Capítulo 5 #2
La peaxe llegó como Mariña la había descrito siempre: sin avisar y sin piedad.
Sabela se acostó a las nueve y durmió doce horas de un sueño negro, tan hondo que Nadia, que vino al día siguiente a las nueve, la encontró dormida con la tienda sin abrir y estuvo a punto de llamar al médico, a su madre y a la Guardia Civil, en ese orden.
Cuando Sabela bajó por fin, a las diez y media, con la cara lavada y los ojos de haber dormido demasiado, la muchacha la miraba desde el mostrador con los brazos cruzados.
—É que no me asustes así —dijo Nadia, con la rabia del susto—. Llamo y no contestas, la puerta cerrada…
—Perdona. Es la peaxe. Doce horas, esta vez.
—¿Doce? —Nadia contó con los dedos—. ¿Y eso es… normal?
—Para una vaca de seiscientos kilos, sí. La becerra fueron diez. —Sabela se hizo la infusión con las manos todavía pesadas —. Mañana tendré frío todo el día y un poco de fiebre baja. El eco. Se pasa. Siempre se pasa.
—¿Siempre?
Sabela tardó en contestar, porque la abuela había muerto a los ochenta y uno con todos sus ecos pagados, y eso era la mejor respuesta que existía.
—Siempre —dijo.
A las doce llegó la noticia que la botica esperaba: la fiebre de la Xarda había bajado durante la noche.
Lo dijo el propio Amancio, asomándose a la puerta con la cara de un hombre al que le han devuelto algo que no se puede comprar.
Treinta y ocho y medio. Había ordeñado la ubre mala —salió lo que tenía que salir— y la vaca había comido con ganas por primera vez en tres días.
—El antibiótico —dijo Amancio, parándose en la puerta, eligiendo las palabras con el cuidado de quien sabe que está escribiendo historia del pueblo— hizo su parte.
Y la tuya la hizo. No me preguntes cuál es cuál, que yo de eso no sé.
Sé que esta mañana la Xarda me ha mirado como antes, y eso no lo hace ningún papel de Monforte.
—Dígaselo también a él —dijo Sabela—. Que la fiebre bajó con su medicina puesta. Es verdad, Amancio. Las dos cosas son verdad.
—Ya se lo he dicho. —Amancio se rascó la cabeza—. Está raro, el chico. Contento y enfadado a la vez, como un lunes. Los de ciencia os ponéis así cuando la realidad no os pide permiso.
Sabela sonrió. Después de que se fuera, con la tienda vacía y el eco empezando a morderle los huesos —ese frío interior que no quitaba ninguna manta—, sacó el cuaderno das peaxes y escribió la entrada despacio, con la letra un poco temblorosa:
«La Xarda de Amancio, la ubre mala y el susto. Cura a medias con el veterinario: él la infección, yo el miedo. Pagado: doce horas de sueño, un día de frío y calentura. La vaca come. El hombre de ciencia vio la mano y no dijo nada. Ciriaca dice que eso es nuevo.»
Cerró el cuaderno. Se envolvió en la manta de la abuela, la de la silla de la lumbre, y se quedó mirando el fuego bajo, temblando un poco, contenta un poco, y pensando —contra todas las instrucciones de la prudencia— que mañana a las ocho, en el establo de Amancio, estaría otra vez el de las jeringas, y que le apetecía ver cómo miraba a la vaca que había vuelto.
A las ocho menos diez de la mañana siguiente, mientras Sabela subía la persiana con los dedos fríos, vio desde la ventana a Nadia llegar corriendo por la calle con la cara de traer una noticia, y supo, con ese segundo oído que no era oído, que la noticia tenía que ver con Iago Lamela y con algo que había pasado en la puerta de su casa mientras ella seguía descansando del precio de la cura.
La noticia, cuando Nadia la soltó entre risas de nervios, no era ninguna desgracia: era que el veterinario había venido la tarde anterior, a las ocho, cuando Sabela seguía rendida por la cura.
—Es que llamó a la persiana —contó Nadia—.
El veterinario. El Lamela. Yo estaba etiquetando y salí, y me preguntó por ti.
Que cómo estabas. Yo le dije que dormías, que la cura te había dejado…
bueno, no le dije lo de la peaxe, ¿eh? Sé que eso no se cuenta.
Le dije ‘cansada del trabajo’, que es verdad.
Y él se quedó ahí, mirando la puerta cerrada, como queriendo ver a través.
Y me preguntó si dormías mucho después de…
de trabajar. Yo dije que no sabía. —Nadia bajó la voz—.
Sabela, ese hombre sabe que algo pasa. No sabe qué, pero sabe que algo pasa.
Se le nota en la cara de perro de laboratorio.
Sabela sonrió, con el frío del eco todavía en las manos.
—Que se lo note. Saber que algo pasa no es saber nada. Todos los del pueblo saben que algo pasa; eso es lo que los trae y lo que los asusta, las dos cosas. —Se sirvió la infusión—. ¿Le diste mi recado?
—Que la Xarda te espera a las ocho. —Nadia hizo una pausa de las suyas—. Me miró raro cuando se lo dije. Como si fuera un mensaje en clave.
—Todo es un mensaje en clave para ese hombre —dijo Sabela—. Es su manera. La mía es otra. Vamos a ver cuál entiende antes la vaca.
Los diez días siguientes fueron, sin que nadie los declarara, los días de la alianza.
Sabela subía al establo a las ocho; Iago llegaba a las ocho y cinco con el maletín; Amancio los recibía con el café ya hecho y la cara de juez de concurso.
El reparto se había asentado sin contrato: él medía la fiebre, auscultaba, ajustaba el antibiótico el tercer día cuando el cultivo de la ubre —hecho en su propio consultorio, con una incubadora que le había costado una discusión con su cuenta bancaria— dio la bacteria exacta; ella hacía lo suyo, que nadie habría sabido enumerar: la mano, la voz, el agua, la presencia.
La Xarda mejoró con esa lentitud rotunda de las vacas que deciden vivir.
Al cuarto día se levantó sola. Al sexto, volvió al ordeño.
Al décimo, Amancio la sacó al prado de arriba y todo el pueblo lo supo antes del mediodía, porque Amancio no fue a la feira ni a la iglesia: fue al bar, que era más rápido.
Lo que Sabela recordaría después de esos días no era la vaca.
Era el modo de trabajar de Iago Lamela, que ella observaba mientras fingía no observar, con la vieja técnica de su abuela de mirar de través.
Era un buen veterinario —eso lo habría dicho cualquiera— pero había algo más que le llamaba la atención: era un veterinario humilde delante de los animales.
No humilde delante de las personas, donde tenía su orgullo y su retranca; delante de las vacas, sí.
Les hablaba bajo. Les pedía permiso con el cuerpo antes de tocarlas.
Cuando la Xarda se encabritó un día, nerviosa, él no tiró de la cuerda: esperó, quieto, hasta que la vaca decidió perdonarle.
‘Tiene las manos de mi abuela’, pensó Sabela un día, y se asustó de pensarlo, y lo pensó igual.
Él también la miraba. Ella lo sabía porque las curanderas se crían sabiendo cuándo las miran.
La miraba con la misma atención con que miraba las encías de una vaca: buscando la fiebre.
Una mañana, mientras los dos estaban arrodillados junto a la Xarda —él con el termómetro, ella con la mano en el flanco—, él dijo de pronto, sin mirarla:
—Usted duerme después.
—¿Perdón?
—Después de hacer esto. Lo que sea que hace. Usted duerme mucho. Doce horas, me dijeron. —Siguió mirando al termómetro—. No es una pregunta. Es una observación. Las observaciones no obligan a contestar.
Sabela sintió el frío del eco en la nuca, aunque el eco ya se había ido.
—Observación aceptada —dijo—. ¿Y usted qué hace después de operar?
—Beber cerveza y mirar el techo —dijo él—. Como todo el mundo.
No hablaron más de eso. Pero la frase quedó plantada, y los dos lo sabían: él había enseñado que estaba mirando, y ella había enseñado que sabía que él estaba mirando, y ninguno de los dos había cerrado la puerta. En el valle, eso era casi una declaración.
El pueblo, mientras tanto, hacía lo que el pueblo hacía con todo: procesarlo en voz baja. Xoana le trajo el resumen el sábado, sentada en el taburete de siempre, con su café y su cara de servicio informativo.
—Hay dos bandos —informó—. Los que dicen que la vaca la curó el antibiótico y tú le hiciste compañía, y los que dicen que la curaste tú y el antibiótico hizo compañía.
Lula dirige el segundo bando, que es el mayoritario desde lo de la becerra.
El primero lo dirige el farmacéutico de Monforte, que ni siquiera vive aquí, pero opina igual.
—¿Y tú de qué bando eres?
—Yo soy maestra —dijo Xoana, con dignidad—. Yo soy del bando de la evidencia empírica. Y la evidencia empírica es que la vaca se levantó cuando tú subiste. —Hizo una pausa—. También hay un tercer bando, minoritario pero ruidoso: los que dicen que tú y el veterinario os estáis mirando mucho.
Sabela no se inmutó, porque se había criado con Mariña y sabía no inmutarse.
—La vaca requiere coordinación —dijo.
—Claro. Coordinación. —Xoana sonrió con toda la cara—. Pues coordinad, a ver qué bien. Yo solo digo que si algún día hay boda, me tienen que dar la primera fila por servicios de inteligencia.
—Xoana.
—Me callo. —No se calló—. Es guapo, ¿no? Un guapo raro. Como las casas viejas.
Sabela la echó de la tienda a las doce, con cariño y con la puerta, y se quedó sola con la pregunta de qué cara tenían las casas viejas, que no le pareció una pregunta tonta hasta que se descubrió contestándola.
La noche del décimo día, con la Xarda ya en el prado de arriba, Amancio hizo lo que los hombres de su especie hacían una vez al año y cuando la ocasión lo merecía: abrió el furancho.
El furancho de los Codesido era un local sin nombre ni licencia —la bodega de casa, con la puerta ancha abierta al patio— que se activaba cuando había vino nuevo y algo que celebrar o que enterrar.
Aquella noche había veinte personas, el vino del año pasado, chorizo asado en la lumbre, y los dos sanitarios de la vaca salvada sentados en el mismo banco, con la distancia exacta de la educación y una conversación que fluía porque los dos estaban cansados.
—Doce años fuera —dijo Sabela, en un momento—. ¿Y vuelve a Soutomouro? Nadie vuelve a Soutomouro. Eso es de manual.