Capítulo 4 #3
Los tres días siguientes fueron de esos que no salen en las crónicas y hacen los pueblos.
Iago cumplió sus tres visitas de la feira: los Roque, con su becerro y sus preguntas de precio; la viuda de Cereixal, con doce ovejas y una soledad que se mascaba; y los Veiga del valle bajo, que tenían el establo mejor ventilado de la comarca y no lo sabían.
En las tres casas le dieron de beber. En las tres casas le hicieron la misma conversación, con variantes de acento: mucho líquido, poco asunto, y al final, de camino a la puerta, la verdadera consulta, la que no se hace en el establo.
En casa de los Roque fue el padre, cargando el becerro ya curado de su susto, quien le hizo la consulta de la puerta:
—Oye, Iago. Una cosa. La nieta de Mariña… ¿tú crees que sabe? De verdad, digo. Porque mi cuñado dice que la becerra de Cornelio anda, que la vio él. Yo no sé qué pensar.
Iago pensó la respuesta mientras se limpiaba las manos.
—Yo creo que la becerra de Cornelio tenía una enteritis leve y que muchas enteritis leves se curan solas —dijo—. Y también creo que la nieta de Mariña no es tonta, y que si le cae una vaca enferma de verdad, grave, me llamará. Eso es lo que pienso. Lo demás, el tiempo.
—El tiempo —repitió Roque, con la satisfacción del que ha recibido una respuesta de pueblo: larga, ambigua y útil.
En casa de la viuda de Cereixal fue la propia viuda, que le dio caldo y le preguntó por su madre y por Secundino y por el precio del viaje desde Lugo, todo en la misma frase, y solo cuando él ya tenía el pie en el umbral dijo, mirando a las ovejas: ‘La gris coja es la madre de todas. Si me la pierdo, me quedo sin rebaño y sin compañía.’ Iago volvió al establo, miró a la gris coja con más atención que a ningún animal aquella semana, le puso antiinflamatorio y le dio instrucciones precisas, y la viuda lo despidió con una bolsa de galletas y la primera sonrisa que le había regalado el valle sin peaje de comparación.
El jueves por la tarde llamó al laboratorio.
Bacteriología: negativo, sin crecimiento significativo.
Micotoxinas: en proceso, la semana siguiente.
La técnica le leyó los resultados preliminares con voz de fax, y al colgar Iago se quedó mirando el cuaderno.
Sin bacteria. Lo cual dejaba la puerta abierta a la toxina, al fallo cardiaco, al rayo invisible.
Una vaca sana no se muere porque sí; eso era lo que Amancio llevaba diciendo toda la semana con otras palabras, y lo irritante era que el viejo tenía razón.
Los hechos hablan, había dicho Secundino. Pues que hablaran de una vez.
Esa noche, al cerrar la farmacita, se encontró ordenando otra vez el cajón que se atascaba, y volvió a ver los tres tarros con la letra de Mariña.
«Para ubres. Untar de noche. M.» Los cogió, los pesó en la mano.
Pensó en tirarlos, por higiene, por principios, por empezar la casa limpia.
No los tiró. Los alineó en el fondo del cajón, etiquetas hacia fuera, y cerró despacio.
Se dijo que era respeto por el viejo. No se creyó del todo ni eso.
El viernes, al anochecer, subió a pie por la calle empinada —necesitaba caminar, la semana le había quedado atascada en las rodillas— y pasó por delante de la botica.
Se había dicho que era solo un paseo, pero llevaba dos días posponiendo ese paseo y eligiendo esa ruta sin admitirlo, y hay un punto en que uno tiene que reconocer la evidencia aunque no la firme.
La tienda estaba cerrada pero no oscura: en el fondo, detrás del mostrador, había una luz baja, color de lumbre, y una silueta que se movía despacio entre los tarros.
Ella, supuso. Ordenando, pesando, haciendo lo que se hace en las tiendas viejas cuando cae la tarde.
Se paró un momento al otro lado de la calle, bajo el alero de la ferretería cerrada.
Una vecina que pasaba con el pan bajo el brazo lo miró, miró la ventana de la botica, y sonrió con una malicia inofensiva. Iago siguió de largo, sintiéndose sorprendido en flagrante delito de curiosidad.
No sabía qué pensar de esa casa. Esa era la verdad.
Había venido con las categorías bien ordenadas —evidencia, protocolo, charlatanería— y el pueblo se las había desordenado todas sin violencia, con la simple obstinación de sus costumbres.
Una becerra que se cura. Una vieja que te explica el gremio.
Un veterinario emérito que te niega una llave por tu bien.
Una mujer que dice ‘la vaca no sabe de bandos’ en medio de una plaza y te deja sin argumentos porque no ha usado ninguno, solo calma.
La silueta se movió hacia la ventana y la luz se apagó.
Iago siguió su camino, arriba, hacia la casa de los Lamela, donde le esperaban las cajas sin deshacer y la cama vieja.
En el rellano, sin encender la luz, miró por la ventana el valle negro, con la niebla empezando a subir del río como una respiración.
Doce años fuera. Había creído que volvía a un lugar que conocía.
Estaba descubriendo que el lugar lo conocía a él, que es distinto, y que tarda más en leerse.
Se acostó temprano. Antes de dormir pensó, con la claridad absurda de la primera duermevela, que en toda la semana solo había habido una conversación en la que no había tenido que explicar quién era: la de la mesa de la feira, la del vino y el café, la que Xoana había pagado con sus impuestos municipales.
«Pendiente de análisis», había escrito en el cuaderno.
Se durmió con una sonrisa que no le dio tiempo a corregirse.