La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Iago

El día ocho de abril, Soutomouro hacía feira, y la Praza da Feira amaneció convertida en lo que era una vez al mes desde antes de que nadie llevara la cuenta: el parlamento del ganado.

Iago llegó a las siete y media con su maletín y su chaleco, y para cuando subió el sol sobre la sierra ya olía a orina de vaca, a café de termo, a tabaco frío y a ese olor inconfundible de los tratos: manos que se dan y gente que miente lo justo.

La feira era un mecanismo viejo y perfecto.

Los ganaderos traían los animales atados en filas bajo los plátanos; los tratantes pasaban, miraban dientes y ubres, ofrecían la mitad, se iban, volvían; las mujeres vendían queso y chorizos y plantones de lechuga en las mesas del fondo; y en el borde de todo, los viejos hacían de notarios de la palabra dada.

El consultorio de Iago no tenía puesto, pero él había decidido que estaría allí cada día ocho, visible, disponible, con las guías sanitarias bajo el brazo: si el pueblo no subía al consultorio, el consultorio bajaría a la plaza.

A media mañana había revisado once animales, respondido a cuatro consultas de orejas y cojeras, y apuntado tres visitas para la semana.

Funcionaba. Lentamente, pero funcionaba.

Entonces, de camino al camión de los Roque, oyó la conversación que no estaba destinada a sus oídos y que sin embargo fue dicha a su lado, con esa deliberación gallega que nunca se puede demostrar.

—Esta ternera no me acaba —decía uno, un tratante de Chantada con sombrero—. La veo parada.

—Pues no la compres todavía —decía el otro, el dueño—. Espera a las doce, que sube la nieta de Mariña a comprar hierbas para la tienda, y que le eche un ojo. Ella te dice en un minuto si la ternera tiene algo o no tiene nada.

—¿Con el veterinario aquí, hombre?

—Ya, ya. —El dueño se encogió de hombros, y la frase le salió sin maldad, que era lo peor—: El veterinario está muy bien para los papeles. Pero para ver una ternera, la de Mariña.

Iago siguió caminando. No se volvió. Apuntó la visita número cuatro en su cuaderno con una letra un poco más apretada de lo normal y se dijo que era solo una conversación, que no representaba nada, que los hábitos de cuarenta años no se cambian en cuatro semanas.

Todo eso era verdad. Todo eso no servía de nada.

Lo de Amancio estalló a las once, delante del puesto del queso.

El ganadero había llegado tarde, con dos novillas que no quería vender del todo, y había estado toda la mañana en el centro de un corro cambiante de vecinos que le preguntaban por la Manchada con esa mezcla de pésame y morbo que tienen las desgracias ajenas.

Iago pasaba por allí cuando Amancio lo vio, y la cara del viejo ganadero cambió: se le puso la expresión del que ha estado esperando público.

—¡Lamela! —Lo llamó por el apellido, a quince metros, para que todo el mundo oyera—. Venga aquí un momento. Venga, venga.

Iago fue. El corro se abrió y se cerró detrás de él.

Había veinte personas, quizá treinta, y en el borde, con una bolsa de tela y la cara de quien ha venido a comprar cuatro cosas y se encuentra una guerra, estaba Sabela Reboredo.

No se fue. Se quedó quieta, con la bolsa al hombro, y eso fue lo primero que Iago le agradeció en silencio: no se fue.

—A ver, tú, que eres hombre de ciencia —dijo Amancio—.

Hace una semana que se me murió la vaca.

El análisis, nada todavía. Las muestras, en Monforte.

Mientras tanto, yo tengo diecisiete vacas vivas y un establo entero que no sé si está enfermo o no.

Tú me dices: espera al laboratorio. Ella —señaló a Sabela sin mirarla— me dice que el establo está limpio de lo suyo, que lo miró.

Entonces yo pregunto delante de todo el mundo, que es como hay que preguntar las cosas serias: ¿a quién le hago caso?

¿A la máquina que no llega o a la mano que ya llegó?

La plaza se había quedado en un silencio de feria interrumpida. Iago sintió las treinta miradas. Pensó en su abuelo, que no metía la pata; pensó en la facultad; pensó que la respuesta correcta era larga y matizada, y que aquí no valían respuestas largas y matizadas.

—A las dos —dijo—. Pero en orden. Lo mío da un diagnóstico.

Lo suyo… —se volvió hacia Sabela, y le constó que lo dijo sin ironía— lo suyo da tranquilidad, y la tranquilidad no se le puede pedir a un laboratorio.

Pero el diagnóstico tampoco se le puede pedir a la tranquilidad.

Si una de sus vacas tiene una toxiinfección, señor Codesido, no hay mano que la pare.

Y si no la tiene, el laboratorio lo dirá y se acabó la discusión.

—¿Y mientras? —insistió Amancio.

—Mientras, aislamiento de las que tosigan, agua limpia, y me llama. Y usted —a Sabela— puede mirar lo que quiera, cuando quiera. No soy yo quién para cerrarle el establo.

Sabela habló entonces por primera vez, sin moverse del borde del corro.

—Yo no cierro nada tampoco —dijo—. Ni abro. Si el señor Codesido me llama, voy. Si me llama usted, voy igual. La vaca no sabe de bandos, señores. La vaca solo sabe si le duele algo o no.

—A vaca non miente —dijo Amancio, con gravedad, como quien cierra un acta—. Eso. Eso ha dicho.

El corro empezó a deshacerse, comentando.

Iago se quedó un momento mirando a Sabela, que sostuvo su mirada con esa calma suya de oficio viejo, y pensó que acababan de tener su primera pelea pública y que ninguno de los dos había levantado la voz.

No sabía si eso era bueno o malo. En Lugo le habían enseñado a discutir con datos; aquí, al parecer, se discutía con templanza, que era un terreno donde él no tenía entrenamiento.

—Mirade, mirade —dijo una voz de mujer a sus espaldas, con el tono de quien ha decidido que se acabó—. Los dos en la misma acera, qué milagro. Pues ahora vienen los dos conmigo y se toman un vino como personas, que para eso pago yo mis impuestos municipales.

Xoana Piñeiro. Iago la recordaba de niña: mandona entonces, mandona ahora, maestra de la escuela, el tipo de persona que los pueblos producen para que no se desarmen del todo.

Los llevó —físicamente, con una mano en el codo de cada uno— hasta la mesa de fuera del bar que Lula tenía montada en la plaza los días de feira, y los sentó.

—Dos vinos y un café —pidió, y añadió a modo de explicación—: Ella no bebe antes de mediodía, él no debería, y yo estoy de servicio emocional.

Se hizo un silencio de mesa de tres. Lula trajo las bebidas con la velocidad de quien lo ha visto todo desde la barra. Sabela se removió en la silla; Iago la miró de reojo: tenía las manos de quien trabaja, las uñas cortas, un anillo viejo.

—Usted ha dicho que la vaca no sabe de bandos —dijo él, por decir algo que no fuera una tontería.

—Y usted ha dicho que la tranquilidad no se pide al laboratorio —contestó ella—. Eso, viniendo de un hombre de ciencia, es casi un piropo.

—No era un piropo. Era un reparto de competencias.

—Pues casi un piropo de reparto de competencias. —Y sonrió, apenas, con un lado de la boca—. Mire, señor Lamela…

—Iago.

—Iago. Mi abuela curaba vacas. Usted cura vacas.

El pueblo va a pasarse un año entero comparándonos, y no hay nada que usted ni yo podamos hacer para impedirlo.

Lo que sí podemos hacer es no darles el gusto de pelearnos en la plaza.

Yo no tengo ningún interés en su consultorio. Es todo suyo. Lo mío es mi tienda.

—¿Y si las dos cosas se necesitan a la vez? —preguntó él, de verdad, sin retranca—. ¿Si una vaca necesita antibiótico y… lo que sea que usted hace?

—Entonces las dos cosas —dijo ella, simplemente—. La abuela y Secundino lo hicieron cuarenta años sin firmar ningún papel. Uno curaba lo suyo, la otra lo suyo, y nunca se pisaron. ¿Tan difícil es?

Iago no contestó. Xoana, que había estado mirándolos como quien arbitra, dio un golpecito en la mesa.

—Mirade. Eso que acabáis de describir se llama paz. Es gratis y funciona. Os la dejo aquí encima de la mesa y me voy a comprar tomates. No la rompáis antes de que vuelva.

Se fue. Quedaron los dos solos con los vasos, y el momento podría haber sido incómodo y no lo fue, o lo fue de forma soportable.

Hablaron de la feira —cuánto ganado, qué precios—, del tiempo, del año de los castaños.

Fueron diez minutos de conversación de relleno que Iago recordó después con una nitidez que no se explicaba, porque en mitad de ella, mientras ella contaba lo del año de las castañas, se descubrió mirándole las manos y pensando que eran unas manos que sabían cosas, y tuvo que mirar a otro lado.

—Su abuela —dijo él, en un momento—. Yo no la conocí. Todo el mundo me habla de ella como si la hubiera conocido.

—Todo el mundo la conoció —dijo Sabela—. Durante sesenta años no hubo modo de no conocerla. —Se llevó el café a los labios—. ¿Y a usted quién le curaba las cosas, de niño? Porque su abuela venía a la tienda. La de usted, la Lamela. Venía por lo de los huesos.

—¿Venía? —Él no lo sabía. O lo sabía y lo había archivado—. Mi abuela decía que no creía en esas cosas.

—Todas dicen eso —dijo Sabela, sin ofensa, como quien informa del tiempo—. Venían igual.

Ahí podría haber terminado, en paz y con tomates. Pero la feira tenía su guion propio, y el guion incluía a un hombre de uniforme verde que se acercaba por la plaza con una libreta y una cara de no estar en su casa ni queriendo estarlo.

—¿El señor Lamela? —Acento del sur, grueso, amable—. Guardia Civil. Soy el cabo Fariña, Rubén Fariña, destinado aquí desde septiembre. Me han dicho que usted es el veterinario nuevo y que hubo una vaca muerta la semana pasada.

—Iago Lamela. Sí. Una vaca del señor Codesido, muerte súbita. Las muestras están en el laboratorio.