Capítulo 8
Iago
El informe del laboratorio ya estaba encima de la mesa, con su sello y sus números, la semana de la feira de mayo, cuando Amancio Codesido se dobló por la mitad delante de su propio establo.
Iago lo vio desde la puerta. Habían ido a ver el silo juntos —la zona podrida ya estaba aislada, sacada en carretillas por el propio Amancio con una rabia muda, trescientos kilos de maíz echado a perder— y de repente el viejo ganadero se llevó el puño al pecho, a la altura del esternón, y se dobló como si le hubieran dado, y se sentó en la piedra de la cuba sin poder enderezarse.
No era un infarto. Iago lo tenía delante y conocía los signos: color normal, pulso fuerte, sudor frío pero sin dolor irradiado.
Era otra cosa. Era un hombre al que le dolía la vida por dentro, con localización precisa.
—No es el corazón —consiguió decir Amancio, que se conocía—. Es más arriba y más abajo. Es todo.
Fueron juntos al consultorio médico del pueblo, esa mañana de miércoles en que venía la doctora de Monforte.
La doctora —una mujer joven y eficaz que miraba el valle con la cara de quien hace el Camino de Santiago de la medicina, etapa rural— le hizo un electro, le tomó la tensión, le escuchó el pecho, le mandó analítica, y le dijo lo que Iago ya sabía: no había nada orgánico.
‘Estrés’, escribió en el volante. ‘Reposo relativo. Si persiste, derivación.’ Amancio salió del consultorio con el volante arrugado en el puño y la cara de un hombre al que le han dicho que su dolor no existe en el idioma correcto.
—Voy a subir a verla —dijo, en la calle, sin mirar a Iago.
Iago no preguntó a quién. En Soutomouro, ‘subir a verla’, dicho así, con ese artículo, solo podía ser una casa.
—¿Quiere que lo acompañe?
—No. —Amancio se paró—. Sí. —Se rascó la nuca, furioso consigo mismo—. No sé. Sí. Venga. Usted ha visto todo lo demás; vea también esto. Total, ya no tengo dignidad que guardar.
Subieron a la calle empinada a las once de una mañana de mayo luminosa, con el valle entero verde y los castaños en flor, y Amancio caminaba como si subiera a declarar.
En la puerta de la botica se detuvo un momento, miró el letrero viejo de «Botica de Mariña» y la placa nueva pequeña debajo, y dijo, para sí o para el santo que fuera:
—Perdóname, Mariña, por venir tarde. Y por lo que están diciendo de ti. Yo no lo he dicho nunca, que conste. Yo solo lo he oído, que ya es bastante pecado.
Sabela los recibió en la tienda, con el delantal puesto y las manos oliendo a romero.
Iago había estado en la botica dos veces desde la reapertura —una para llevarle un parte, otra sin excusa clara— y las dos veces había notado lo mismo: la casa olía distinto que todas las demás casas del mundo, a hierba seca y a cera y a algo dulce y oscuro debajo.
Aquella mañana la casa olía igual, pero ella no.
Ella se veía cansada de un modo que no era de sueño: la piel fina, los ojos un poco hundidos, esa fatiga que no llega de hacer sino de pagar.
El expediente R., pensó Iago automáticamente, y se enfadó consigo mismo por pensar en archivos.
Amancio no tuvo que explicar mucho. Se sentó en la silla de los clientes, la silla de las confesiones, y dijo:
—Se me está muriendo la casa, Sabela. No el ganado: la casa.
Cuarenta años. La Manchada, la Castaña, el silo podrido, el pueblo diciendo que tu abuela me echó algo, mi mujer llorando por las noches cuando cree que no la oigo.
Y ahora el pecho. La doctora dice que no tengo nada.
Tiene razón: no tengo nada. Me lo han quitado todo y no tengo nada.
—Levantó la cara. Iago vio que el hombre había ensayado la frase siguiente todo el camino, porque le salió entera, sin tropiezo, en un gallego que no era para nadie más que para ella—.
Quero que me cures. Si tú puedes. Si no puedes, me aguanto, que para eso soy de piedra. Pero te lo pido.
La tienda se quedó muy quieta. Por la ventana entraba el rumor de la calle, un carro, unos niños.
Sabela no dijo nada durante un momento largo.
Miraba a Amancio con esa atención suya, la de los animales enfermos, y Iago, que ya había aprendido a leerla un poco, vio pasar por su cara el cálculo entero: no si podía —podía— sino qué costaba.
—Amancio —dijo ella al fin—. Lo que usted tiene no es el pecho. Lo que usted tiene es que se le ha roto la mitad de su vida y la otra mitad está tirando de la rota. Eso tiene nombre en esta casa, y se cura, pero se cura de un modo que a usted no le va a gustar.
—Pruébeme.
—No le voy a quitar el dolor. —Sabela hablaba despacio, con las palabras puestas una a una como fichas—.
El dolor se lo queda usted, porque es suyo y porque es verdad.
Lo que yo puedo hacer es quitarle lo que lo está ahogando: la piedra encima.
El ahogo. Se quedará triste y cansado y con dos vacas muertas, pero podrá respirar, y podrá dormir, y podrá mirar a su mujer sin que se le cierre la garganta. ¿Entiende la diferencia?
—La entiendo.
—Y tiene que quererlo entero —dijo ella—. No a medias. Si hay una parte de usted que quiere seguir ahogándose —porque ahogarse también es un modo de estar con la pena—, dígamelo ahora y nos tomamos un café y no ha pasado nada.
Amancio se lo pensó. Se lo pensó de verdad, con la honestidad de los hombres de piedra.
—Quiero respirar —dijo—. La pena me la quedo. El ahogo, lléveselo.
—Entonces venga. —Sabela se levantó, y a Iago, que se había levantado con ella, le dijo una cosa que él no esperaba—: Usted quédese.
—¿Yo?
—Usted ya ha visto la mitad de este oficio —dijo ella, sin mirarle a la cara—. Ver la otra mitad no va a cambiar nada que no esté ya cambiado. Y a Amancio le viene bien un hombre de ciencia en la habitación. Para que luego no diga que soñó.
El cuarto de curar era pequeño y olía más fuerte que la tienda, a lo dulce y oscuro de debajo.
Había una camilla vieja, un cuenco de loza, una ventana al huerto por donde entraba la luz de mayo y el ruido de los pájaros.
Amancio se tumbó sin que se lo dijeran, como se tumba la gente que ha visto esto de niño, y cerró los ojos.
Iago se quedó junto a la puerta. Lo que vio después, lo vio entero, y lo vio con los ojos de su profesión, que eran los únicos que tenía, y todavía años después no habría sabido contarlo bien.
Ella empezó por las manos. Las calentó frotándolas, despacio, y las posó en el pecho de Amancio, sobre el esternón, sin presión, apenas el peso de una prenda.
Estuvo así un rato, quieta, con los ojos cerrados.
No pasaba nada. Iago miraba el pulso de Amancio en el cuello —hábito— y vio que se iba haciendo más largo, más ancho, más lento, como una respiración que encuentra sitio.
Después ella dijo unas palabras en voz muy baja, no un ensalmo entero esta vez, solo unas frases sueltas, medio en gallego, donde él cazó un nombre de santo y la palabra ‘casa’ y la palabra ‘aliento’; y después, durante un rato más largo, no hubo palabras: hubo solo la mano quieta y la luz de la ventana moviéndose un centímetro y los pájaros.
A los veinte minutos, Amancio lloraba. Sin ruido, con los ojos cerrados, unas lágrimas grandes y limpias que le bajaban a las sienes, y no era la imagen triste que a Iago le habría parecido de no verla: era la imagen de algo que por fin encontraba la salida.
Sesenta y tres años, y probablemente treinta sin llorar delante de nadie.
La mano de ella no se movía. La cara de ella, sí.
Iago la miraba y veía pasarle por la cara el dolor del otro como una nube por un campo: la boca apretada, una vez el ceño, una vez un estremecimiento que ella cortó en el hombro.
Como si el ahogo de Amancio estuviera saliendo del pecho del viejo y pasando por ella, de paso, hacia alguna parte.
Terminó sin ningún signo. Ella levantó las manos, las lavó en el cuenco, despacio, y dijo con la voz más gastada que él le había oído nunca:
—Ya está. Descanse aquí un rato. No hay prisa.
Amancio se quedó en la camilla, respirando.
Respirando como Iago no le había visto en tres semanas: por abajo, por la tripa, con el pecho libre.
Un hombre curado de ahogo, pensó Iago, y luego se corrigió, porque era médico de vacas y sabía lo que veía: un hombre al que le habían quitado una opresión física real, medible, ahí, en veinte minutos, sin fármaco ninguno.
El expediente R. se había quedado sin cajones.
Salieron a la tienda, dejando al viejo dormido. Y ahí fue donde Iago vio lo que nadie le había contado: la otra mitad.
Porque Sabela se apoyó en el mostrador como quien llega a un muelle, y se le fue el color de la cara en dos segundos, y tuvo que sentarse en el taburete con una lentitud de anciana.
No se desmayó. Peor: siguió funcionando, sonriendo incluso, mientras se le vaciaba por dentro a la vista de cualquiera que supiera mirar. Iago sabía mirar.
—Siéntese usted también —le dijo ella, con esa retranca que no le salía del todo—. Que si me desmayo tiene que reanimarme y nos monta usted el espectáculo.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó él, bajo.
—Amancio respira.
—A usted qué le ha pasado.
Ella lo miró. Y en esa mirada —Iago lo notó sin entenderlo, lo notó como se nota una habitación a la que le falta un mueble— había algo que no estaba.
No el cansancio: el cansancio era visible, tenía nombre.
Otra cosa. Ella lo miraba y lo reconocía y le sonreía, pero era como si lo mirara desde un lugar un paso más atrás que la última vez, como si entre la semana anterior y aquella mañana se hubiera perdido un objeto pequeño y luminoso que ella ya no echaba de menos porque ya no sabía que lo había tenido.
—La peaxe —dijo ella—. Se lo conté a Nadia, se lo puedo contar a usted. Cada cura cobra. Esta cobra más que las de las vacas, porque esta no era de cuerpo. —Se frotó los ojos—. Voy a dormir dos días, con pausas. Eso es lo que se ve. Lo demás no se ve y no se cuenta.
—¿Lo demás?