Capítulo 3 #2
—¿Al nuevo? —Cornelio se lo quedó mirando—. Pensaba que ustedes dos…
—Los dos qué.
—Nada. —El hombre sonrió por primera vez—. Que sois los dos de pocas palabras. Harán buena pareja de trabajo.
Sabela no contestó a eso. Esa noche, con el ojo ya aliviado y la casa en silencio, recibió la visita que había estado esperando sin saberlo.
Ciriaca Veiga no llamó: empujó la puerta, que no tenía cerrojo en las horas de tienda, y entró como entran los muy viejos en las casas donde han entrado toda la vida.
Ochenta y dos años, recta como una vela, con un pañuelo negro anudado bajo la barbilla y unos ojos claros que no perdonaban nada.
Era la última de las viejas autoridades del valle —la que sabía de huesos y de partos y de los nombres viejos de las cosas— y había sido, decía el pueblo, la única amiga de verdad de Mariña.
Se sentó sin que la invitaran, en la silla buena, junto a la lumbre.
—La becerra de Cornelio —dijo, a modo de saludo—. Iso xa o sabes: ha subido por su pata, y todo el baixo lo sabe antes de la cena. En este valle las noticias buenas corren menos que las malas, pero también corren.
—Siéntese, Ciriaca. ¿Le pongo una infusión?
—Me pondrás lo que tengas hecho. —La vieja miró el ojo de Sabela, que aún conservaba la rojez—. Ah. Ya pagaste.
—Ya pagué.
—Bien. —Ciriaca dio un golpecito en el suelo con el bastón que no necesitaba—.
Ahora escúchame, que no vengo de visita.
Tu abuela esperó seis meses a esto. Se estaba muriendo y esperaba.
No a la muerte: a que tú durmieras tu primera noche de peaje.
Ella no pudo verla, y le pesó. Me lo dijo en noviembre: ‘Cuando la niña duerma el primer sueño de después, ya estará hecho, esté yo o no esté yo.’
A Sabela se le cerró la garganta. El fuego hacía su ruido pequeño.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué esperaba eso?
—Porque hasta entonces eres la nieta que sabe de hierbas.
Después eres otra cosa. —Ciriaca la miró de frente, con esos ojos claros—.
La mano te ha dicho ya dónde estaba el mal de la becerra, ¿a que sí?
Antes de tocarla casi. Eso no se aprende en los libros, rapaza.
Eso se hereda, y se hereda cuando se hereda, no cuando conviene.
Tu bisabuela lo tenía. Tu tatarabuela lo tenía.
La de antes, no se habla de la de antes.
Y Mariña lo tuvo toda la vida, y te lo fue pasando sin que te dieras cuenta, como se pasan los terrenos: de palabra, de mano en mano, delante de testigos que no firman nada.
—Yo no quiero… —empezó Sabela, y no supo terminar la frase. Porque sí quería. Esa era la verdad que le escocía más que el ojo: sí quería.
—Querer es lo de menos —dijo Ciriaca, levantándose con una agilidad insultante—.
Lo que importa es que sepas lo que eres, porque lo vas a necesitar.
Este pueblo va a venir a ti, ahora que Mariña no está.
Vendrán con los ojos, con las tripas, con el ganado, y vendrán también con la figa en la mano, que son la misma gente.
—Ya en la puerta, se volvió—. Y recuerda lo que te digo, que solo lo diré una vez: una meiga es una vecina.
Ni más ni menos. Lo demás son cuentos de fuera.
Se fue. Sabela se quedó junto a la lumbre, con la infusión intacta en la mano, y pensó en su abuela esperando seis meses, contando los días hacia atrás desde una muerte que ya llevaba dentro, para llegar a ver —no llegó, por casi cuatro meses— el sueño de su nieta.
Eso era la herencia: no el armario, no el libro.
La espera de seis meses. Alguien que aguanta medio año de morirse para comprobar que la mano ha pasado.
Esa noche, antes de acostarse, miró el ojo en el espejo. Ya no lloraba. En el cuaderno azul, el de las ventas, escribió solo una línea, debajo del día:
«Vino Ciriaca. La abuela esperó. Yo no lo sabía.»
Y se acostó, y soñó con el río, y con algo que se iba río abajo, lento, ya sin peso.
El domingo no abrió la tienda —Mariña nunca abrió los domingos, ‘el domingo es de los muertos y de las sopas’, decía— y a media mañana subió al camposanto con un ramo pequeño de flores del huerto, las primeras, las que habían aguantado el abril frío.
El camposanto de San Xurxo olía a cera y a tierra removida, y estaba, como siempre, más cuidado que muchas casas.
La tumba de Mariña era de las viejas, de piedra, con el nombre de la familia y ya el suyo debajo, reciente, con esa blancura ofensiva de las letras nuevas.
Sabela puso las flores, se quedó de pie un rato, y luego se sentó en el borde de la losa de al lado, donde no pisaba a nadie, como había visto hacer a su abuela en los entierros ajenos.
—Ya está hecho —dijo, bajo, porque en el camposanto hablaba en voz baja, no por respeto a los muertos sino por costumbre de los vivos—.
La becerra de Cornelio. El ojo. Diez horas de sueño y un día de llanto, y la becerra anda.
Ciriaca me ha contado lo de los seis meses.
—Se calló un momento—. Podías habérmelo dicho tú.
Podías haber dicho ‘te estoy esperando’, y yo habría venido más veces esas últimas semanas.
Pero tú eras así. Lo importante se hacía, no se anunciaba.
El viento movió los cipreses. No esperaba respuesta y no la hubo, y sin embargo la conversación le quedó bien, redonda, como quedan las conversaciones cuando una de las dos partes ya no puede equivocarse.
—Ahora vendrán los otros —siguió—. Lo sé.
Ya han empezado a preguntar en el bar, me lo ha dicho Xoana.
Unos vendrán por los jarabes y otros por lo otro, y los dos me mirarán igual: a ver si soy tú.
—Movió la cabeza—. No soy tú, abuela. Eso lo sé yo aunque ellos no lo sepan.
Soy la que viene después de ti, que es otra cosa.
—Se levantó, se sacudió la falda—. Descansa. Yo bajo a trabajar.
A la entrada del camposanto se cruzó con Padre Anxo, que subía con el breviario bajo el brazo, y los dos se pararon un segundo, educados.
—Dándole conversación —dijo el párroco, con un gesto hacia las tumbas que no tenía nada de burla.
—Algo así.
No dijo nada más. Siguió su camino, y Sabela bajó al pueblo pensando que ese hombre había aprendido, en treinta años de parroquia, a no pisar nunca del todo ni a un lado ni al otro de la raya que él mismo veía perfectamente.
Por la tarde, en la tienda cerrada, sacó otra vez el libro de la botica, no el cuaderno das peaxes sino el grande, el de la contabilidad de las curas, y se puso a leerlo como no lo había hecho nunca: no buscando, sino leyendo, desde el principio, página a página.
Era una historia del valle contada por los dolores.
Los sesenta: partos, fiebres, «la rabia de las vacas del concejo», un niño con el mal de la luna.
Los setenta: más ganado que gente, porque era cuando las carreteras mejoraban y la gente empezaba a bajar a Monforte al médico, pero las vacas seguían subiendo a la botica.
Los ochenta y los noventa: menos curas, más palabras, Mariña filosofando en las márgenes —«hoy me han pagado con un pollo, mejor que el dinero, el dinero no pone huevos»— y de pronto, en medio de todo, las entradas que Sabela buscaba sin buscarlas: las de las bestias.
«1982. El caballo de los Fabeiro, encordio.
Mano y emplasto. Quedó bien.» «1989. La vaca de Amancio Codesido, la primera, la Galinda, retención de placenta.
Quedó bien.» «1997. Ovejas de la viuda de Paredes, el lobo no, el miedo del lobo.
Quedó bien.» Una tras otra, medio siglo de animales curados por las mismas manos que ella había heredado.
Y descubrió algo que no recordaba de niña: en algunas entradas, muy de tarde en tarde, la abuela añadía una letra pequeña entre paréntesis, una sola letra: «(p.)».
La becerra del 74, «quedó bien (p.)». El niño del 81, «quedó bien (p.)».
No había leyenda que la explicara, pero Sabela no la necesitaba.
Peaxe. En el libro público, la abuela solo se permitía esa letra mínima, ese paréntesis, como quien pone una cruz disimulada en el margen de una vida.
El resto —qué había pagado, cuántas horas, qué le había dolido— estaba en el otro cuaderno, el que ahora dormía en su mesilla.
Dos letras para una vida entera: la «M» que firmaba los tarros y la «p.
» que firmaba los precios. Se preguntó cuántas de esas entradas con paréntesis habría en las páginas que aún no había leído, las últimas, las de la letra estrecha, y decidió que no las leería hasta que la mano no le temblara. Todavía le temblaba.
Cerró el libro y se miró las palmas, esa noche, largo rato. Las palmas no decían nada. O quizá decían todo, que era lo que daba vértigo.
Días después, Nadia llegó con su mochila y sus preguntas, y entre etiqueta y etiqueta soltó la que llevaba guardando toda la mañana:
—É que… ¿se puede aprender? Lo tuyo, quiero decir. ¿O se nace?
Sabela siguió escribiendo «tomo de mar — 40 g» con la estilográfica de la abuela antes de contestar.
—Las dos cosas —dijo al fin—. Como el pan. Se nace con las manos y se aprende la masa. ¿Por?