La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este pueblo?

—dijo ella, en uno de esos apagones, y se le había escapado el tuteo por primera vez—.

Que llueve sin importancia. En las ciudades la lluvia es una molestia.

Aquí es un estado del tiempo. Está, como están los castaños. Nadie se queja de los castaños.

—Yo me quejaba —dijo él—. De niño. Doce años quejándome de la lluvia, y me fui a Lugo, donde llueve el doble.

—Eso es el destino de los que nos quejamos —dijo ella—. Nos mandan donde más llueve a aprender.

—¿Y aprendiste?

—Yo no me quejaba. Yo me sabía la lección de fábrica.

—Levantó la cara hacia el tejadillo, donde el repiqueteo había cambiado de tono—.

Se está yendo. Oyes cómo cambia. El orballo se despide un poco antes de irse, como las personas educadas.

Hay que saber oírlo, eso sí. Mi abuela decía que la lluvia habla bajo porque no tiene nada que demostrar.

Se fue, en efecto, en los diez minutos siguientes: la luz cambió primero, un gris más claro, y después el aire dejó de ser agua y volvió a ser aire.

Salieron del cobertizo a un valle lavado, con los charcos brillando y las novillas sacudiéndose como si nada, con ese desdén feliz de los animales por el tiempo que los moja.

Todo olía a tierra mojada, ese olor fuerte y dulce que sube del suelo después de la lluvia y que huele a casa antes de que uno tenga casa.

Sabela respiró hondo, con los ojos cerrados un segundo, como quien carga provisiones.

—Bueno —dijo Iago, porque alguien tenía que decir algo, y lo que salió fue—: Vamos ver qué tal están las gordas después del chaparrón. No era gran cosa como frase, pero era la única disponible que no delataba nada.

—Vamos ver —dijo ella, y le sonrió, y él pensó que había dicho una tontería y que le había salido bien.

Revisaron las novillas en veinte minutos, sin novedad.

Trabajaron en silencio, pero era un silencio distinto al de la mañana: un silencio que ya no necesitaba rellenarse, que había aprendido bajo el tejadillo a estar cómodo.

Ella le señaló una novilla que cojeaba apenas del tercio trasero —‘esa la miramos la semana que viene, que hoy ya se ha cansado de nosotros’— y él lo apuntó, y al apuntarlo pensó que estaba escribiendo en su cuaderno una frase de ella, y que eso, también eso, era nuevo.

Bajaron la cuesta cuando ya anochecía, cada uno con su paso, pero un paso que se había puesto de acuerdo sin consultar, porque ninguno de los dos tenía prisa en llegar abajo.

El camino olía a hierba pisada y a la primera hora de los grillos.

En el cruce del camino, donde se separaban, hubo una pausa mínima, de un segundo, que los dos llenaron con la misma frase diferente:

—Que descanses.

—Buenas noches.

Iago llegó a casa con la ropa húmeda y el ánimo raro, como se llega de los sitios donde ha pasado algo que no se puede declarar.

Se cambió, se calentó un plato de cualquier cosa, cenó mirando la pared.

La casa de los Lamela, a esa hora, tenía el silencio exacto de las casas donde alguien está empezando a echar de menos a otra persona.

Después, por costumbre, abrió el cuaderno de visitas.

La última entrada era de la mañana: «Novillas Codesido, revisión.

Sin novedad.» La miró un rato. Más arriba, en la página del caso, seguía la línea de abril: «A descartar: pienso.

» Las muestras llevaban más de una semana en el laboratorio; aún faltaba el análisis de la zona más dañada. Mañana llamaría.

Cogió el bolígrafo. Tachó «A descartar: pienso» —no porque estuviera descartado, el informe parcial aún no cerraba el caso, sino porque de pronto le pareció que esa línea ya no era la que importaba en la página— y debajo escribió, despacio, con la letra de los registros:

«A descartar: cuál de los dos habla primero.»

Miró lo que había escrito. Un registro veterinario no admite esa clase de líneas; lo sabía; la dejó.

Cerró el cuaderno, apagó la luz de la cocina, y estuvo un rato a oscuras, oyendo que fuera volvía a llover, despacio, el orballo de nuevo, instalándose en el valle como una costumbre.

Pensó en la risa de ella apagándose despacio.

Pensó que llevaba doce años riéndose en ciudades y que no recordaba ninguna.

Lo grave —lo supo esa misma noche, con la lucidez inútil de la una de la mañana— era la cantidad de detalles que había guardado sin querer.

No los había elegido: se habían quedado.

El repiqueteo fino de la chapa. La manga de ella secándose las lágrimas de risa.

El minuto de luz de miel sobre el río. ‘Presenta usted en la ópera.’ La manera en que decía ‘o meu rapaz’ a un bicho de ochocientos kilos.

El olor de la tierra mojada al salir, que olía a casa antes de que uno tenga casa.

Todo eso estaba ahora dentro de él como un armario recién estrenado, y lo pensó con una claridad que le vino de su oficio: esto es lo que se siente cuando algo empieza a importar, y no hay vacuna.

Se dijo que era un hombre razonable. Que era un pueblo pequeño, una mujer con un oficio inexplicable, una tarde de lluvia, dos personas que trabajaban juntas y se caían bien; que la estadística de ese tipo de tardes, multiplicada por doce años, era de cero consecuencias; que él había vuelto a Soutomouro a cuidar vacas, no a desordenarse.

Todo eso se lo dijo, y todo eso era cierto, y no sirvió de nada, porque debajo de la lista seguía brillando la luz de miel de un minuto sobre el Sil invisible.

Se acostó con el expediente R. abierto en la cabeza —doce horas de sueño, la mano en el flanco, el olor a hierba— y por primera vez la carpeta no le pareció un problema clínico sino otra cosa, una cosa para la que no tenía nombre todavía, y que en los pueblos, sospechaba, se llamaba de otra manera.

Duró poco el sueño esa noche, y fue bueno, y a la mañana siguiente el valle amaneció lavado y verde, y a Iago le pareció que el pueblo entero —las casas, los castaños, la torre de San Xurxo— estaba de mejor humor que de costumbre, aunque eso, lo sabía perfectamente, no es una variable que se pueda medir con ningún instrumento homologado.