Capítulo 4 #2
—Ya, eso me han dicho. —El cabo sacó la libreta—.
Es por el parte. Una muerte de ganado sin causa, hay que dejarla registrada, por el seguro y por si hay más casos.
Esto en Cádiz… bueno, en Cádiz no pasan estas cosas porque no hay vacas, pero la libreta es la misma.
—Sonrió de sus propias palabras—. ¿Puedo pasar por su consultorio esta tarde y me firma el informe veterinario?
—Claro. A las seis.
—Perfecto. —Rubén se quedó un segundo más, mirando la plaza, los puestos, el hórreo del pazo—. Bonito pueblo. Todo el mundo muy amable. Nadie me ha dicho todavía cómo se dice ‘buenos días’ aquí de verdad, pero me lo imagino.
Se fue, y Sabela dijo, mirándolo alejarse:
—Buen hombre. Está solo.
—¿Lo conoce?
—No hace falta conocerlo. Está solo. Se le ve en cómo mira la plaza.
Iago le dio vueltas a esa frase después.
Se le ve en cómo mira la plaza. Ella leía a la gente como él leía una analítica, y no por intuición mágica, sino por el mismo método: atención, años, archivo.
Eso era lo que lo desarmaba de aquella mujer.
No era lo contrario de la ciencia. Era otra ciencia con otro laboratorio.
El mediodía trajo a Secundino. El viejo bajó a la feira cuando la mañana ya estaba hecha, como bajan los reyes eméritos: sin prisa, con el bastón que no necesitaba, parando en cada puesto exactamente el tiempo debido.
Iago lo observó trabajar la plaza —porque era trabajo, un trabajo de cuarenta años— y notó cómo los ganaderos le cambiaban la voz: con Secundino hablaban bajo, se tocaban la gorra, le presentaban las novillas como quien presenta a los hijos.
La clientela de Iago no estaba en el consultorio.
Estaba atada de la mano de ese viejo, y el viejo la iba soltando dedo a dedo, con una lentitud que era generosa y cruel a la vez.
—Ya has visto la feira de verdad —le dijo Secundino, encontrándolo junto al camión del pienso—. Antes venías de niño, que no cuenta.
—He revisado once animales.
—Once. —El viejo asintió, sin impresionarse—. Yo llegué a ver cuarenta en una mañana. Pero no meu tempo… —se interrumpió, se rio de sí mismo— no. Eso no hay que decirlo. Once está bien. Once es empezar.
Caminaron juntos un trecho, entre los puestos.
Secundino saludaba sin parar, y con cada saludo hacía algo que Iago tardó un rato en identificar: lo presentaba.
‘El Lamela, que ya me ha cogido el relevo y mejora lo mío.’ ‘El veterinario nuevo, que es de los de verdad, de los de quedarse.’ Lo estaba instalando.
Palabra a palabra, apretón a apretón, el viejo lo estaba instalando en el pueblo como se instala una viga: despacio y para siempre.
—Las llaves del archivo —dijo Iago, cuando llegaron al borde de la plaza.
—Ya aparecerán.
—Usted dijo ‘cuando haya visto suficiente con mis ojos’. ¿Cuánto es suficiente?
Secundino se paró. Lo miró con esos ojos aguados y exactos.
—Cuando dejes de preguntarlo —dijo—. Esa es la medida. El día que ya no te importe el armario, te daré la llave, y ese día te hará falta. —Le dio dos palmaditas en el brazo—. Sigue con tus once animales, chico. Vas bien.
Y se fue a tomar su vino con los viejos, que lo estaban esperando con la silla guardada desde las nueve, porque eso también era la feira.
Poco después pasó por el puesto de las conservas la alcaldesa, Gloria Fabeiro, con su chaqueta buena y su libreta de notas, revisando la feria como quien revisa un proyecto.
Iago la conocía de un trámite del consultorio: eficaz, simpática, con esa manera de hablar en plural que tienen los que gestionan pueblos.
—Muy bien la asistencia este año —le dijo, mirando la plaza con ojo de administradora—. Cada vez viene más gente de fuera. Nosotros pensamos que la feira hay que cuidarla, que es patrimonio. Esto es bo para a vila, ¿verdad que sí?
—Es bueno para las vacas, seguro —dijo Iago.
—Las vacas y las personas, todo es economía. —Gloria sonrió, anotó algo, y siguió su ronda. Iago la miró alejarse con una simpatía moderada; los alcaldes de pueblo pequeño eran una especie que él respetaba: cargaban con el presente entero y con parte del pasado, y cobraban mal.
La última escena de la feira le llegó sin buscarla, a la una, cuando ayudaba a cargar un becerro en el camión de los Roque.
Se encontró de pronto al lado de Ciriaca Veiga, que había venido a vender no sabía qué —un manojo de hierbas atadas con bramante, cosas de su huerto— y que lo miraba con esos ojos claros que no perdonaban.
—Tú eres el veterinario —dijo ella. No lo preguntaba nunca, la vieja; lo constataba.
—Iago Lamela.
—Ya sé quién eres. Todo el valle sabe quién eres; eso de venir de aquí no se borra con doce años.
—Lo miró de arriba abajo, evaluándolo como a un ternero—.
Te voy a hacer un favor, chico, que eres nuevo y hay cosas que no sabes.
Esta mañana has hablado de ‘lo que hace la nieta de Mariña’ con respeto, y eso está bien y te lo agradezco en su nombre.
Pero hablas sin saber. Así que escucha, que solo lo explico una vez.
Iago escuchó. No había forma de no escuchar a Ciriaca.
—En este valle, y en todos los valles de por aquí, el oficio de curar fuera del médico no era una cosa: era cuatro.
El compoñedor , que componía huesos y entuertos, el que te colocaba el brazo.
La sabia , que soy yo, que sabía de partos y de hierbas y de las cosas de las mujeres y de los moribundos.
La menciñeira , que pedía limosna por los santos y rezaba por los demás, que también era un oficio.
Y la curandeira, que era la de los ojos y los males y las hierbas de dentro, la de Mariña.
Cuatro oficios, chico. Cuatro. Con su aprendizaje, su maestra, su mano que te pasaba la mano.
Tu abuela venía a Mariña como yo voy al panadero: porque era la que sabía.
—Hizo una pausa—. Así que cuando hables de ‘lo que hace la nieta’, habla como quien habla de un gremio, no como quien habla de una superstición.
—¿Y usted por qué me cuenta esto a mí? —preguntó Iago, genuinamente.
—Porque tú vas a ser la otra mitad de este pueblo —dijo Ciriaca, con ese modo de soltar las cosas como facturas—. La ciencia y la mano. Y las dos mitades tienen que saber qué es la otra, o se hacen daño sin querer. Iso xa o sabes, en el fondo. Pero te lo digo igual.
Se fue con su manojo de hierbas, menuda y recta, y Iago se quedó con el becerro a medio cargar y una sensación rara en el pecho.
Un gremio. Había venido a un pueblo a ejercer su profesión y se había encontrado con un gremio paralelo, más viejo que el suyo, con sus normas y sus maestras y su cuenta corriente de respeto.
No sabía qué hacer con esa información. La apuntó, eso sí. Apuntaba todo.
Por la tarde, Rubén pasó por el consultorio, firmaron el parte de la vaca muerta —«sospecha de causa tóxica, pendiente de laboratorio», quedó escrito, y con eso la muerte de la Manchada entró en la Administración, que era un modo de existir— y el cabo se entretuvo veinte minutos de más hablando de Cádiz, del mar, de lo seco que era todo fuera de aquí.
—Usted perdone que me enrolle —dijo, guardando su copia—.
Es que llevo siete meses aquí y aún no he conseguido tener una conversación de verdad con nadie.
Todo el mundo muy amable, muy amable. Pero amable de lejos, ¿me entiende?
Esto en Cádiz no pasaría: a la semana ya te han invitado a comer cuatro veces y te han preguntado por tu madre.
Aquí te dan el vino y te miran. —Se encogió de hombros, sin dramatizar—.
Supongo que es cuestión de años. Todo esto es muy viejo, ¿no?
Las casas, las costumbres. A mí lo viejo me gusta, pero lo viejo no se fía de mí.
—Se fía despacio —dijo Iago—. No es lo mismo.
—Despacio. —Rubén lo pensó, asintió—. Vale. Yo puedo con despacio. Lo que no puedo es con la niebla, eso se lo digo de verdad. Llevo desde noviembre sin ver el horizonte entero.
Iago le contó entonces lo del invierno de los nueve meses de niebla, la anécdota de consolación que todos los de la zona le contaban a los de fuera, y Rubén rio con ganas, y por un momento el consultorio olió menos a desinfectante y más a bar.
Se fue siendo ya de noche. Iago cerró, subió, y en la cocina, con la cena enfriándose, escribió en el cuaderno de visitas:
«Feira 8 de abril. Once animales, cuatro consultas, tres visitas pendientes. Amancio: pregunta pública, contestada. Ciriaca Veiga: lección de gremio. Cabo Fariña: parte firmado. La feira funciona. La paciencia, a medias.»
Se quedó mirando la entrada. Le faltaba algo, y supo qué era, y lo escribió también, porque el cuaderno era suyo y nadie lo leería jamás:
«Sabela R.: diez minutos de vino en la plaza. No es lo que pensaba. No sé qué es.»
Después tachó «No sé qué es» —un veterinario no escribe eso en un registro— y debajo, como corrección oficial, escribió: «Pendiente de análisis.» Sonrió solo en la cocina vacía. Apagó la luz.