La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 2 #3
13%

Capítulo 2 #3

—La casa de Mariña. —Secundino no lo dijo con resentimiento; lo dijo como quien nombra un accidente geográfico—.

Cuarenta años compartimos clientela, ella y yo.

Yo nunca se lo reconocí en público y ella nunca me lo agradeció en privado, que era el trato.

Había cosas que me llegaban a mí: la pinza, la aguja, el parto imposible.

Y había cosas que le llegaban a ella. La vaca que no levanta cabeza después de parir y nadie sabe por qué.

El becerro que llora. La mastitis que vuelve y vuelve y vuelve.

Yo ponía el antibiótico y se iba, y a los tres meses volvía, y entonces el ganadero, sin decirme nada, subía a verla a ella.

Y la mitad de las veces —no te estoy diciendo que todas, no me vayas a escribir esto en tu cuaderno— la mitad de las veces la vaca se quedaba bien.

Iago guardó silencio un momento. El peral movía las hojas nuevas con un airecillo que olía a tierra removida.

—Usted no cree eso —dijo al fin.

—He visto mucho —dijo Secundino, y lo miró por primera vez—.

Y también he visto vacas morirse mientras el amo estaba arriba, en lo de Mariña, perdiendo el tiempo con hierbas.

Las dos cosas. Eso es lo que hay en el armario, Iago: las dos cosas, escritas con mi letra.

Por eso la llave se queda un tiempo más conmigo.

—Se interrumpió, se corrigió—: cuando la tengas, la leerás deprisa y te harás trampas.

Quiero que antes hayas visto suficiente con tus ojos. Eso es todo.

Iago podría haber discutido. No discutió. Había en la manera de hablar del viejo una cosa que le cerraba la boca: la certeza de que la conversación llevaba cuarenta años ocurriendo y él acababa de entrar en ella.

—La vaca de ayer —dijo—. Amancio. ¿Usted qué cree?

—Yo ya no creo nada de las vacas ajenas.

Estoy jubilado. —Secundino volvió a sus lechugas—.

Pero te diré lo que le dije a Amancio por teléfono esta mañana, porque me llamó a mí antes de llamarte a ti, y eso también es el pueblo: que si todas comieron lo mismo y solo cayó una, o el saco no era el mismo, o la vaca no era igual que las otras, o hay algo que no estamos viendo.

Las vacas no mienten, dice él. Cierto. Pero tampoco hablan. Ya veremos qué dice tu laboratorio.

Ya veremos. Todo el mundo se lo decía, con unas palabras u otras, pensó Iago bajando la pista, y era curioso: la frase era de duda y de pacto al mismo tiempo. Caminaron juntos hasta el portal. Antes de que Iago se fuera, el viejo lo retuvo con dos dedos en la manga.

—La nieta de Mariña. —No era pregunta—. Ya te la has encontrado.

—En el prado de Amancio.

—Ya. —Secundino asintió como quien confirma una cosecha—.

Pues es mejor que la abuela, en algunas cosas.

Más despacio, más con los ojos. Y es peor en otras: todavía no sabe decir que no.

Mariña aprendió a decir que no con cuarenta años.

Esperemos que la niña aprenda antes. —Soltó la manga—.

Cuídala un poco. No por ella. Por ti. Yo he visto a ganaderos dejar de llamar a un veterinario por menos que esto.

Iago condujo de vuelta al pueblo con la luz bajando sobre el valle.

Las palabras del viejo le dieron vueltas toda la tarde, no las de la nieta —eso era folklore de despedida— sino las otras: ‘la mitad de las veces la vaca se quedaba bien’.

Secundino no era un crédulo. Secundino era un veterinario de los de antes, de los que castraban terneros con las manos frías y diagnosticaban gestaciones a ojo con una puntería legendaria.

Si un hombre así decía ‘la mitad de las veces’, la mitad de las veces algo había pasado que no entraba en la ficha.

Y eso era, para Iago, peor que la charlatanería: la charlatanería se desmonta; los hechos que no caben en la ficha solo se pueden mirar fijamente.

Esa noche, ya acostado, le costó dormir otra vez.

Pensó en Lugo, en la facultad del Campus Terra, en las aulas con olor a formol y a café de máquina, en los años buenos que habían sido de verdad buenos.

Pensó en por qué había vuelto, y apartó ese pensamiento con la eficacia de quien ha tenido doce años para aprender a apartarlo.

Había una respuesta oficial —Secundino se jubilaba, el pueblo se quedaba sin veterinario, la oportunidad— y había otra respuesta que no venía en ninguna libreta y que no iba a escribir jamás en un cuaderno de visitas.

La apartó. Se concentró en la vaca. Torsión, rayo, toxina, carbunclo.

Muerte súbita. Mañana llamaría al laboratorio.

Esa noche, antes de acostarse, bajó al consultorio a apagar la luz de la fachada y se entretuvo un rato más en la farmacita, ordenando.

En el último cajón, el que se atascaba, encontró lo que no le cupo en la lista del inventario: tres tarros de pomada sin etiqueta comercial, con la tapa atada con una goma y un cartelito escrito a mano, con letra de mujer mayor, redonda y firme.

«Para ubres. Untar de noche. M.» Abrió uno.

Olía a consuelda y a cera de abejas, a algo limpio y casero.

Se quedó con el tarro en la mano un buen rato.

Cuarenta años de coexistencia, había dicho el viejo; aquí estaba la prueba, en el fondo de un cajón de la farmacia oficial, con su gomita y su letra.

Lo volvió a dejar donde estaba. No lo tiró.

Se sorprendió a sí mismo no tirándolo, y esa sorpresa le duró todo lo que tardó en subir la escalera.

A la mañana siguiente, antes de bajar al consultorio, abrió el cuaderno de visitas sobre la mesa de la cocina, entre las migas del desayuno.

Leyó lo que había escrito la noche anterior.

«A descartar: pienso.» Se quedó un rato mirándolo, con el bolígrafo quieto.

Después, despacio, escribió debajo la fecha y una línea más, la primera línea del caso que ya intuía largo:

«A descartar: pienso. Y a vigilar: el resto del establo. Si cae otra, esto no es un accidente, es un patrón.»

Cerró el cuaderno. Fuera, la niebla hacía lo de siempre, subir del río y quedarse en los castaños, y el pueblo empezaba su mañana con el olor de las lumbres.

Iago se caló la chaqueta y salió a la calle, donde le hicieron dos figas disimuladas y un buenos días, y contó los dos gestos con el mismo cuidado, porque había decidido que si iba a quedarse —y se iba a quedar— necesitaría datos de todo, incluso de eso.