Capítulo 3 #3
—Por nada. —Nadia se concentró demasiado en la balanza—. Es que hay cosas que no están en internet. Lo he buscado todo. Lo del mal de ojo, lo de los ensalmos, eso. Hay vídeos, pero son… —hizo una mueca— o de feria o de miedo. No son lo que tú haces. Lo que tú haces no está en ningún sitio.
—Está en los sitios donde ha estado siempre —dijo Sabela—. En las casas. Lo de internet no es que esté mal, es que no cabe. Algunas cosas no caben en una pantalla, como no cabe el olor de un tarro.
Nadia asintió, no del todo convencida, y Sabela la miró de reojo mientras barría: dieciséis años, el móvil cosido a la mano, y sin embargo se sabía los nombres de las hierbas mejor que muchas madres.
Había algo en esa chica que la casa reclamaba.
Lo aparcó. Las reclamaciones de ese tipo había que dejarlas madurar como los vinos, decía Mariña; si se descorchaban antes de tiempo, se avinagraban.
—Pesa —le dijo—. Que te vas a equivocar de tarro.
Una mañana vino Cornelio con el saco de harina y con la noticia entera: la becerra mamaba, la vaca vieja la había aceptado otra vez, la vecina de los ojos pesados había pasado por la cerca y la becerra no le había hecho caso.
El hombre lo contaba con el asombro manso de quien ha visto funcionar algo en lo que no creía del todo, y se fue dando las gracias tres veces, una por él, una por su madre y una, dijo, ‘por la becerra, que no puede’.
Pronto, el pueblo entero lo sabía. Sabela no lo comprobó en persona —no salía mucho, esos días— pero lo notaba en el aire de la calle, en cómo cambiaban los saludos: los de la acera de enfrente seguían pasando de largo, pero algunos cruzaban ya a saludar, y dos mujeres del barrio bajo compraron hierbas que no necesitaban, con esa cara de quien hace una inscripción.
Lula le mandó un mensaje por WhatsApp, seco y cariñoso: «Contan por aí que resucitas becerros.
Ven a tomar un vino cuando quieras, que te debo una conversación.
» No fue. Todavía no era tiempo del bar; el bar era la plaza mayor de la desconfianza y de la confianza, y había que entrar en él con el momento exacto.
Lo que sí hizo fue escribir en el cuaderno das peaxes, cada noche, aunque no hubiera cura: el tiempo, la venta del día, cómo estaba el ojo, qué había soñado.
Se estaba construyendo un instrumento. Entendía ya —Mariña lo sabía, Ciriaca lo sabía, y ella lo estaba aprendiendo por el lado duro— que el oficio no consistía en curar.
Consistía en llevar la cuenta. Curar era lo fácil: el mal se dejaba llevar, si el animal confiaba y el dueño consentía.
Lo difícil era pagar, y pagar bien, sin que se notara, sin que el pueblo lo viera, sin romperse.
Por eso la abuela tenía dos libros: uno para el pueblo y uno para ella.
El pueblo leía el de las curas. Ella sola leía el de los precios.
Una noche, mientras cerraba, sonó el teléfono fijo de la tienda, ese trasto antiguo que Mariña se había negado a quitar.
Era la madre de la niña de la señora Carmen, con la voz de quien ha agotado lo demás: la niña seguía llorando por las noches, el pediatra no encontraba nada, la abuela no paraba de hablar del ojo.
—Que la traigan un día de estos —dijo Sabela—. A la tarde, cuando baje el sol. Y que venga la abuela también, que la abuela es parte de la cura aunque no lo sepa.
Colgó. Subió al cuarto de detrás —el cuarto de curar, con su camilla vieja forrada de hule y su ventana al huerto— y lo preparó como había visto prepararlo toda la vida: sábanas limpias, el cuenco de la fuente, la toalla de hilo que solo servía para eso.
No tocó nada más. Los detalles de la cura no se preparaban, llegaban con la cura; eso también era de la casa.
Después bajó, y se quedó un momento con la mano todavía en el auricular del teléfono, sintiendo cómo la semana se ordenaba sola alrededor de la botica, cómo la casa volvía a ser lo que había sido: no una tienda, no un museo de la abuela, sino ese lugar de la calle empinada adonde la gente bajaba cuando lo normal se acababa.
Le dio miedo otra vez, un miedo limpio. Y debajo del miedo, más abajo, una cosa que no le contaría a nadie, ni siquiera a Xoana: le gustaba.
Le gustaba el peso en las palmas, le gustaba el sueño de después, le gustaba la página en blanco del cuaderno esperando la entrada de la noche.
Apagó las luces de abajo. En la mesilla, el cuaderno das peaxes y el libro de la botica dormían el uno junto al otro, los dos libros de la casa, y en la repisa la figa de madera guardaba su calor de siempre.
Pensó en la becerra, pastando ya en la baixada; en la niña que vendría con su madre y su abuela; en el cuaderno que empezaba a llenarse con su letra debajo de la letra de Mariña.
La casa había vuelto a arder, pensó, y ella era a la vez la lumbre y la leña.
Eso era lo que Ciriaca había venido a decirle, con otras palabras.
Sabela subió la escalera despacio, con la certeza nueva de que la abuela no había dejado de esperar: solo había cambiado de habitación.