Capítulo 5
Sabela
La Xarda era la mejor vaca de Amancio Codesido, y eso en Soutomouro era un título.
Ocho años, cinco partos sin historia, veintiocho litros en su mejor primavera, un genio manso que solo se torcía con los extraños.
Sabela la conocía de toda la vida: de ternera, la Xarda le había comido una manzana de la mano un día de romería, y de adulta le dejaba a Mariña rascarse la frente como si fuera un perro grande.
Cuando Amancio llamó a la botica, aquel martes catorce de abril, no dijo ‘la vaca está mala’.
Dijo: ‘Es la Xarda’, con la voz de quien nombra a una persona, y Sabela entendió que era grave antes de oír el resto.
—Cuarenta y uno y medio —dijo Amancio—. La ubre derecha como una piedra, caliente. No me deja ordeñarla. Lleva así desde ayer.
—¿Y el veterinario?
—Vino ayer. Le puso lo suyo. Esta mañana ha venido otra vez y le ha puesto más. —Una pausa de teléfono, larga—. No baja la fiebre, Sabela. Y la vaca se me está apagando.
Sabela miró el reloj de la pared, el de la abuela, el que llevaba sesenta años marcando las horas de las curas. Las doce menos cuarto.
—No puedo bajar ahora —dijo—. Tengo a la gente de la Carmen viniendo a las cuatro. Baje usted a comer, Amancio, que con el estómago vacío no se cuida un establo. Yo subo a las cinco. Y no discuta con el veterinario, que él está haciendo su trabajo.
—Su trabajo no baja la fiebre —gruñó Amancio, y colgó.
Mastitis aguda con fiebre que no cedía. Sabela conocía el cuadro por el libro y por las manos de su abuela: la ubre se cerraba como un puño, la vaca ardía, y si la infección ganaba la carrera se llevaba la ubre o la vaca.
El veterinario —Iago, ya empezaba a pensarlo por el nombre— estaría haciendo lo correcto: antibiótico, antiinflamatorio, suero si hacía falta.
Cuarenta y ocho horas, decía el protocolo.
Pero la vaca se estaba apagando antes, y Sabela sabía, por el libro de la botica y por otra biblioteca más honda que llevaba dentro, que había mastitis que no eran solo infección: eran el susto de la vaca hecho carne, el estrés de la muerte de la Manchada corriendo todavía por el establo como una yegua suelta.
A las cinco menos diez subía por la pista con su bolso de tela.
Se encontró, ya en el prado, un escenario que no esperaba: Iago estaba allí, claro, con su maletín abierto sobre el capó del coche, pero también estaba Ciriaca, sentada en un poyo con su bastón, mirándolo todo con la placidez de una jueza.
Y Amancio, rojo, con olor a vino nuevo a tres metros —había estado en el furancho , su propio furancho, ahogando la tarde—, caminando de un lado a otro junto a la puerta del establo.
—Ya está aquí —dijo Amancio al verla, y luego, a Iago, con la brutalidad del que ya no tiene nada que perder—: Ahora las tenemos a las dos. Y ahora se decide. Porque yo no pienso enterrar a la Xarda esperando a que un papel diga lo que ya veo.
Iago se incorporó despacio. Tenía la cara de quien ha dormido poco, y unas manchas de yodo en la camisa, y miró a Sabela sin hostilidad, que era casi peor: con cansancio.
—Señora Reboredo —dijo—. Mastitis aguda. Estoy tratándola desde ayer: antibiótico de amplio espectro, antiinflamatorio, ordeño de drenaje cada seis horas. La fiebre no cede y la ubre no mejora. Eso es lo que sé. Si usted sabe algo más, este es el momento y el lugar.
—Lo sé —dijo Sabela—. ¿Puedo verla?
—El establo es de Amancio.
—El establo es mío —dijo Amancio—, y la vaca es mía, y yo digo que entre.
Y también digo una cosa, y la digo delante de Ciriaca, que es la autoridad más vieja de este valle y lo sabe todo desde antes de que yo naciera: a partir de ahora, en mi casa, los dos.
El veterinario pone sus medicinas y ella pone lo suyo, y nadie se estorba a nadie, y el primero que le falte al respeto al otro no vuelve a pisar mi prado.
A vaca non miente, y la Xarda me está diciendo que se muere, así que se acabaron los bandos. ¿Está claro?
Hubo un silencio. Iago miró a Sabela. Sabela miró a Iago. Los dos sabían que acababan de ser alistados, por un ganadero borracho de preocupación, en un ejército de dos.
—Está claro —dijo Sabela, sin dudarlo.
—Por mí, clarísimo —dijo Iago, y añadió, con una mueca que en él era una sonrisa—: Siempre que su parte no incluya quitarme las jeringas.
—Mis manos no tocan sus jeringas —dijo Sabela—. Mi abuela y el señor Secundino trabajaron así cuarenta años, cada uno en lo suyo, sin pisarse. No vamos a ser nosotros menos.
Entró en el establo. La Xarda estaba echada en el fondo, sobre el lado bueno, con la respiración corta y los ojos vidriosos.
Cuarenta y uno y medio de fiebre en una vaca se sienten en el aire: el establo olía a calor de animal enfermo, ese olor dulzón y metálico que Sabela había aprendido antes que las tablas de multiplicar.
Se acercó despacio, hablando bajo, como hablaba a todo lo vivo.
—Xarda. Miña nena. O meu rapaz.
La vaca movió las orejas. Sabela se arrodilló a su lado, en la paja, y esperó con la mano abierta, como siempre.
El animal tenía fiebre y dolor y aun así —esto era lo que Iago vería desde la puerta, y ella lo supo sin volverse— alargó el cuello, olfateó su palma, y apoyó el morro caliente en ella con un suspiro que movió la paja.
—Bien —dijo Sabela—. Bien, nena.
Oyó a sus espaldas el ruido seco de una jeringa que se guardaba en un maletín, y la voz de Iago, baja, no para ella:
—Home.
No se volvió. Sabía lo que había visto él: que la vaca que llevaba dos días negándose a la aguja, encabritándose en el box, había venido a la mano abierta como a la paz. Eso no lo curaba todo. Pero abría la puerta.
—Señor Lamela —dijo, sin volverse—, ¿me deja ver el parte? La fiebre, las horas, las dosis.
Se lo trajo. Lo leyó a la luz de la puerta, con la mano izquierda todavía sobre el cuello de la vaca. El tratamiento era correcto; lo habría firmado cualquier facultad. Correcto y, de momento, insuficiente.
—La infección es suya —dijo, devolviéndole el papel—. Yo no toco eso. Pero la vaca tiene miedo, señor Lamela. Desde la Manchada. Está con la guardia alta, y con la guardia alta no se sana. Eso es mío.
—El miedo de una vaca —dijo Iago. No sonó a burla; sonó a hombre tomando nota mental de una frase para pensarla después, de noche, con el techo por testigo.
—El susto cierra la sangre —dijo Sabela—. Usted lo llama estrés y tiene razón. Yo lo llamo susto y también la tengo. Mírela: come, pero no traga. Rumia a medias. Está mirando la puerta todo el rato, esperando al próximo mal.
Trabajó una hora. No hay mucho que contar de esa hora, porque las curas de verdad son pobres de teatro: agua de la Fonte Vella templada, un puñado de hierbas machacadas entre las palmas, la mano posada donde la fiebre era más honda, y la voz baja diciendo las palabras viejas, medio rezo y medio canción.
Ciriaca, desde el poyo, no dijo nada en toda la hora; solo miraba, con los ojos entornados, como quien escucha una música que conoce de memoria.
Amancio se fue a la mitad, incapaz de mirar más, a ‘ver el tractor’, que es donde van los hombres del valle a llorar de pie.
Cuando Sabela se levantó, con las rodillas entumecidas y un vacío dulce en el pecho que ya conocía, la Xarda respiraba más ancha. No era la cura —la cura llegaría por la noche, o no— pero era el primer síntoma de otra cosa: la vaca había soltado la puerta.
—Ahora su antibiótico tiene campo —le dijo a Iago—. Dele la dosis de la noche. Y ordeño suave, que la ubre está reventada.
Él asintió. No dijo ‘esto no tiene sentido’, que era lo que pensaba; dijo:
—Mañana a las ocho estoy aquí.
—Yo también —dijo Amancio, que había vuelto sin que lo oyera nadie—. Como todos los días de mi vida, por cierto.
Ciriaca se levantó del poyo cuando ya oscurecía. Sabela la acompañó un trecho de la pista, las dos despacio, la vieja apoyándose en el bastón que no necesitaba y en el brazo que sí.
—Lo has hecho bien —dijo Ciriaca—. Despacio, con permiso, sin tocar lo del otro.
Tu abuela lo habría firmado. —Caminaron unos pasos—.
Ahora escúchame, que hay algo que tiene que quedarte claro esta noche, porque vas a oír las tres palabras mezcladas toda la vida y no son mezclables. Meiga, bruxa , chuchona .
Sabela conocía la lección. La escuchó igual, porque las lecciones de Ciriaca se escuchaban aunque se supieran.
—La meiga es una vecina —dijo Ciriaca—. Cura, cobra su peaxe, va a misa o no va, cría a sus hijos, y muere en su cama.
La bruxa es de los cuentos de fuera, del sombrero y la escoba y el baile nocturno alrededor del fuego: eso no existe aquí, nunca existió, es disfraz importado para asustar a los niños y vender películas.
Y la chuchona… —la vieja bajó la voz, no por miedo sino por respeto— la chuchona es otra cosa.
La chuchona chupa. Toma en vez de dar. Esa es de los nombres que no se dicen, y de las que las familias borran de sus libros.
Tú eres de la primera especie, como tu abuela.
No dejes que nadie te mezcle con la segunda, y reza por no encontrarte nunca con la tercera.
Iso xa o sabes. Pero ahora lo sabes dicho.
—¿Por qué me lo dice hoy? —preguntó Sabela.
Ciriaca se paró. El valle se iba quedando azul, y abajo, en el prado, se veía la luz del establo de Amancio y la sombra del veterinario cerrando su coche.
—Porque hoy has curado delante de un testigo que no cree —dijo—.
Y eso es nuevo para ti. La meiga que cura a escondidas no necesita saber qué es.
La que cura delante de los ojos de un hombre de ciencia, sí.
—Le apretó el brazo—. Vete a casa. Esta noche dormirás como una piedra y mañana te dolerá el cuerpo, y no se lo cuentes a nadie que no sea yo. No por vergüenza. Por economía.