La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Lo demás es mío —dijo ella, sin aspereza—. Todo oficio tiene un lado privado. El suyo son los errores que no cuenta. El mío es esto.

Él quiso decir ‘yo no tengo errores que no cuente’ y no lo dijo, porque tenía uno, uno grande, uno de Lugo, que no le había contado a nadie en este valle, y decir lo contrario delante de esa mujer le pareció de pronto una mentira de otro orden que mentirse solo.

Se calló. Ella pareció agradecer el silencio.

—No se lo cuente a nadie —dijo ella—. No por vergüenza. Por economía. Si el pueblo sabe que curar cuesta, la mitad deja de venir y la otra mitad viene a ver el precio. Yo prefiero que vengan a curarse.

—No se lo voy a contar a nadie —dijo Iago, y era la primera promesa de ese tipo que hacía en su vida, y notó que pesaba distinto que las demás promesas: las otras se hacían hacia fuera, esta se hacía hacia dentro.

Amancio bajó al cabo de una hora, con la cara lavada y los ojos rojos y el paso de un hombre que ha dejado un saco en alguna parte.

Se despidió de Sabela con las dos manos, sin palabras.

Iago se ofreció a llevarlo al prado en el coche, porque el viejo no tenía fuerzas para la cuesta y porque él necesitaba moverse, hacer algo con las manos, conducir.

El trayecto fue corto y silencioso. Amancio miraba el valle por la ventanilla como si lo viera nuevo, o como si hubiera dejado de verlo semanas atrás y lo reencontrara. A la entrada de la finca, antes de bajarse, dijo:

—Cuando me casé, me casé con esto. —Señaló el establo, el prado, la casa—.

Con el todo. Cuarenta años. Y estas tres semanas yo pensaba que el todo se me moría, y no sabía ni llorarlo, porque un hombre no llora una vaca, ¿entiendes?

No se puede. Hay que aguantar. —Se quitó la gorra, la miró—.

Pues resulta que se puede. Acabo de llorar cuarenta años arriba, en esa camilla, y me encuentro mejor que en todo el mes.

Explícamelo tú con tu ciencia, si puedes.

—No puedo —dijo Iago.

—Ya lo sé. —Amancio abrió la puerta del coche—.

Por eso subí a verla. A ver, aprende, Lamela: hay cosas que no se explican; se pagan y se agradecen.

—Bajó, cerró la portezuela con cuidado, y se asomó por la ventanilla—.

Gracias por llevarme. Y gracias por no decir nada arriba.

Lo vi, que estabas. Que conste que estabas.

En la puerta de la casa, Rosenda lo esperaba con el delantal puesto y la cara de las que han llorado por las noches.

Iago la vio mirar al marido, medirle la cara como se mide un cielo, y luego mirar el coche, a él, y levantar la mano una vez —un saludo, una firma, un juramento—.

Iago contestó igual. Condujo de vuelta al pueblo despacio, con la ventanilla bajada, y pensó que acababa de ver algo que su profesión no producía casi nunca: un hombre que salía de una consulta ligero de equipaje, con el dolor intacto y el ahogo quitado.

La medicina aliviaba; aquella casa, al parecer, descargaba.

Había una diferencia, y él no sabía todavía si era de grado o de especie.

Iago se quedó un momento más en la puerta de la botica, sin saber irse, y ella le dijo, desde el taburete, ya con la voz de sueño:

—Véngame a ver mañana, si quiere comprobar que sobrevivo. Traiga el informe del laboratorio, que no lo he leído entero. Así tiene excusa y no tiene que inventarse una.

—No necesito excusa —dijo él.

—Todo el mundo necesita excusa en este pueblo —dijo ella—. Es la moneda local. Traiga el informe.

Esa tarde, Ciriaca lo paró en la calle. Lo estaba esperando, estaba claro; la vieja tenía un radar para los momentos. No le dio los buenos días: le dijo, mirándolo con esos ojos claros:

—Has estado dentro.

—He estado dentro.

—Y has visto cómo se queda ella después.

—He visto que se queda mal —dijo Iago—. He visto que le cuesta. No sé qué es lo que le cuesta.

—Y no lo vas a saber de mí —dijo Ciriaca—.

Pero te voy a decir una cosa, chico, para que la pienses: ella paga.

Con una moneda que tú no puedes medir, no la midas, porque te vas a volver loco buscando el instrumento.

No hay instrumento. —Golpeó el suelo con el bastón—.

Lo único que puedes hacer por esa casa es estar.

No medir. Estar. Que es más difícil, ya lo verás.

Se fue hacia su casa con su paso recto, y Iago se quedó en la calle empinada, con el informe del laboratorio bajo el brazo y la sensación de haber sido ascendido a una clase para la que no había estudiado.

Estar, no medir. Apuntó la frase mentalmente, con la letra del cuaderno de visitas, y debajo, sin querer, apuntó también: ‘Esto es lo que hay que hacer con ella. Estar.’ Le pareció una línea de principiante, y era exactamente la línea que era.

Esa noche escribió en el cuaderno de visitas, debajo de las entradas de las vacas, y no le importó que fuera un registro profesional.

Escribió: ‘Amancio C.: consultorio médico, sin hallazgos. Botica: mejoría inmediata, respiración normal, sueño. Coste para la terapeuta: visible, no cuantificable.’ Miró la última frase.

‘No cuantificable’ era la manera que tenía su profesión de decir ‘no sé’, y por una vez le pareció una manera honesta.

No escribió lo otro: que ella lo había mirado con un mueble menos.

Que se había pasado la tarde preguntándose qué mueble era.

Que había repasado mentalmente las últimas semanas —la feira, el establo, el furancho, la tarde del orballo bajo el tejadillo— buscando qué podía faltarle a una persona, y no lo había encontrado, porque él seguía teniendo todas las tardes.

Todas. La del orballo la tenía entera, con su luz de miel y su risa apagándose.

No se le ocurrió —no se le podía ocurrir— que en la casa de la calle empinada alguien hubiera dejado de tenerla.

Se acostó tarde, y soñó con habitaciones a las que les faltaba un mueble, y se despertó sin saber por qué le dolía el pecho, y estuvo un rato mirando el techo hasta que el valle empezó a aclarar.

Al día siguiente fue con el informe, tal como ella le había mandado, y se encontró a Nadia haciendo de puerta con una fiereza de animal pequeño.

—Está durmiendo —dijo la chica, sin dejarlo pasar—. Me ha dicho que podía venir usted, pero si está durmiendo, no.

—¿Y si no está durmiendo?

—Entonces te dejo subir —dijo Nadia, y se corrigió, roja—: le dejo subir. Perdón. Es que ayer salió de ahí de un modo que… —cortó la frase, que no era suya—. Espere.

Lo dejó en la tienda, entre los tarros, y desapareció escalera arriba.

Iago oyó murmullos, pausa, murmullos. Después la escalera crujió y bajó ella: no curada, ni mucho menos —llevaba un jersey viejo por encima del camisón y los ojos de quien ha dormido doce horas y seguiría durmiendo otras doce— pero de pie, y sonriendo al verlo, una sonrisa pequeña que le dolió a él en un sitio que no era el esternón.

—El informe —dijo ella, sentándose—. Léamelo usted, que yo hoy las letras me pesan.

Se lo leyó. Leyó los números, las unidades, los límites de referencia, y los tradujo sobre la marcha al idioma de los establos. Ella escuchaba con los ojos cerrados, asintiendo a veces. Cuando él terminó, dijo:

—Entonces ya tiene usted la vaca.

—Tengo la toxina. —Iago dobló el papel—. La vaca se la tiene que creer el pueblo. Eso es distinto.

—Eso lo hacemos juntos —dijo ella, y abrió los ojos—.

Usted con el papel, yo con la casa. Amancio es la llave: si Amancio lo cuenta en el bar, con su papel en la mano y su pecho curado en el pecho, el rumor se queda sin aire.

La gente no quiere maldiciones, quiere respuestas; solo usa las maldiciones cuando no hay otra cosa.

—Se pasó la mano por la cara—. Perdone. Estoy dando lecciones de mi propio oficio como una vieja.

—Siga.

—Ya está. —Sonrió otra vez, menos—. Hable con Amancio.

Que él hable. Y la semana que viene, en la botica, lo rematamos: yo abro la puerta, pongo la mesa fuera, y que venga quien quiera con sus dudas.

La abuela lo hacía: consulta a puerta abierta, que vieran que no hay nada oculto.

Lo oculto se llena de figas; lo abierto se llena de gente.

Iago la miró. Tenía la cara gris del cansancio profundo y estaba trazando estrategia como un general. El expediente R. echó humo.

—¿Usted siempre hace esto? —preguntó—. ¿Curar a alguien y a los dos días organizar la paz del valle desde el taburete?

—Siempre —dijo ella—. Es más barato que descansar. Descansar es carísimo. —Se le cerraron los ojos un momento—. Váyase ya, Iago. Que me tengo que dormir otra vez y no quiero que me vea la cara de sueño, que la tengo fea.

—No tiene ninguna cara fea —dijo él, y solo al decirlo oyó la frase entera, y no la retiró, que era lo que la frase pedía.

Ella abrió los ojos. Lo miró. Y ahí estaba otra vez la habitación con un mueble menos: lo miró con cariño, con gratitud incluso, pero con una falta, una ausencia, una página en blanco donde la semana anterior había habido algo cargado de electricidad.

El recibió esa mirada como un portazo suave, y no entendió nada, y se fue con el informe bajo el brazo y una rabia sin objeto que le duró hasta la noche.

Él atribuyó el portazo suave al cansancio de ella, que era la explicación razonable, la que cabía en un parte.

Se fue a casa con esa explicación y con la otra, la que no cabía en ningún parte, conviviendo mal en el mismo pecho.

Esa noche escribió en el cuaderno, debajo de las entradas del día, una línea que no era de registro ni de ciencia: «Hoy me ha mirado como si me conociera de menos.

No sé qué hacer con eso.» La releyó, le pareció ridícula y exacta a la vez, y no la tachó, aunque un registro veterinario no admite esa clase de líneas.

Estaba perdiendo la costumbre de tachar, pensó. O la estaba ganando.