La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Anda. El de los Lamela. —Lourdes Sampedro, Lula, no había cambiado apenas: la misma coleta, la misma costumbre de secarse las manos en el paño mientras te tomaba la medida—. Contan por aí que has vuelto para quedarte. Siéntate. ¿Qué tomas?

—Un vino. Y algo de comer, si hay.

—Hay tortilla, hay empanada, hay lacón con cachelos si me lo pides bien. —Le puso el vino delante—. Doce años, ¿no? No habías vuelto ni de vacaciones, que yo recuerde.

—De vacaciones, alguna vez. De funeral, dos.

—Los funerales no cuentan. —Lula se apoyó en la barra. No había más clientes a esa hora rara, media tarde, y él entendió que iba a ser entrevistado—. Así que te quedas con lo de Secundino. Bien hecho. Alguien tenía que quedarse; el viejo ya no sube las cuestas.

—Eso parece.

—Y esta mañana ya has tenido trabajo, ¿eh? Lo de Amancio. —No era pregunta. El pueblo entero lo sabía; solo faltaba saber qué versión circulaba—. Mal asunto. La Manchada era buena vaca.

—La conocía todo el mundo, al parecer.

—Aquí las vacas buenas tienen nombre y fama. —Lula le puso la empanada—. ¿Y qué le ha pasado?

—Eso lo dirá el laboratorio.

—Uy. —Lula sonrió—. Laboratorio. Qué moderno. Aquí antes se llamaba a Mariña y se acabó la historia.

—Mariña se murió en diciembre —dijo Iago, y le salió más seco de lo que pretendía.

—Sí. Pero ha quedado la nieta. —Lula lo miró con una curiosidad amable y total—. Que bajó esta mañana al prado, con su bolsito y todo. Contan por aí que os habéis encontrado junto a la vaca, tú con tus bolsitas y ella con sus cosas. Bonita estampa.

—Fue un encuentro profesional.

—Claro, claro. Profesional. —Lula le rellenó el vaso sin que lo pidiera, que era su manera de decir que no se creía nada—.

Mira, chico, te voy a hacer un favor de bienvenida, que soy así de generosa: a lo de Mariña iba todo el pueblo, y no solo por lo que curaba.

Unos iban mucho, otros poco, algunos decían que no iban nunca y iban.

La nieta acaba de reabrir esta mañana, ¿lo sabías?

Ha quitado el luto del letrero hoy mismo.

Y hoy mismo se le ha muerto la vaca a Amancio.

El pueblo va a hacer cuentas con eso, te lo digo yo que llevo veinticinco años detrás de esta barra haciendo sumas.

—¿Qué clase de cuentas?

—Las malas —dijo Lula, alegremente—. Las buenas no interesan.

Iago comió la empanada, que estaba muy buena, y bebió el vino, que era áspero y frío, y pagó lo que Lula le dejó pagar, que fue poco, ‘la primera invita la casa, la segunda ya eres cliente’.

Al salir, la niebla había bajado del todo y la plaza era un platillo de luz amarilla bajo la farola.

Había cuatro hombres jugando al dominó junto a la ventana del bar; dos lo miraron pasar, y uno —Iago lo vio con el rabillo— cerró el puño en un gesto breve, pulgar entre los dedos, disimulado como quien se rasca.

Conocía ese gesto. Su abuela lo hacía. Se lo hacía a los coches con matrícula de fuera, a los curas nuevos, a los médicos de sustitución.

Le dio una rabia súbita y antigua, de niño al que le hacen la figa sin saber él qué ha hecho.

Siguió caminando. No iba a ganar ese combate, y lo sabía: no se pelea uno contra un gesto.

Cenó en casa unas galletas y un vaso de leche, de pie en la cocina, mirando la libreta del plan.

«Semana 4: visitas de presentación a todas las explotaciones.

Semana 5: revisar calendario de saneamiento con la ADSG.

» Todo eso seguía siendo cierto, pero debajo había ahora una capa nueva, la que no había previsto: el pueblo no le iba a dar la clientela por título.

Se la iba a tener que ganar vaca a vaca, y compitiendo —le dolía la palabra, pero era esa— con un armario de tarros y una letra en un libro viejo.

Abrió el cuaderno de visitas que había estrenado en marzo.

Escribió la fecha, «Explotación Codesido.

Vacuna: 18 cabezas. Caso: muerte súbita, vaca de 6 años, sin signos previos según propietario».

Enumeró las muestras tomadas y la hora. Y debajo, en la línea donde solía escribir «diagnóstico presuntivo», dudó, y escribió por fin: «A descartar: pienso. »

Se quedó mirando la frase. Era lo más probable: una micotoxina, un lote malo, algo del almacén.

Pero Amancio juraba que todas comían lo mismo, y si todas comían lo mismo y solo una había caído, la hipótesis del pienso cojeaba de una pata.

A no ser que la Manchada hubiera comido de un saco distinto, de un rincón distinto, de una horma distinta. Mañana miraría el almacén.

Apagó la luz tarde, después de ordenar tres cajas más por pura inquietud, y durmió como duermen los que tienen el sueño entrenado en guardias.

A las cinco y media se despertó sin saber por qué.

La ventana de su habitación daba a la carretera de entrada del pueblo, la que venía de Monforte y seguía hacia la montaña.

Había niebla todavía, y la luz grisácea anterior al amanecer, y en esa luz vio a un hombre que entraba en el pueblo caminando, despacio, con una chaqueta oscura y la cabeza un poco gacha.

Un hombre viejo, de paso cansado pero regular, como quien ha caminado mucho y ya le da igual.

No llevaba nada en las manos. Pasó bajo la ventana sin mirar arriba y se perdió hacia la parte alta del pueblo.

Iago se quedó mirando un rato. Le llamó la atención, sin que supiera decir por qué, dos cosas: la hora, y que el hombre venía de fuera, de la carretera, y sin embargo llevaba los zapatos limpios y secos, relucientes casi, en una mañana de niebla que dejaba todo mojado.

Un madrugador, pensó. Un insomne de pueblo, de esos que salen a caminar para no pensar. Volvió a la cama y no volvió a dormirse del todo, con la imagen absurda de los zapatos secos flotando un rato en la niebla de su cabeza, antes de que el sueño se la llevara también.

No volvió a ver al hombre de los zapatos secos, pero lo pensó dos veces aquel día, a horas raras, como se piensan las cosas sin importancia que se han quedado mal archivadas en la cabeza.

A las ocho cargó la nevera portátil en el coche y bajó a Monforte por la carretera comarcal, veintidós kilómetros de curvas entre castaños y muros, con el Sil abajo, invisible detrás de la niebla que se levantaba del río.

Hacía ese trayecto con una atención que no era solo de conductor: era la atención del que reaprende un territorio.

Cada curva le devolvía algo. El cruce del pazo.

La capilla en ruinas donde su madre dejaba flores.

El tramo donde el padre de un amigo se había matado con la moto, un junio de hacía veinte años.

El paisaje no había cambiado; lo que había cambiado era la velocidad a la que él lo miraba.

El laboratorio quedaba en el polígono, junto a la cooperativa.

La técnica que lo atendió, una mujer eficiente con gafas de aumento, le tomó las muestras, le hizo firmar el parte y le dio plazos sin levantar la voz: bacteriología y micotoxinas, cuarenta y ocho horas como pronto; si había que hacer histopatología, pedirían piezas.

—¿Sospecha de algo en concreto? —le preguntó.

—De todo lo que mata sin avisar —dijo Iago—. Empiecen por lo toxico.

Aprovechó el viaje para hacer la compra seria que venía posponiendo —un supermercado de verdad, con carritos— y para pasar por la ventanilla de la cooperativa veterinaria, donde lo conocían del nombre desde marzo y lo trataron con esa cortesía funcional de los funcionarios de comarca.

A la vuelta, con el coche oliendo a pollo asado del polígono, se desvió por la pista que subía a la parte alta del pueblo.

Tenía una visita pendiente que no figuraba en ningún plan: la casa de Secundino.

El viejo vivía solo, en una casa de piedra con el huerto más ordenado de Soutomouro, lechugas en filas de regimiento y un peral podado con mano militar.

Lo encontró en cuclillas, escardando, y no se levantó cuando Iago aparcó: siguió escardando hasta que Iago estuvo a dos pasos, que era su modo de recordarle a todo el mundo quién tenía la edad y quién la prisa.

—Antes —dijo Secundino a modo de saludo, mirando la tierra—, el veterinario venía a verme a mí, no al revés. Pero los tiempos cambian. Siéntate en el banco, que mi espalda ya no da para mirar hacia arriba.

Iago se sentó en el banco de piedra. Había pensado la conversación de camino y decidió ir directo, porque con Secundino los rodeos eran inútiles: el viejo tenía un detector de rodeos infalible.

—El archivo del consultorio termina en 2019 —dijo—. Las fichas, quiero decir. Después de 2019 no hay nada escrito.

—Ajá.

—¿Se perdió? ¿Lo tiene usted?

Secundino arrancó una hierbecilla con una precisión que no correspondía a sus setenta y siete años.

—No se perdió. —Pausa larga. —Está en el armario de los casos.

—El armario de los casos está cerrado. La llave no estaba en el manojo.

—Ya aparecerá.

—Secundino. —Iago procuró que no le sonara a reclamo—.

Si voy a llevar esto, necesito los historiales.

Las vacas de aquí tienen treinta años de antecedentes que yo no conozco.

Sensibilidades, alergias, qué granja tuvo carbunclo en los noventa, qué toro da crías grandes.

Eso no está en ningún libro mío. Está en ese armario.

El viejo se incorporó por fin, despacio, con una mano en el riñón, y se quedó mirando las lechugas como si la respuesta estuviera escrita entre las filas.

—Los antecedentes —dijo—. Sí. Los antecedentes. —Carraspeó—. Mira, Iago. Te voy a decir una cosa, y no es por no darte la llave, que la tendrás. Es por que la entiendas cuando la tengas. En este pueblo hubo siempre dos consultorios. El mío, con la nevera y las fichas y la jeringa. Y el otro.

—El otro.