La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Yo volví —dijo Iago—. Contra el manual.

—¿Por qué?

Él miró el vaso. Lo hizo girar un cuarto de vuelta, otro cuarto.

—La respuesta larga es aburridísima —dijo—. La corta es que Secundino se jubila y alguien tenía que venir. Hay una respuesta mediana, pero esa no se cuenta en furanchos.

—Las respuestas medianas son las únicas que cuentan —dijo Sabela—. Las largas son para los curas y las cortas para los telegramas. Las medianas son para la gente.

—Pues la mediana se queda sin contar —dijo él, y sonrió con un lado de la boca—. De momento.

Sabela no insistió. Había aprendido de Mariña que las cosas medianas salen solas, a su hora, como los gatos.

Estuvieron un rato sin hablar, mirando la lumbre de la bodega, oyendo a Amancio contar por tercera vez la noche de la fiebre con mejoras dramáticas crecientes. En un momento, sin pensarlo, ella dijo:

—Usted también tiene manos de casa.

—¿Perdón?

—Con la Xarda. El otro día, cuando se encabritó. Usted esperó. Eso no lo enseña la facultad; eso se trae de casa o no se trae.

Iago la miró. La lumbre le daba en media cara. Parecía un hombre al que le han dicho algo cierto en el momento en que más lo necesitaba y no sabe si agradecerlo o sospecharlo.

—Mi abuelo —dijo al fin—. El de verdad, el de las vacas. Yo veraneaba aquí hasta los catorce. Lo demás lo pone la facultad, pero eso lo puso él. —Levantó el vaso apenas—. Por las manos de casa, entonces.

Brindaron con los vasos a dos dedos de altura, que es como se brinda en las bodegas serias, sin estrépito, casi sin tocarse, mirándose a los ojos el tiempo justo.

Sabela notó, con la nitidez que tenía para esas cosas desde abril, que alguien les había hecho una foto mental: Amancio, desde la lumbre, y Ciriaca, que había aparecido no se sabía de dónde y estaba sentada junto a la puerta como un busto.

Dos testigos. En el valle, dos testigos eran un acta.

El furancho siguió a su ritmo viejo. Los hombres de la cuadrilla de Amancio contaban las desgracias del año —la cosecha de castaña, el precio del ternero, la fuga de los jóvenes— con esa alegría resignada que era el dialecto de la zona.

Alguien sacó unas cartas. La mujer de Amancio, una mujer redonda y silenciosa llamada Rosenda —la segunda esposa, la de después de Carme, que en paz descansara—, que Sabela conocía de toda la vida, le apretó el brazo al pasar con la bandeja, sin decir nada, y ese apretón contenía la noche de la fiebre entera.

En un rincón, dos mozos del barrio discutían de tractores con la pasión de los teólogos.

Y Sabela, sentada en el banco con su vaso de vino aguado que no pensaba terminar, tuvo por primera vez desde diciembre la sensación física de pertenecer a un sitio: no de ser la nieta de, no de ser la que quedaba, sino de ser, sencillamente, de allí.

La lumbre, el vino, el techo bajo de la bodega con sus vigas negras de cien años de humos.

Su abuela había estado en esa bodega cincuenta veces, en noches como esa; había pagado sus peaxes y había brindado bajo y había escuchado a los hombres hablar de tractores.

La casa no era solo la tienda de la calle empinada.

La casa era también esto: ser convocada a la alegría de los demás cuando las curas salían bien.

En un momento, Amancio se plantó en medio con el vaso alto y dijo, sin discurso, como quien informa del tiempo:

—A la salud de las dos casas. La del consultorio y la de la botica. Que me duréis las dos, que ya soy viejo para cambiar de costumbres.

Y bebieron todos, y hubo algún grito de aprobación, y Sabela e Iago chocaron los vasos una segunda vez, ya sin solemnidad, casi jugando.

Se fue pronto, antes de las diez, porque el eco le había dejado una fatiga de fondo que se le notaba en los párpados.

Al despedirse, Amancio le apretó la mano con sus dos manazas y le dijo, con la solemnidad de quien firma un tratado: ‘En mi casa, la puerta de la botica está abierta desde antes que tú nacieras. Eso no lo cambia nadie. Ni papeles, ni laboratorios, ni lo que diga la gente.’ Sabela se lo agradeció con la cabeza, porque la voz no le hubiera salido fina.

Iago se levantó para acompañarla hasta la puerta del patio, que eran tres metros, y en esos tres metros no dijeron nada que no fuera ‘buenas noches’ y ‘buenas noches’, y sin embargo Sabela subió al pueblo con la sensación de haber hablado durante horas.

A mitad de la cuesta se paró a respirar —el eco le hacía las cuestas más largas— y miró atrás: la bodega brillaba abajo como una lumbre entre las casas apagadas, y se oía, muy lejos, la risa de los hombres.

Pensó que el pueblo, esa noche, estaba en paz consigo mismo, y que esa paz era también, en parte, trabajo suyo.

No se lo dijo a nadie. Las victorias del oficio se saboreaban solas, como las pérdidas.

Se acostó pensando en las manos de casa, y en que la abuela se había pasado sesenta años curando sola, y en que quizá —solo quizá, y lo tachó mentalmente antes de dormirse— la soledad no era un requisito del oficio, sino solo una costumbre de la familia.

En la mesilla, el cuaderno das peaxes esperaba con su página abierta.

Esa noche no escribió nada de dinero ni de horas de sueño.

Escribió solo: «La Xarda pasta. El furancho abrió.

Brindamos bajo.» Y debajo, después de dudarlo, una línea más, pequeña: ‘Las manos de casa existen en otras casas.’ Lo miró, le pareció que era demasiado, no lo tachó, y cerró el cuaderno con el cuidado con que se cierran las cosas que han dicho más de la cuenta.

Fuera, la niebla subía del río como cada noche, y la botica, por primera vez desde diciembre, se durmió con todos sus fuegos contentos.