Capítulo 7 #3
Y había otra capa, la que Sabela no quería mirar y miró: el bulto no estaba solo contra Nadia.
Estaba contra la botica. Contra la niña que ayudaba a la meiga nueva.
Quien lo había puesto sabía que el daño a Nadia era un daño a la casa, un aviso, una manera de decir ‘sabemos dónde viven los tuyos’.
El rumor del pueblo y el bulto de la mochila no eran la misma mano —el rumor era de todos, el bulto era de una sola— pero se alimentaban.
El miedo general daba cobertura a la envidia particular.
Eso era lo viejo, lo de siempre, lo que su abuela había visto cincuenta veces: cuando un pueblo se pone a buscar meigas, la que tiene una figa guardada en el cajón se anima a usarla.
Guardó el bulto en un paño limpio, sin tocarlo más de lo necesario, y lo puso en el cajón alto del armario, donde Mariña guardaba las cosas que esperaban su hora.
No dijo nada a Nadia aquella noche. Antes había que consultar, porque un meigallo bien hecho no se quitaba con las manos de una sola mujer; eso también era de la casa: las cosas grandes se hacían con testigo.
Y mientras tanto había que mirar a la niña, disimuladamente, cada gesto: si comía, si dormía, si se reía.
De momento se reía. De momento el bulto no había prendido, o había prendido poco. Había tiempo. Poco, pero había.
¿Por qué Nadia? La respuesta venía sola, con la voz de la abuela: la envidia no elige a los fuertes.
Nadia era la ayudante de la botica, la que entraba y salía de la casa de la meiga con naturalidad, la única de su edad que no le tenía miedo a nada de eso.
Para quien odiara a la casa —y alguien odiaba a la casa, alguien del instituto, alguien de alguna familia—, Nadia era la manera de hacerle daño sin tocarla a ella.
Esa noche, la del hallazgo, Sabela no escribió en el cuaderno.
Se quedó junto a la lumbre baja, con la figa de madera de Mariña en la mano, y dejó que le viniera la abuela como venía a veces, entera, con una frase.
La frase esa noche fue una que Mariña soltaba cuando el pueblo se ponía tonto con estas cosas, medio en broma y medio en serio, con ese tono que solo a ella le quedaba bien:
—Eu non creo nas meigas, pero habelas, hainas.
No creo en las meigas, pero de que las hay, las hay.
Sabela había oído esa frase cien veces de niña, y de niña le parecía un chiste, uno de esos chistes de la abuela que hacían reír a los mayores y que ella no acababa de pillar.
Ahora, con un bulto de hierba y pelo guardado en el cajón alto, le parecía otra cosa: la descripción exacta de su trabajo.
La gente no creía. La gente hacía figas a la espalda, la gente ataba mechones de pelo con envidia, la gente bajaba a la botica cuando el médico no encontraba nada.
No creer era el decorado. De que las hay, las hay: eso era el suelo.
Y debajo del suelo, quizá, había sótanos que ella no conocía todavía, puertas con llave que la abuela no le había dado.
Pensó en la página arrancada del libro. Pensó que Ciriaca sabía cosas que no decía, y que había llegado la hora de empezar a preguntarlas en serio.
De la Castaña no quiso saber los detalles, pero los detalles llegan solos a la tienda de una curandera: que Iago estuvo allí hasta el mediodía, que tomó muestras otra vez, que el servicio de recogida subió a la una y que Amancio no quiso mirar cuando se la llevaron.
Que el hombre no había ido al bar. Que había cerrado el furancho, eso fue lo que más le dolió al pueblo entender: Amancio cerrando su bodega era como la iglesia cerrando un domingo.
La desgracia de ese hombre iba a ser larga, pensó Sabela, porque no era solo el ganado: era la manera en que se le estaba pudriendo el sentido de las cosas.
Cuarenta años de saber de vacas, y ahora las vacas se le morían por un fondo de silo podrido que no había visto, o por una maldición que no existía, o por ambas, y un hombre así, con esa edad, no tiene repuestos para su orgullo.
Apuntó también eso, en el cuaderno azul, y debajo escribió: «Amancio: pendiente. No del establo. De él.» No sabía todavía cuánta razón tenía.
Se quedó un rato más junto a la lumbre, con la talla de madera de la abuela cerrada en el puño.
Pensó en la página arrancada del libro, en el bulto del cajón alto, en las dos vacas limpias del prado de abajo.
Tres cosas sin relación, y sin embargo las tres le tiraban de la misma manga, como si el año entero estuviera hilado con un solo hilo oscuro.
A la mañana siguiente, antes de la hora de los clientes, bajó a buscar a Ciriaca con la excusa del romero y volvió con ella subiendo la cuesta, despacio, las dos calladas, con el paño del armario envuelto en una bolsa de tela.
No hablaron de nada serio hasta estar dentro, con la puerta cerrada y la lumbre viva.
Entonces Sabela puso el bulto sobre la mesa y le contó todo: la mochila, el pelo, los nudos.
—Ya lo sé —dijo Sabela en voz baja al terminar, con una sonrisa que le salió torcida—. Lo sé. Lo que no sé es si la persona lo sabe también.
Ciriaca la escuchó entera, sentada en la silla buena, con el bulto de la mochila —envuelto en su paño limpio— sobre la mesa entre las dos, sin desenvolver. No lo desenvolvió. Lo miró como se mira a una serpiente detrás de un cristal.
—Bien hecho —dijo al fin—. Bien envuelto, bien guardado, bien traído.
Y bien que no le has dicho nada a la nena.
—Levantó los ojos—. Esto no es de crías.
Esto lo ha hecho alguien que aprendió de alguien.
En este valle quedamos tres o cuatro que sabemos hacer esto, y ninguna lo haría contra una nena.
Así que es de fuera de la casa, pero no de fuera del valle. ¿Me sigues?
—La sigo.
—Esto no lo curas tú sola —siguió Ciriaca—.
Ni yo sola. Esto se quita entre dos, con la nena presente y queriendo, y con la casa preparada.
Y se quita pronto, porque estas cosas prenden como la yesca: despacio y luego de golpe.
—Golpeó el suelo con el bastón—. Dime un día.
La semana que viene, antes de que le coja fuerza.
Y mientras tanto la nena no duerme sola con la mochila cerca, y tú no tocas el bulto, y nadie del pueblo sabe nada.
Nadie. Ni el cura, ni la maestra, ni el veterinario.
—¿El veterinario por qué no? —preguntó Sabela, y se sorprendió preguntándolo.
Ciriaca la miró con esos ojos que no perdonaban, y por primera vez en meses Sabela vio en ellos algo parecido a la ternura.
—Porque ese chico te mira como se mira lo que no se entiende —dijo la vieja—, y las cosas que no se entienden se cuentan mal o se cuentan pronto.
Cuando sea de la casa, ya lo sabrá. Iso xa o sabes tú también, aunque te hagas.
—Se levantó—. Yo me fío de él más de lo que él se fía de sí mismo.
Pero el bulto es asunto nuestro. De la casa.
Cuando esté quitado, cuéntale lo que quieras. Antes, no.
Sabela acompañó a la vieja hasta la puerta. En el umbral, Ciriaca se paró, miró la calle empinada con la niebla de la tarde subiendo, y dijo, como quien comenta el tiempo:
—Tu abuela quitó uno de estos en el setenta y nueve. Peor que este. Yo estuve. —Una pausa—. Las dos salimos bien de aquello. Se sale, rapaza. Se sale siempre, si se hace bien. Lo que no se hace nunca es solo.
Cuando se fue, Sabela cerró la puerta y echó el cerrojo, cosa que no hacía nunca a esa hora.
La casa estaba en silencio. En el armario alto, el bulto envuelto en el paño esperaba con su carga de envidia ajena, y Sabela pensó que la casa de las hierbas buenas tenía, esa noche, una cosa mala dentro, y que había que sacarla como se saca un empacho: con cuidado, con testigo, y sin mirar atrás.
Abrió el cuaderno das peaxes y escribió: «Meigallo en la mochila de Nadia. No es para el ganado. Nunca fue para el ganado. Ciriaca viene la semana que viene. Yo mientras tanto vigilo a la niña y no toco nada.» Lo releyó. Añadió, pequeño: ‘Tengo miedo. Que conste.’