La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Iago

Durante aquellos diez días de alianza, el miércoles siguiente a la cura, Iago volvió a pasar por la botica con el pretexto más endeble de su carrera: preguntar si ‘la señora Reboredo’ podía echar un vistazo a un pienso.

Lo había ensayado de camino y le había parecido plausible; en la puerta, con la persiana a medio subir y el silencio de dentro, le pareció lo que era.

No contestó ella. Salió Nadia, la ayudante de los sábados —una cría de dieciséis años con la cara redonda y los ojos de cotilla profesional—, bajando la voz como si dentro hubiera un enfermo.

—Sabela no puede. Está descansando.

—¿Está bien? —preguntó él, y notó que la pregunta le salía demasiado rápida.

—Cansada. Del trabajo. —La muchacha lo miraba con una evaluación que no correspondía a su edad—. ¿Quiere dejarle algo?

—No. Que descanse. —Iago se fue con su pretexto sin estrenar bajo el brazo. Al doblar la esquina miró atrás: la chica seguía en la puerta, vigilándolo, con la lealtad armada de los aprendices.

Doce horas. Había preguntado en el bar, con la disimulación de la que se creía capaz, y Lula le había soltado, entre dos cafés: ‘La niña duerme después de curar. Siempre fue así la casa. Mariña también. Doce horas, quince, lo que pidiera la faena.’ Dicho así, como quien habla del horario del pan.

Y nadie en el bar le había dado importancia, y eso era lo que le daba importancia a él: el pueblo entero sabía que esa mujer pagaba algo, y lo había normalizado, como se normalizan los pozos y las tormentas.

Él no podía normalizarlo. Su cabeza era una máquina de diferenciales: si el síntoma A seguía al acto B con regularidad, había un mecanismo.

¿Qué mecanismo hace dormir doce horas a una persona sana después de tocar una vaca?

No lo sabía. Lo archivó en la carpeta mental que había empezado a llamarse, con la retranca que le servía de armario, ‘expediente R.’

El expediente R. tuvo que esperar, porque había trabajo de verdad.

Las muestras de pienso del establo de Amancio —dos sacos abiertos, un silo de maíz, el heno del desván— ocuparon el jueves entero: tomadas con guantes, etiquetadas, metidas en la nevera portátil, y el viernes de camino a Monforte en el asiento del copiloto, con sus papeles.

Era la hipótesis que le quedaba en pie: micotoxinas.

Una fusariosis del maíz, una aflatoxina del lote.

Cuarenta y ocho horas más de laboratorio, le dijeron.

El plazo se fue alargando. El mundo funcionaba a esa velocidad, y los establos no entendían de velocidades.

—Hay un problema con su teoría —le dijo Amancio mientras cargaban las muestras—. El mismo pienso lo compran los Roque y los de A Lama. Mismo camión, mismo lote. Ellos no han perdido nada.

—Ya lo sé —dijo Iago.

—¿Entonces?

—Entonces o el pienso está mal solo en parte —un saco, una esquina del silo, un palé que se mojó—, o su vaca comió algo que las otras no comieron, o hay otra cosa. Por eso se toman muestras de todo, señor Codesido. Para que la teoría no tenga que adivinar.

—Llámame Amancio, home —dijo el ganadero, que había decidido, en algún punto de la semana de la Xarda, que Iago ya era de la casa—. Y tráeme el papel cuando llegue. Quiero ver el papel con mis ojos.

La relación con Sabela, en aquellas semanas, era un instrumento que ninguno de los dos había tocado nunca: se veían casi a diario —el establo, la calle, la tienda, la feira pequeña de los sábados— y hablaban de trabajo con una fluidez que ya no necesitaba calentarse.

Él le consultaba cosas que no figuraban en sus libros: qué vaca había parido mal tres años atrás, qué familia tenía costumbre de medicar por su cuenta, dónde estaba enterrado el perro de los Roque, que eso importaba para un tema de desinfección.

Ella le preguntaba cosas de fuera: cómo era un laboratorio por dentro, qué hacía exactamente la ADSG, si era verdad que en las granjas grandes de Holanda las vacas llevaban un chip que avisaba al móvil.

—¿Y eso no te parece el fin del mundo? —le preguntó ella una mañana, mientras los dos esperaban a que la Xarda terminara de beber.

—¿El chip? Es un termómetro con wifi.

—Es una vaca que ya no tiene que mirarla nadie. —Sabela señaló a la Xarda, que levantaba la cabeza con el agua cayéndole del morro—. Antes, para saber cómo estaba una vaca, había que mirarla. Ahora mira el chip. El ganadero se ahorra la mirada. Y la mirada, señor Lamela, es donde pasa todo.

—Iago.

—La mirada, Iago.

Él no contestó, porque la frase le había entrado por algún sitio sin alarma.

Pensó en sus años de cooperativa, en las granjas de doscientas cabezas donde él era una firma con coche, donde las vacas eran números con ubres.

Había vuelto a un pueblo donde las vacas tenían nombre y la mirada era todavía una herramienta de diagnóstico.

No sabía si eso era atraso o era lujo. Sospechaba, cada vez más, que era lujo.

Había más cosas que iba aprendiendo de ella, sin permiso, en las horas de trabajo compartido.

Le llamaba la atención, por ejemplo, cómo les hablaba a los animales.

Él les hablaba —todo veterinario de campo les habla, aunque no lo firme—, pero con el vocabulario funcional del oficio: ‘quieta’, ‘ya está’, ‘eso es’.

Ella les hablaba en diminutivos, y en un gallego suelto que le salía solo con las bestias: ‘o meu rapaz’, le decía a un novillo de ochocientos kilos que podía haberla empitonado si le daba la gana; ‘a miña velliña’, a la vaca vieja de la viuda de Cereixal, que había venido un día a la tienda con su dueña, las dos encorvadas con el mismo aire.

Y los animales —esto era lo que el expediente R.

archivaba sin atreverse a comentar— le respondían.

Las vacas más aldeanas, las que no se dejaban tocar ni del amo, le olían la mano y se quedaban quietas.

No siempre. Cuando un animal le esquivaba la mano, ella se retiraba en el acto, sin insistir, con una especie de reverencia: ‘Este no me quiere hoy.’ Como si el no de una vaca fuera una opinión que había que respetar en la misma forma que el no de una persona.

—¿Por qué unas sí y otras no? —le preguntó él un día, incapaz de contener al profesional.

—Porque tienen derecho —dijo ella, como quien dice que llueve—. Si el animal no acepta la mano, no hay cura. Así de claro. Mi abuela podía pasarse una hora esperando a que una vaca se acercara. Si no se acercaba, recogía las cosas y se iba, y le decía al amo: ‘No es hoy.’

—¿Y qué hacía el amo?

—Pagarle la visita igual —dijo ella, y sonrió—. No, es broma. Se enfadaba la mitad de las veces. Y la otra mitad, volvía a llamarla al mes. Mi abuela decía que los animales tienen un olfato para la prisa, y que la prisa es lo único que no se le puede pedir a una cura.

Iago no encontró en ninguno de sus manuales una sección para eso, y sin embargo encajaba con todo lo que él había visto en campo: el animal que se niega se niega, y el que fuerza al animal paga la factura en patadas.

Ella lo tenía convertido en doctrina. Él lo tenía en anécdotas.

Esa diferencia —anécdota contra doctrina— era, empezaba a sospechar, la diferencia entre sus dos mundos entera.

El lunes veintisiete de abril llegó la llamada del laboratorio, y no llegó entera.

Micotoxinas: se había detectado presencia de zearalenona y tricotecenos en una de las muestras del silo de maíz de Amancio, por encima de lo recomendable, aunque no a niveles de intoxicación aguda fulminante.

En el heno, trazas. En los sacos de pienso compuesto, nada relevante.

La técnica le leyó los números con su voz de siempre y añadió, humana por un segundo: ‘Es raro, ¿eh? Para matar una vaca sana de un día para otro, esto es poco.’

—Lo sé —dijo Iago—. Es la mitad de algo.

Se lo contó a Sabela antes que a nadie, lo cual notó él mismo con el teléfono todavía en la mano.

Había bajado a la botica al mediodía, con el pretexto del informe parcial, y ella lo había hecho pasar a la trastienda y le había puesto café sin preguntar, como si ya fuera costumbre.

Lo era. En qué momento se había vuelto costumbre, eso no lo sabía fechar.

—La mitad de algo —repitió ella, oyendo los números—. Las toxinas no matan limpio y rápido, eso lo sabía también mi abuela sin laboratorio: decía que el mal de los sacos se venía anunciando, con diarreas y con pérdida de leche, y que la vaca que cae de golpe cae de otra cosa.

—Su abuela llevaba razón —dijo Iago—. Eso es lo irritante. Llevaba razón en el síntoma y la lleva en el pronóstico. Pero los números no mienten tampoco: hay toxina en ese silo, y eso hay que quitarlo haya matado o no.

—Las dos cosas —dijo ella, como siempre.

—Las dos cosas —admitió él.

Se quedaron un momento mirando el papel entre los dos, en la mesa pequeña.

Era la primera vez que un informe de laboratorio se leía en esa trastienda, pensó él; setenta años de hierbas y de pronto una columna de microgramos por kilo.

Los dos mundos no se tocaban ni se peleaban: se leían. Ella le devolvió el papel y dijo:

—Amancio va a agarrarse a esto como a un clavo. Prepárele usted la otra mitad de la verdad con cuidado, que los hombres así se rompen por donde se salvan.

Se lo llevó a Amancio esa misma tarde, papel en mano, como le había prometido. El ganadero leyó el informe tres veces, con el dedo siguiendo las líneas, aunque los números no le decían nada y lo sabían los dos.

—Entonces el maíz —dijo Amancio.

—El maíz está mal, sí. Hay que tirar ese silo, o aislarlo, y yo le digo cómo. Pero, Amancio, estos niveles explican bajada de producción, diarreas, problemas de celo. No explican a la Manchada. Ni a una vaca sana caída de la noche a la mañana.

—Pero es el maíz.

—Es una parte. —Iago eligió las palabras como en un parte oficial—. Es una pista seria. No es el cierre.

Amancio dobló el papel con mucho cuidado, lo guardó en el bolsillo de la chaqueta como un documento de propiedad, y dijo la frase que Iago llevaba días oliéndose: