La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Sabela

La segunda vaca había muerto dos días antes de aquella llamada del laboratorio, el último sábado de abril, y con ella murió la paciencia de Soutomouro.

Se llamaba la Castaña, una vaca de diez años, ya en su otoño productivo pero sana como un roble.

Amancio la encontró al alba en el mismo prado de abajo, a cincuenta metros de donde había caído la Manchada, con la misma limpieza absurda de la primera vez: sin heridas, sin espuma, sin aviso.

Esta vez Sabela lo supo antes de que se lo dijeran —lo supo por la calle, por la manera en que la calle se calló cuando ella bajó a por el pan—, y lo supo del todo cuando vio el coche de Iago subir la cuesta del prado a las siete y media, con las luces encendidas en plena mañana.

Ella no subió. Se quedó en la tienda, con la puerta abierta y las manos quietas, porque había una regla no escrita que su abuela le había tatuado: la segunda vez hay que esperar a que te llamen.

La primera puedes ir; la segunda, si vas sin llamada, te conviertes en parte del rumor.

Y el rumor, esa mañana, ya estaba trabajando.

Los efectos no se hicieron esperar. A las diez no vino la señora Carmen con la nieta, que tenían cita para el ojo desde la semana anterior: llamó la nuera, con la voz tiesa, que la niña estaba mejor, que gracias, que ya no hacía falta.

A las once, la viuda de Pepe compró medio kilo de tila mirando los tarros y no a Sabela.

A las doce, dos mujeres que no venían nunca pasaron dos veces por delante de la puerta, de una acera a la otra, con la velocidad exacta de las que quieren ver sin ser vistas.

Sabela lo registró todo con la contabilidad de la casa: no en la cara, que la cara era de la tienda; en el cuaderno azul, que era suyo.

«Hoy el pueblo tiene miedo», escribió. ‘El miedo tiene prisa. La prisa busca cara.’ Debajo, después de pensarlo: ‘La cara que han encontrado no es la mía. Es la de la abuela. Les es más fácil acusar a una muerta que mirarme a los ojos.’

Y sin embargo —lo escribió también, porque el cuaderno era para la verdad entera— había algo en el fondo de esa injusticia que le resultaba casi lógico.

Si dos vacas se mueren limpias en tres semanas en el mismo prado, alguien tiene que explicarlo, y la explicación del laboratorio tardaba, y el vacío de la espera lo llenaba lo viejo. No era maldad. Era física de pueblo.

Lo que el rumor decía, Sabela lo fue sabiendo por entregas, como se saben las cosas en los pueblos: por Nadia a las diez, por Xoana a las doce, por la propia Lula a las seis, cuando el día ya estaba sentenciado.

Y lo que decía era esto: que en lo de Amancio había ‘algo’, y que ese algo no venía de ningún saco.

Que dos vacas no se caen limpias en tres semanas por casualidad.

Que la abuela de la de la botica —decían ‘la abuela’, no decían ‘Mariña’, porque los muertos con poder se nombran de lado— había tenido sus cosas con los Codesido, allá por los ochenta, un asunto de una linde y un manantial que nadie recordaba entero pero todos recordaban que existió.

Que la vieja había jurado, dicen, que esa casa la pagaría.

Que estas cosas no mueren con las personas.

Sabela escuchó cada entrega con la misma cara, la cara de atender la tienda.

Por dentro, otra cosa. Por dentro había una indignación tan fría que ni siquiera quemaba: un asunto de una linde.

Su abuela, que había subido a lo de Amancio cincuenta veces a las tres de la mañana, que había sacado a la Galinda de una retención de placenta con las manos desnudas y había cobrado en queso, convertida ahora, cuatro meses después de muerta, en la autora de una venganza de ultratumba.

Cuarenta años de curas disueltos en tres semanas de miedo.

—Es el mecanismo de siempre —le dijo Xoana, sentada en el taburete, con la indignación que Sabela no se permitía—.

Cuando algo da miedo, hay que ponerle cara.

Y la cara disponible es la de tu abuela, porque era la única persona de este valle que hacía cosas que la gente no entiende. No es justo. Es peor: es cómodo.

—Lo sé —dijo Sabela.

—¿Y no vas a hacer nada?

—Sí —dijo Sabela—. Voy a hacer dos cosas. Una la sé hacer y la otra la aprenderé.

La primera era el libro. A la tarde, cerró la tienda una hora antes, subió el libro de la botica a la mesa de la lumbre, y se puso a copiar.

No a leer: a copiar, con su letra, en el cuaderno azul, todas las entradas de la familia Codesido.

1979, la retención. 1984, el becerro torcido.

1986, la pierna. 1989, la Galinda. 1994, la Rúa.

2003. 2011. 2016. 2019. Y, entre las curas de los últimos años, «la Xarda, primera mastitis, quedó bien» —la Xarda, la misma Xarda, ya tenía su historia en el libro—.

Más de cuarenta años de la casa Codesido escritos por la mano de Mariña, cura a cura, quedó bien, quedó bien, quedó bien.

No era una prueba en sentido estricto. Un abogado la habría desmontado en diez minutos: nada demuestra la inocencia de una curandera como un cuaderno de sus clientes.

Pero en el valle no había abogados; había memoria, y la memoria, cuando se le ponían las fechas delante, hacía lo que debía.

Sabela no iba a enseñar el cuaderno a nadie.

Iba a tenerlo listo. Había una diferencia, y su abuela la había enseñado también: las pruebas se guardan; los argumentos se sueltan.

Fue mientras copiaba, con el libro abierto de par en par sobre la mesa, cuando lo vio.

En la parte más vieja del libro, allí donde el papel era de otra clase, más grueso y más amarillo, y la letra no era del todo la de su abuela, el lomo tenía una irregularidad que sus dedos encontraron antes que sus ojos: un canto corto, un diente de papel.

Una página arrancada. No rota en el uso, no desgastada: arrancada con cuidado, tan cerca de la costura que solo quedaba una lengua de medio centímetro.

Sabela pasó las hojas vecinas. A un lado quedaba «el catarro de la Pepe, quedó bien»; al otro empezaba «la perra de los Mariñán, la cría».

Nada raro en los contenidos. Solo el diente de papel en medio, como una lápida sin nombre.

Lo miró un rato largo. El libro de la botica era la cosa más íntegra que ella conocía: Mariña no arrancaba páginas, Mariña tachaba.

Las tachaduras del libro eran famosas en casa —‘se escribe con la verdad y se corrige con la verdad’, decía—, líneas enteras cruzadas con una raya limpia pero legibles, porque un error apuntado también era información.

Y sin embargo ahí había una página que no estaba tachada: estaba ausente.

Alguien —la propia Mariña, no podía ser otro, el libro no salía de la casa— había arrancado algo que no quería ni siquiera tachar.

Había arrancado algo que no quería ni siquiera que se supiera que había existido, porque la tachadura confiesa y el arrancado calla.

Sabela no entendió nada. Apuntó en el cuaderno azul, con la costumbre de apuntarlo todo: «Libro, la parte vieja: falta una página.

Arrancada, no rota. La letra de alrededor no es del todo de la abuela.

Preguntar a Ciriaca.» Y lo dejó ahí, porque la tarde tenía otras urgencias, y porque hay páginas que una siente que no hay que mirar demasiado hasta estar preparada.

Cerró el libro, y con él cerró el diente de papel, que siguió esperando en la oscuridad del lomo, paciente como las deudas.

A las seis bajó a la plaza a comprar el pan, porque el pan no se pospone ni por los muertos, y fue en la puerta del bar donde el rumor le salió al encuentro con su cara definitiva.

Estaban los de siempre en las mesas de fuera, y la conversación se cortó un segundo cuando ella pasó —ese segundo de tijera que todos los pueblos dominan— y se reanudó un tono más alto, para que llegara.

Sabela siguió de largo, compró el pan, y a la vuelta eligió, deliberadamente, la acera del bar.

Oyó lo que tenía que oír. No todo, no hacía falta: ‘…que lo de la vieja con los Codesido era serio…’, ‘…mi madre dice que esas cosas no se heredan así sin más, pero tampoco desaparecen…’, ‘…dos vacas, home, dos…’.

Y entonces, desde la mesa del fondo, la voz cansada de Padre Anxo, que tomaba su vino de los sábados con los jubilados y que no levantó la vista del dominó:

—Xa estamos.

—¿Qué xa estamos, Padre? —le provocó alguien—. Si es verdad lo que se dice…

—Xa estamos —repitió el párroco, colocando una ficha—.

Que se muere una vaca y en dos días ya tenemos una culpable de ochenta y un años que no puede defenderse porque está en el camposanto.

Yo estuve en su funeral, y ustedes también, y lloraron de verdad.

No se les olvide eso cuando hablen. —Jugó su ficha—. Me toca.

No dijo ‘no es verdad’. No dijo ‘es verdad’.

Dijo exactamente lo que se puede decir sin traicionar ni a los vivos ni a los muertos, pensó Sabela, y le supo a poco y le supo a mucho: el párroco no se ponía de parte de la curandera, pero se ponía delante del linchamiento, que era más de lo que hacían otros.

Cuando pasó junto a su mesa, Padre Anxo levantó los ojos del dominó y la miró un segundo.

Un solo segundo, sin palabras. En ese segundo había treinta años de parroquia y una prudencia tan grande que casi parecía cariño.

—Padre —dijo ella, a modo de saludo.

—Sabela —dijo él, a modo de respuesta, y volvió a su ficha.

Subió la cuesta con el pan bajo el brazo y las figas de las espaldas ajenas cosquilleándole entre los omoplatos, conocidas, inútiles. El pueblo tenía miedo y el miedo buscaba cara. De acuerdo. Ella también tenía una cara que buscar, y no era la de su abuela.

El jueves siguiente, la llamada de Iago llegó a las siete, al fijo de la tienda.