Capítulo 3
Sabela
La familia de la baixada del río llegó a media mañana del tercer día, cuando Sabela aún tenía en las manos el olor de la menta que estaba deshojando.
Venían tres: el padre, una mujer mayor que tenía que ser la abuela, y un muchacho de unos doce años que llevaba en brazos, envuelto en una manta de cuadros, un cabrito recién nacido.
No: un becerro, corrigió ella al verlo de cerca, un becerro de dos semanas, pequeño para su edad, con los ojos llorosos y esa apatía gris de los animales que han dejado de pedir.
—Es la becerra —dijo el padre, un hombre de pocas palabras llamado, supo después, Cornelio—. De la vaca vieja. Hace cuatro días que no mama bien y dos que tiene la tripa suelta. Y llora. Nunca había visto llorar a una bestia.
—Es o mal de ojo —dijo la abuela, terminante, con la certeza de quien ha venido al pueblo a decir exactamente eso—. La miró la vecina. La miró el día que nació, que yo la vi, con esos ojos que tiene. Desde entonces, así está.
Sabela dejó la menta en el cesto. Se lavó las manos en la pila de detrás del mostrador, despacio, que era la manera que tenía su abuela de pasar de una cosa a otra cosa: el agua primero.
Había visto a Mariña hacer esto un centenar de veces, recibir el animal enfermo, oír el diagnóstico de la familia, no confirmarlo ni negarlo.
La familia siempre traía un diagnóstico; la casa traía la mirada.
—Vamos a verla —dijo.
Bajaron al corral de atrás, porque el becerro no podía quedarse en brazos del niño todo el rato, y allí, sobre la paja limpia que Sabela había echado esa misma mañana por si acaso —su abuela también hacía eso: preparar la paja por si acaso—, el animal se dejó caer de lado con un suspiro.
Sabela se arrodilló. No lo tocó al principio.
Dejó la mano abierta cerca del hocico, quieta, esperando.
El becerro olfateó, movió las orejas, y al cabo de un momento alargó el cuello y apoyó el morro en la palma de ella, con una confianza que hizo que la abuela dijera algo por lo bajo, entre el rezo y el asombro.
—Me lo pide —dijo Sabela, y miró al padre—. Pero el que manda es usted.
Cornelio se rascó la nuca. Era un hombre de campo, de los que pagan sus facturas y desconfían de todo lo que no se pesa, y sin embargo había bajado al pueblo con la becerra envuelta en una manta, porque su madre no paraba de decirlo y porque algo en el animal no le cuadraba a él tampoco.
—Mire —dijo—. Yo no sé de estas cosas. Sé que la vaca vieja está bien y la cría se me muere.
El veterinario nuevo del pueblo… no lo conozco.
A usted la conozco, y a su abuela la conocí.
—Se detuvo, tragó saliva, y lo dijo entero, porque las cosas hay que decirlas enteras—: Quiero que me la cure. Si puede. Lo que cueste, se lo pago.
Sabela asintió. Había en la frase una palabra que su abuela siempre subrayaba: me la cure , a mí, no a las hierbas, no a la suerte. El consentimiento era eso: el animal se lo pedía y el dueño se lo pedía, y entre las dos peticiones se abría la puerta estrecha por donde podía pasar ella.
—No me lo pague con dinero todavía —dijo—. Espere a ver. Traigan agua de su casa, la que bebe la vaca madre. Y vuelvan a por ella mañana por la noche.
No hizo nada delante de ellos. Mariña tampoco lo hacía nunca: la cura no era un espectáculo, y lo poco que tenía de visible —las manos, el agua, las palabras— era justo lo que menos importaba.
Cuando la familia se fue, con la abuela mirando atrás desde la puerta, Sabela cerró la tienda, echó el cerrojo de mediodía, y bajó al corral con el delantal limpio.
Lo que pasó después, pasó como pasaban esas cosas en aquella casa: despacio y sin ruido.
Calentó el agua que había subido de A Fonte Vella al alba, la dejó templar con las hierbas que correspondían, y se sentó en la paja junto al becerro con el cuenco entre las manos.
Le habló al animal en voz baja, como su abuela le hablaba a todo lo vivo, con diminutivos que le salían solos: herbiña, meu rapaz.
Le pasó la mano abierta por el lomo, por la tripa, y sintió —era la primera vez que lo sentía con esa nitidez, y se estremeció al sentirlo— el punto exacto donde el mal estaba posado, como una piedra fría en el fondo de un arroyo tibio.
No era la tripa. Estaba detrás de los ojos, donde la abuela de Cornelio había dicho: la mirada de la vecina, posada el día del nacimiento, pesada como una mano húmeda.
Empezó el ensalmo con la voz muy baja, casi sin voz, la mitad rezando y la mitad cantando, como lo había oído toda la vida: la vieja forma de la casa, la palabra cargada que ordenaba la cura.
—Con el Ave María comienzo, / Santo Antón, a esta cría defiendo, / con agua de la Fonte Vella la lavo, / y con hierba buena la envuelvo; / el ojo malo que la miró, / que se lo lleve el río.
El becerro respiró hondo. Sabela sintió que el frío de la piedra se movía, que se desprendía del animal despacio, con la lentitud de una cosa pegada, y que —esto era lo que nadie le había explicado jamás, ni Mariña, porque no se puede explicar— pasaba por ella.
Por su brazo, por su pecho, por su garganta, dejando un regusto amargo.
No le dolía. Era peor que doler: le pertenecía un momento, ese mal ajeno, y luego se iba, y al irse pagaba peaje en su casa.
Cuando terminó, el becerro dormía con la cabeza sobre las rodillas de ella, y los ojos, bajo los párpados, ya no lagrimeaban.
Sabela se quedó quieta un rato largo, mirando la luz de la tarde en la paja, sintiendo en el cuerpo una fatiga dulce y honda, como después de segar un prado entero.
El corral olía a paja y a animal joven y a las hierbas templadas, y por la rendija de la puerta se veía un rectángulo de huerto verde, y todo eso era de una normalidad tan antigua que le dio vértigo: su abuela había estado arrodillada en esa misma paja, con esa misma luz, cincuenta años de primaveras.
Sabía lo que venía. Mariña se lo había dicho mil veces, y esa misma tarde, mientras recogía el cuenco y las hierbas, lo oyó otra vez con la voz misma de la abuela, esa memoria que tenía el acento intacto: ‘Toda cura ten a súa peaxe, miña meniña. Toda. La que no cobra no es cura, es cuento.’
La peaxe . El peaje, el derecho de paso: lo que la cura le cobraba a la curandera por usarla de camino.
Mariña lo apuntaba todo en un cuaderno aparte, el cuaderno das peaxes, que Sabela tenía guardado en el cajón de la mesilla desde diciembre, con el respeto con que se guardan las cosas que dan un poco de miedo.
Se acostó a las ocho, sin cenar, y durmió de un tirón diez horas, un sueño mineral, sin fondo.
La despertó una campanita. Nadia Otero, la hija de los Otero de la panadería, dieciséis años, llegaba para su sábado de ayudante —había insistido durante un mes entero hasta que Sabela cedió: sábados por la mañana, barrer, etiquetar, pesar— y la encontraba abriendo la tienda con cara de no haber dormido, lo cual era cierto en sentido contrario.
—É que… ¿estás bien? —Nadia la miraba con los ojos muy abiertos—. Tienes el ojo derecho fatal.
Sabela se lo tocó. Le escocía, le lloraba, le pesaba el párpado como si se hubiera pasado la noche mirando al sol.
El espejo del pasillo le devolvió un ojo rojo y hinchado, vivo de dolor.
El becerro lloraba por los dos ojos; a ella le tocaba el derecho, el del lado de la mirada.
Así era el eco: veinticuatro horas llevando encima, en pequeño, lo que el otro había tenido en grande.
—No es nada —dijo—. Es el precio.
—¿El precio de qué?
Sabela se sentó en el taburete del mostrador. Nadia tenía dieciséis años y era la única persona del pueblo que había pedido entrar en la botica a trabajar; se merecía una verdad del tamaño de su edad, no un cuento ni la verdad entera.
—Ayer curé una becerra —dijo—. La de la baixada, la que lloraba.
Hoy está mejor; me lo dirán esta noche cuando vengan a por ella.
Y yo hoy tengo esto. —Se señaló el ojo—.
Mi abuela lo llamaba la peaxe. Cada cura cobra.
Si curas un ojo, un día te lloran los tuyos.
Si curas una fiebre, un día tiemblas tú.
No se puede curar en balde, Nadia. Lo que cura de verdad siempre pasa por alguien, y al pasar, paga.
—É que… —Nadia tragó saliva—. ¿Eso te pasa siempre?
—Siempre.
—¿Y no te da miedo?
—Sí —dijo Sabela, y le salió de verdad—. Pero es mío. Es el oficio.
Nadia se quedó pensando, con la escoba en la mano, y luego dijo una cosa de las suyas, de esas que a los dieciséis años salen sin filtro:
—Pues menuda mierda de superpoder.
Sabela soltó una carcajada que le dolió en el ojo, y las dos se rieron.
Por la tarde, cuando la muchacha se había ido y el ojo seguía llorando, Sabela sacó el cuaderno das peaxes.
Olía a la mesilla de Mariña, a cajón cerrado.
Lo abrió por donde la abuela lo había dejado —la última entrada era de noviembre, «la tos de la pequeña de Rosalía, pagado: dos noches sin dormir»— y pasó la página.
La página nueva estaba en blanco, con las líneas azules muy quietas.
Escribió despacio, con la letra que sin querer le iba saliendo parecida a la de Mariña:
«Abril. La becerra de Cornelio, el ojo malo. Pagado: diez horas de sueño, un día de ojo derecho. La becerra se fue andando por su pie.»
Porque así fue: a la noche, cuando Cornelio y la abuela volvieron, la becerra se levantó de la paja por sí misma, mameó un puñado de hierba que Sabela le ofreció, y salió del corral tirando de la manta del muchacho con los dientes, juguetona, resuelta.
La abuela hizo la señal de la cruz y después, inmediatamente después, sin rubor, la figa con la mano izquierda; las dos cosas, pensó Sabela, en ese orden, desde siempre.
Cornelio quiso pagar. Ella aceptó lo justo: un saco de harina de maíz de su molino y la promesa —esto se lo pidió ella, mirándolo a los ojos— de que si el animal recaía, lo primero era llamar al veterinario.