad y después, en las granjas de la comarca de Terra Chá.
Muertes limpias que al final eran mil cosas prosaicas: un torsión, un rayo, un veneno de hierba, un atracón de cereal, un carbunclo.
Cada una de esas posibilidades tenía su protocolo, y ninguno de esos protocolos empezaba por mirar el establo con los ojos de otra persona.
Pero eso era lo que estaba pasando a tres metros de él: la nieta de la curandera del pueblo recorría el establo de Amancio Codesido como quien recorre la habitación de un enfermo, y Amancio la acompañaba con una deferencia que a Iago no le había mostrado en toda la mañana.
Había llegado a Soutomouro a principios de marzo, con un coche cargado de cajas y un contrato de colaboración con la ADSG de la zona para los saneamientos oficiales, su alta en el colegio de veterinarios de la provincia al día, y un plan escrito en una libreta: poner en orden el consultorio de Secundino en seis semanas, actualizar la clientela, modernizar lo modernizable.
Treinta y dos años. Doce fuera. Había calculado todo menos una variable: que el pueblo tenía ya su propio sistema, anterior a él, paralelo a él, y que ese sistema tenía apellido y acababa de morir en diciembre.
Secundino Paz le había entregado las llaves del consultorio la segunda semana de marzo, en persona, con una ceremonia mínima: un café, dos frases, y el manojo de llaves sobre la mesa.
—Esto es la puerta, la reja, la farmacia y el archivo —había dicho el viejo. Luego se había quedado mirando el manojo como si sobrara una—. No meu tempo… —empezó, y se interrumpió, y terminó en otra parte—: todo está en orden. Más o menos. En su orden.
No todo estaba en orden. Iago había pasado las tres primeras semanas inventariando: vacunas con la cadena de frío interrumpida quién sabía cuántas veces, antibióticos caducados en el fondo de la nevera, un ecógrafo de hacía quince años que aún funcionaba por pura terquedad gallega, y un archivo de fichas de papel que terminaba, sin explicación, en 2019.
Después de 2019, nada. O Secundino no había escrito nada, o lo que había escrito no estaba ahí.
La llave pequeña, la del armario de los casos antiguos, no estaba en el manojo.
Cuando la pidió, el viejo había dicho ‘ya aparecerá’ con la tranquilidad de quien sabe exactamente dónde está algo.
Había dado de alta todo lo que hacía falta dar de alta, porque Iago era de los que duermen mal cuando un papel no está en su sitio: el alta en el colegio oficial de la provincia, que le había costado una mañana en Lugo y dos fotocopias; el convenio con la ADSG de la comarca para los saneamientos oficiales, los programas de vacunación y los controles de brucelosis y tuberculosis que hacían de un veterinario rural medio funcionario y medio vecino; el seguro, la farmacia de uso veterinario, el registro de la explotación consultorio.
Doce años fuera y volvía con más papeles que cuando se fue, pensó, y ninguno de esos papeles le enseñaba lo único que necesitaba: cómo entrar en una cuadra donde durante cuarenta años habían entrado otros.
Las tardes de aquel mes las había pasado también subiendo a las casas, a presentarse, que era la costumbre.
Unos lo recibían con café y memoria —‘tu abuelo me curó una vaca en el setenta y tantos, a ver si tienes su mano’—; otros con la cortesía medida de los que esperan ver antes de pagar.
En todas partes la misma pregunta disfrazada de distintas ropas: ¿te quedas?
Los pueblos como Soutomouro habían visto demasiada gente venir a arreglarlos y salir por donde habían venido.
La desconfianza no era hostilidad; era archivo.
Y sin embargo, los ganaderos seguían llamando a Secundino.
Llamaban al viejo, y el viejo les daba el número de Iago, y ellos colgaban y llamaban a Iago con una resignación que se notaba en la voz: bueno, si no queda más remedio.
A eso había vuelto. Doce años de facultad, prácticas, cooperativa, oposición interna a una plaza que al final no quiso, y había vuelto a ser el hijo de los Lamela, el de abajo del pazo viejo, el que se fue.
La nieta de la curandera salió del establo con Amancio. Hablaban bajo. Iago cerró la nevera portátil con las muestras —leche, contenido ruminal, un hisopo conjuntival, pelo y piel del cuello— y fingió estar muy ocupado con la cremallera.
—…comieron todas lo mismo —oía a la mujer.
Podría haberlo dicho él. De hecho lo había dicho él, veinte minutos antes, y Amancio había asentido con la cara de quien espera la segunda opinión de verdad. Eso le escoció más de lo razonable. Lo reconoció: más de lo razonable.
El intercambio que siguió fue breve y cortés y dejó las cosas donde tenían que quedar: él mandaba las muestras al laboratorio de Monforte, ella miraba lo suyo, y el tiempo diría.
‘Tiene usted razón’, le había soltado ella en un momento, y él se había quedado sin la mitad del discurso que llevaba preparado, porque no esperaba que le dieran la razón tan rápido ni con esa calma.
La calma de esa mujer tenía algo de oficio viejo, algo que no se aprende en ninguna facultad.
Lo pensó, y luego se corrigió con fastidio: la calma no cura vacas, Lamela.
—¿Entonces? —le preguntó Amancio cuando ella ya subía por la pista.
—Entonces, mañana temprano llevo las muestras a Monforte.
En cuarenta y ocho horas, setenta y dos como mucho, tenemos el primer resultado.
Mientras tanto: la vaca muerta hay que enterrarla o retirarla por el servicio oficial, no la toque más de lo necesario, y si alguna otra muestra signos —apatía, fiebre, diarrea, lo que sea— me llama enseguida, a cualquier hora.
—A cualquier hora —repitió Amancio, como si pesara la oferta—. Tu abuelo decía lo mismo.
—Mi abuelo era hombre sensato.
—Tu abuelo no metía la pata. —El ganadero escupió al suelo, pensativo, que en él era una forma de puntuación—.
Mira, Iago. Yo no tengo nada contra ti. Pero llevo cuarenta años con este establo y te digo una cosa: a vaca non miente.
Si algo anda mal, ellas lo dicen antes que cualquier máquina.
Y esta me ha dicho algo que no me gusta.
—¿El qué?
—Que no ha tenido tiempo de quejarse. —Amancio señaló la vaca muerta con la barbilla—. Una vaca enferma avisa. Se aparta, deja de comer, te mira distinto. Esta no ha avisado. Ha comido ayer tarde como todas y esta mañana estaba así. ¿Qué clase de mal no avisa?
Iago no tenía respuesta para eso, o mejor dicho tenía varias —muerte súbita existe, hay causas cardiacas, hay toxinas de acción rápida— pero ninguna encajaba con la cara de Amancio, que no pedía etiología: pedía sentido. Se limitó a decir:
—Por eso hay que hacer el análisis. Vamos ver qué nos cuenta el laboratorio.
—Ya veremos —repitió Amancio, y en su boca sonó a otra cosa: a la paciencia del que ya ha visto venir y ir muchas autoridades.
Iago cargó la nevera en el coche. Antes de arrancar miró una última vez el prado: la vaca muerta cubierta ya con una lona, el ganado arriba, Amancio inmóvil en medio como un poste más.
Y al fondo, subiendo la cuesta entre los muros de piedra, la figura de la mujer del bolso de tela, que se iba haciendo pequeña hacia el pueblo.
No le había parecido una charlatana. Eso era lo irritante. Los charlatanes eran fáciles.
De vuelta en el pueblo, dejó el coche junto al consultorio —la casa de Secundino de toda la vida, con el bajo reconvertido: sala de espera con cuatro sillas, despacho, una salita de exploración con la camilla plegable y la nevera nueva que él mismo había traído— y subió las muestras a la habitación donde dormía, en la primera planta, todavía medio entre cajas.
El pueblo olía a lumbre baja y a humedad.
Pasó junto a la iglesia de San Xurxo y junto al camposanto, y pensó, sin querer pensarlo, que en algún punto de ese muro bajo estaba enterrada la mujer cuya sombra le estaba comiendo el terreno.
Mariña. No la había conocido. Cuando él se fue, ella ya era una institución: la curandeira , la que te quitaba el mal de ojo, la que sabía de hierbas y de partos de vacas, la mitad respetada y la mitad temida.
Su abuela paterna, que en paz descansara, iba a verla en secreto y lo negaba en público. Así funcionaba eso aquí.
La plaza estaba vacía a esa hora. El hórreo del pazo viejo alzaba sus pies de hongo contra el cielo gris, y detrás de las últimas casas empezaban los castañares —el souto, lo llamaban aquí— que le daban nombre al pueblo y que seguían donde los seguía la niebla.
Doce años, y sus ojos habían olvidado ese verde.
Era un verde distinto al de Terra Chá, más oscuro, más mojado. Un verde que no secaba nunca.
Tenía hambre, y no tenía nada en la casa, porque llevaba tres semanas posponiendo la compra seria. Así que hizo lo que había evitado hacer hasta entonces: empujó la puerta del bar.
«A Lareira» se llamaba, por la lareira —la cocina de lumbre baja que presidía el fondo del local y que ya no se usaba para cocinar, pero seguía ahí, con su campana de hierro y su banco corrido, convertida en monumento.
El bar era la centralita del pueblo, Iago lo recordaba de niño, y la mujer detrás de la barra lo reconoció antes de que él terminara de entrar.