Capítulo 7 #2
—Soy yo —dijo, como si hubiera otro hombre que la llamara—.
El laboratorio. El informe completo. —Se le oía el cansancio y otra cosa debajo, una satisfacción feroz y triste—.
Zearalenona y tricotecenos. En el silo de maíz hay una zona podrida, la parte de abajo, la que apoya contra la pared norte, donde entró humedad del invierno.
Los niveles ahí son muy altos. No los del informe parcial: muy altos.
Y una vaca vieja, o una vaca con el hígado cansado, que coma de esa zona un día malo…
—dejó la frase donde tenía que quedarse.
—La Manchada comía de la primera cama —dijo Sabela—. Amancio echa el maíz del fondo al prado de abajo, las de abajo son las que ordeña primero. La Manchada y la Castaña eran las primeras de la fila. Las dos.
Hubo un silencio del otro lado, y en ese silencio Sabela oyó exactamente lo que él estaba pensando: que ella acababa de darle el dato que le faltaba, el dato de la casa, el que no salía en ninguna muestra.
—Eso encaja —dijo Iago al fin—. Maldita sea, eso encaja. El resto del establo comía de la parte sana. Los Roque y los de A Lama tienen el mismo pienso compuesto pero no el silo; el maíz era solo de Amancio. Es él. Es el fondo podrido del silo.
—Entonces ya lo tiene.
—Tengo la toxina, el sitio y el porqué de las dos. —Otra pausa—. Sabela. El pueblo no va a querer esta respuesta. La toxina no tiene cara. Usted me entiende: nadie puede hacerle la figa a un hongo.
Sabela cerró los ojos. La lumbre hacía su ruido.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso me ha llamado a mí y no está celebrándolo en el bar.
—Le he llamado a usted —dijo él, y hubo una corrección ahí, un tuteo que se coló sin pedir permiso— porque la otra mitad de la explicación la tiene usted.
La vaca se murió de un hongo, pero el establo se está muriendo de miedo, y del miedo usted sabe más que yo.
Vamos a tener que dar las dos verdades juntas o no valdrá ninguna.
Cuando colgaron, Sabela se quedó un rato quieta.
La primera verdad ya estaba: el papel, el hongo, el silo.
La segunda verdad —la del rumor, la de la cara que el miedo necesita— no se curaba con papeles.
Y había una tercera cosa, la que no le había contado a él, la que llevaba días oliendo como se huele una tormenta: si el pueblo tenía tanta prisa por encontrar una meiga, quizá era porque el pueblo tenía un problema de esos, de los que se llaman entre ellos.
Lo había visto su abuela: cuando en un pueblo aparece la palabra, es que la cosa ya está en alguna parte.
Así que esa noche hizo la otra cosa, la que había dicho que aprendería. Hizo la ronda vieja.
La ronda era de Mariña y de antes de Mariña: pasar por los corrales y las cuadras de la zona cuando caía la tarde, sin avisar, con el bolso y la excusa del día, y mirar.
No curar: mirar. Los rincones de los pesebres, los dinteles de las puertas de los establos, los aleros por dentro, los agujeros de las vigas.
Lo que se busca en una ronda así tiene forma de nada: un puñado de hierba atada como no se ata sola, un nudo de crines donde nadie pone nudos, un bultito de trapo cosido con pelo.
El meigallo : la cosa cargada de envidia que alguien esconde en la casa o en el establo de otro para que el mal se quede.
Su abuela decía que de cada cien sospechas, noventa y nueve eran susto y una era un bulto de verdad, y que el oficio consistía en no equivocarse de siglo.
En lo de Amancio no encontró nada. Estuvo una hora, con la luz bajando, mientras Amancio —al que le había dicho que venía a ‘mirar las camas del maíz’— se hacía el ocupado lejos de ella, con esa discreción torpe de los que saben.
Miró los pesebres, los dinteles, la parte de atrás de las vigas, el hueco del bebedero; metió la mano en los sitios donde una mano encuentra lo que los ojos no ven.
Nada. El establo estaba limpio. Limpio de verdad: no solo de bultos, sino de ese aire detenido que tienen los lugares cargados, ese olor a armario cerrado que Sabela había aprendido a distinguir antes que a leer.
Lo que fuera que se había llevado a las dos vacas había venido del maíz, como decía el papel, y de nada más.
El mal de la casa Codesido era químico. Eso, pensó Sabela subiendo la cuesta de vuelta, debería haberla alegrado.
Hizo la ronda entera, por si acaso, dos tardes más: el corral de la viuda de Pepe, la cuadra de los Roque, el cobertizo del prado de arriba.
En todas partes lo mismo: nada. El valle olía a hierba y a estiércol y a mayo que empezaba, y no había en él ningún nudo que no fuera de bramante, ningún trapo que no fuera trapo.
El pueblo buscaba una meiga y el valle no tenía ninguna señal de nada.
Sabela empezaba a creer —quería creer— que el mecanismo del rumor era solo eso: mecanismo, miedo con prisa, nada debajo.
Hasta que lo encontró en su propia casa, aquella última tarde, y de la manera más estúpida: ordenando.
Nadia había dejado la mochila del instituto en la trastienda el sábado, como hacía siempre, y al recogerla para colgarla del gancho se le abrió la cremallera y se derramó medio contenido: libros, el estuche, un paquete de galletas empezado, y un bultito.
Sabela lo recogió con las demás cosas y se quedó helada con él en la mano.
Era pequeño, del tamaño de una nuez gorda.
Un ovillo de hierba seca —hierba del prado, común, de cualquier parte— atado con hilo oscuro en forma de figa: el puño, y el pulgar asomando entre los dedos, hecho de tallos doblados con una destreza que a Sabela se le heló en las manos.
Y dentro de la hierba, cosido en el hilo, un mechón de pelo. Pelo castaño, fino, de chica joven.
El mechón era de Nadia. Lo supo sin ningún mecanismo: lo supo como se saben las cosas de la casa.
Alguien tenía un mechón del pelo de Nadia Otero —cortado en clase, en el patio, recogido de un peine, qué más da— y lo había atado en una figa de hierba y se lo había puesto a la niña dentro de la mochila, entre los libros, donde los dieciséis años no miran.
Sabela se sentó en el suelo de la trastienda, con el bulto en la palma, y estuvo así un rato.
No de miedo: de rabia, y de una tristeza vieja, heredada, que le subía de las palmas.
Un meigallo de verdad. En su casa. Contra una niña de dieciséis años que pesaba hierbas los sábados y se sabía los nombres de las plantas mejor que las canciones.
El pueblo entero buscando la figa en el establo de Amancio, señalando a su abuela muerta, y la figa de verdad estaba aquí, en la mochila de una cría, hecha por manos que sabían lo que hacían —eso era lo peor, el bulto estaba bien hecho, eso no se improvisa— y que habían elegido a la persona más inocente de la casa.
Lo miró con la atención fría del oficio, ahora que el oficio le servía para algo más que para curar.
El hilo era de coser, corriente, de cualquier mercería.
La hierba, secada hacía poco. El bulto estaba hecho con el pulgar por fuera, que era la manera vieja, la seria, no la de los amuletos de turista.
Y el pelo —el pelo era lo que le cerraba el estómago— estaba retorcido en el centro, bien sujeto, para que no se soltara.
Quien hizo eso había aprendido de alguien.
Los meigallos de imitación, los que hacían las crías por maldad de patio de escuela, eran torpes y se deshacían; este tenía la economía terrible de las cosas aprendidas de verdad, cada nudo en su sitio, nada de más.
Recordó entonces una tarde de sus catorce años: Mariña había encontrado uno parecido en el establo de una familia del barrio bajo, y Sabela, que la acompañaba, había visto a su abuela hacer algo que no le explicó: envolverlo sin tocarlo con las manos desnudas, guardarlo, y no decirle nada a nadie durante una semana.
‘Primero se mira quién se alegra’, le dijo después, cuando pasó la semana y la cura se hizo.
‘El meigallo no es el bulto, rapaza. El bulto es solo el sobre. El meigallo es la carta que lleva dentro, y la carta la escribe una persona con nombre, y esa persona no se quita con hierbas: se quita sabiendo quién es y no dejándola entrar más.’
Aquella tarde de los catorce años, lo recordaba ahora con otra luz, su abuela había cenado poco y se había acostado temprano, y al día siguiente le dolía la espalda y reía poco, y a la semana siguiente pasó.
Sabela no le había dado importancia entonces; las curas de la abuela iban seguidas de esos días grises que la niña archivaba como ‘cansancio de vieja’.
Ahora, con el bulto de Nadia en la palma, la contabilidad entera de su infancia se le reordenó sola: cuántas noches de sueño de piedra, cuántas mañanas de ecos, cuántas habitaciones cerradas.
Había crecido dentro de una casa que pagaba, y no lo había sabido, porque la casa pagaba en silencio y sonreía en voz alta.
Eso también era la herencia. Eso también venía en el lote de los tarros y la letra doble.
¿Quién se alegraba del daño a Nadia? Sabela se lo preguntó sin prisa, sentada en el suelo.
La lista era corta y dolorosa: alguien del entorno de la niña, alguien que veía la mochila, alguien con acceso a su pelo y a sus cosas.
El instituto. Una familia. La envidia no venía de lejos nunca; venía de la mesa de al lado, decía la abuela, de la que te da los buenos días.