La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Pues si es solo una parte, alguien tiene que mirar la otra parte. Y la otra parte no está en ningún laboratorio de Monforte, que yo sepa.

No dijo más. No hizo falta. Iago se fue del prado con el sabor de haber ganado la mitad de un argumento y perdido la otra mitad, y con una inquietud que no era profesional: si la toxina no bastaba, el establo de Amancio tenía un problema sin nombre, y los problemas sin nombre, en los pueblos, acababan siempre teniendo un nombre concreto.

De persona. Ya lo estaba oyendo en el bar, todavía en versión suave, con la voz baja y los ojos en la mesa: que en lo de Codesido pasaban cosas raras desde diciembre.

Desde diciembre: desde que Mariña murió. El pueblo empezaba a sumar fechas.

Lula se lo confirmó al día siguiente, sirviéndole el vino sin que lo pidiera:

—Contan por aí que lo de Amancio es cosa de ojos.

No te mires así, chico, que yo solo transmito.

—Se apoyó en la barra—. Yo no digo eso. Yo digo que la becerra de Cornelio anda, que eso también es verdad, y que la gente tiene la memoria corta para lo bueno y larga para lo malo.

Pero prepárate, veterinario: si cae otra vaca en ese prado, esto se pone feo.

Y no se pondrá feo para ti, que eres de ciencia y de fuera.

Se pondrá feo para arriba. —Señaló con la barbilla la calle empinada, donde la botica tenía la luz encendida.

Iago bebió el vino despacio. No le gustó nada la frase, y le gustó menos entenderla entera.

El día que cambió las cosas fue el martes veintiocho de abril, y empezó sin ninguna intención.

Habían subido los dos al prado de arriba a revisar a las novillas —él, oficialmente; ella, porque Amancio le había pedido ‘que les echara un ojo a las gordas, ya que estás’— y la tarde se había alargado con la parsimonia de las taras de primavera: una cojera de nada, una novilla con la placenta vieja de la semana anterior, revisiones de rutina que se hacían solas mientras hablaban de otras cosas.

A las siete, el cielo se cerró como una puerta.

— Orballo —dijo Sabela, mirando el oeste, un minuto antes de que empezara.

—¿Cómo?

—Orballo. La lluvia menuda de aquí. La que no se ve venir porque ya estaba. —Levantó la barbilla hacia las nubes bajas—. Ahora.

Empezó entonces: no llovía exactamente, el aire se hacía agua, una llovizna tan fina que no caía sino que habitaba. Iago conocía ese fenómeno de su infancia y lo había olvidado en Lugo, donde llovía de verdad o no llovía. El orballo mojaba despacio y a fondo, como una insistencia.

—Al cobertizo —dijo Sabela, y echaron a andar rápido, sin correr, que con el orballo correr es inútil y además pone en evidencia al que lo intenta.

El cobertizo del prado de arriba era un tejadillo de chapa sobre cuatro postes, donde Amancio guardaba pacas de heno.

Debajo cabían dos personas y media si se apretaban.

Se apretaron. El orballo se instaló alrededor como una casa: el tejadillo repiqueteaba finito, el valle entero se había vuelto gris perla, y abajo, el pueblo y el río habían dejado de existir.

Las novillas, indiferentes, seguían pastando bajo la lluvia menuda como si el agua fuera una idea de los humanos.

—Veinte minutos —dijo Sabela, sentándose en una paca—. O una hora. El orballo no mira el reloj.

Los primeros cinco minutos fueron de cortesía: comentar la lluvia, comentar las novillas, sacudirse los hombros. Después, como el orballo no daba señales de tener planes, la conversación hizo lo que hacen las conversaciones bajo los tejadillos: se quitó la chaqueta.

—Mi abuela traía aquí a las vacas enfermas —dijo ella, de pronto—.

A este prado, no a la tienda. Decía que algunas curas necesitaban cuesta arriba.

Yo venía con ella de niña, con la cestita.

Una vez le pregunté por qué no curaba en la tienda, que era más cómodo, y me dijo: ‘Porque aquí la vaca está en su casa y yo soy la visita. En la tienda es al revés, y la que cura tiene que ser la visita.’ —Sonrió, mirando la lluvia—.

Tardé veinte años en entender que me estaba dando una clase de ética.

—Mi abuelo castraba terneros en un prado como este —dijo Iago—.

Con unas tijeras enormes y sin anestesia, que antes era así.

Yo sujetaba. Tenía nueve años la primera vez y me mareé, y mi abuelo me dijo: ‘El que se marea es el que mira la sangre. Mira al ternero.’ —Se removió en la paca—.

Eso también era una clase de ética, aunque él la llamaba ‘no seas blando’.

—¿Y funcionó?

—No me volví a marear. —Iago miró la lluvia—.

En la facultad había un profesor de clínica, un viejo zorro de Terra Chá, que nos gritaba lo mismo con otras palabras: ‘¡El animal no es la enfermedad! ¡La enfermedad es solo lo que le pasa al animal!’ Suspendía si escribías ‘el paciente presenta’ en un informe.

‘Presenta usted en la ópera’, decía. ‘Aquí la vaca tiene una mastitis.’

Sabela se rio. No la risa social de la feira: una risa entera, con la cabeza echada atrás, que sorprendió a los dos.

—‘Presenta usted en la ópera’ —repitió—. Ese hombre me cae bien sin conocerlo.

—Le caería bien de verdad. Tenía una colección de botellas de orujo con las etiquetas escritas a mano que les hacía pagar a los suspendidos.

Era la moneda de la facultad. —Iago también estaba sonriendo—.

Yo pagué una. Tercer año. Se me escapó un ‘el paciente’ en una revisión y el viejo lo olió desde el otro extremo del establo.

—¿Y qué etiqueta te puso?

—«El paciente presenta sus disculpas.» —Y los dos rieron, esta vez juntos, de esa risa que se alimenta de la otra risa—. La botella está todavía allí, supongo. En algún estante de infamia. Con mi letra de los veinte años.

El orballo seguía, y seguían ellos. Ella contó lo de la abuela y el cura de hacía años, que venía a por un preparado para el estómago con la excusa más transparente del mundo; él contó lo del ecógrafo de Secundino y la primera ecografía que hizo en el pueblo, con medio vecindario asomado a ver la tele del feto de una vaca.

Ella contó que Mariña una vez curó una cojera de un caballo delante de un veterinario de Ourense que había venido a discutir, y que el hombre se fue sin decir nada y al año siguiente le mandó una postal de Navidad.

Él contó que en Lugo había un bar donde los veterinarios cantaban, borrachos, una canción sobre un parto de gemelos que no se puede repetir.

Ella dijo ‘repítela’, él dijo ‘imposible’, ella dijo ‘cobarde’, y él se inventó una versión decente que era peor que la original, y ella se rio tanto que se le saltaron las lágrimas, y tuvo que secárselas con la manga, y en ese gesto, sin que ninguno lo registrara conscientemente, hubo algo que quedó encendido.

Hubo también, entre historia e historia, silencios que no molestaban.

En uno de ellos, ella se echó el pelo hacia atrás con las dos manos —se le había soltado medio moño con la humedad, y el pelo oscuro le caía sobre la cara pegado por la lluvia— y él se descubrió mirando y tuvo que fabricar urgencia en mirarse las botas.

En otro silencio fue ella la que miró: él se había arremangado para rascarse y se le veía la cicatriz de la ceja, no, otra, una línea fina en el antebrazo, blanca ya, de hacía años.

—Esa es de mi abuelo —dijo él, siguiendo la mirada—. Bueno, del bisturí de mi abuelo. Doce años. Quería ver cómo se hacía y aprendí cómo no se sujeta la hoja.

—Y tu abuelo ¿qué dijo?

—‘Bien. Ahora ya tienes la primera.’ —Iago se miró la cicatriz con cariño de archivo—. Los viejos de antes no perdían el tiempo consolando. Consolaban con pedagogía, que dura más.

—Mi abuela consolaba con caldo —dijo ella—. Todas las desgracias de mi infancia acababan en caldo. Funcionaba. Contra la ciencia oficial diré que funcionaba.

—No digo que no. El caldo es antiinflamatorio, hidratante y está caliente. Tiene evidencia a favor. —Se lo quedó mirando—. Todo lo demás que hacía tu abuela, eso ya…

—Eso ya qué.

—Eso ya no lo sé. —Lo dijo despacio, y era la primera vez que lo decía en voz alta, y los dos lo notaron—.

No lo sé. Hace un mes te habría dicho que lo sabía perfectamente.

Ahora no lo sé. He visto cosas en tu establo…

en el establo de Amancio, quiero decir, que no sé archivar.

Y yo archivo todo, es mi manera de ser. Así que tengo un cajón de cosas sin archivar que lleva tu nombre, y no me gusta nada cómo queda eso dicho.

Ella no se rio. Lo miró con esa atención que ponía a los animales enfermos, y dijo:

—Pues déjalo sin archivar. Hay cosas que se pudren en los cajones y cosas que maduran. Las mías maduran. —Se encogió de hombros—. Además, tú también tienes un cajón mío. Yo no sé qué haces tú exactamente con las agujas y los papeles, y no te lo pregunto todos los días, ¿ves? Convivimos.

—Convivimos —admitió él.

El orballo les dio entonces uno de esos regalos que solo da la lluvia menuda: un claro breve, un minuto en que la luz bajó del oeste por debajo de la nube y puso el valle entero de color miel, los charcos encendidos, la torre de San Xurxo flotando sobre la niebla del río, todo tan improbable y tan dorado que los dos se callaron a la vez, con la naturalidad de quien se calla en una iglesia.

Duró lo que dura un trago de luz. Cuando se cerró, ella dijo, sin mirarlo, bajo:

—Esto. Esto es lo que no cabe en una libreta.

Y él, que llevaba una libreta en el bolsillo de la chaqueta mojada, no la sacó. Que conste.

Porque Iago, años después, habría podido decir exactamente cuándo: no cuando ella reía, sino cuando paraba de reír.

Cuando la risa se le apagaba despacio y le quedaba la cara encendida, mirando la lluvia, y dejaba de ser la curandera del pueblo y era solo una mujer de veintiocho años sentada en una paca de heno con las botas mojadas.

Él la miraba en esos apagones, y pensaba cosas que no venían en ningún cuaderno de visitas.