La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

El viernes, Amancio habló. Lo hizo como él hacía las cosas serias, sin discurso: se plantó en el bar a la hora del vino, con el informe del laboratorio doblado en cuatro en el bolsillo de la camisa, y cuando alguien —hubo quien lo hizo por él— sacó el tema, sacó el papel, lo puso encima de la barra y dijo:

—El maíz. El fondo del silo, podrido de humedad.

La máquina de Monforte lo ha visto, con números.

Mis dos vacas se murieron de mi maíz, que no vigilé yo, y eso es lo que hay.

—Miró alrededor, despacio—. Y el que quiera seguir diciendo que en mi casa matan vacas las personas, que se lo diga a Mariña en el camposanto, que a mí me da vergüenza ajena oírselo a los vivos.

La nieta me ha curado el pecho esta semana, que no me curaba la doctora, y el veterinario me ha curado el silo, que no me curaba nadie.

Yo en mi casa tengo las dos cosas y me sobra. Palabra.

Lula, que lo contó después a conveniencia durante un mes, añadía siempre que en ese momento sonó el teléfono de alguien y el dueño lo apagó sin mirar, ‘porque hasta los móviles saben cuándo no hay que sonar’.

El rumor no murió esa noche —los rumores no mueren, hibernan— pero perdió la cara que le habían puesto.

La figa volvió a los bolsillos. La calle empinada volvió a tener acera de enfrente solo para los turistas que no venían.

Iago lo supo al día siguiente, por el propio Lula, y pensó que el viejo había hecho en tres minutos lo que él no habría hecho en tres meses de informes. El prestigio no era un gráfico. Era un hombre de piedra poniendo un papel encima de una barra.

Aquel domingo, por la tarde, pasó por la botica a ver si sobrevivía, sin informe ya, sin excusa, con una docena de huevos de la viuda de Cereixal que le habían sobrado de una visita.

Ella abrió la tienda a media tarde, mejor de color, peor de ojeras, y le hizo pasar a la trastienda, donde había una mesa pequeña y dos sillas y la lumbre baja.

—Huevos —dijo él, dejándolos—. De la viuda. Son de verdad, de los que saben a huevo.

—Siéntese —dijo ella—. Le hago una tortilla y me cuenta el bar.

Él contó el bar. Ella rio lo de los móviles. Hizo la tortilla con la economía de gestos de quien ha hecho diez mil tortillas, y mientras la cuajaba, de espaldas a él, dijo:

—Amancio me ha perdonado a mi abuela. Eso es lo que ha pasado esta semana, debajo de todo.

El pueblo no necesitaba el hongo; necesitaba que Amancio dijera ‘Mariña no fue’.

—Le dio la vuelta a la tortilla—. Las enfermedades de los pueblos son así: el síntoma es una vaca, la enfermedad es otra cosa.

Usted curó el síntoma. Yo curé al enfermo.

Y el pueblo se cura solo, que es lo que nadie nos paga.

Comieron la tortilla despacio, con pan, junto a la lumbre baja.

Estaba buena —las tortillas de esa casa estaban siempre buenas, pensó él, aunque las hiciera una mujer que no se tenía en pie— y el pan era del horno de los Otero, y el vino del furancho de Amancio, que se lo había mandado con un recado seco: ‘Que coma, que me ha dejado vacío por dentro y hay que llenarla.’ No hablaron de nada importante, o hablaron solo de cosas importantes disfrazadas: del tiempo, de las novillas, de la escuela de Nadia, de la tortilla de la madre de él, que no estaba tan buena.

Cuando Iago se fue, ya de noche, con la niebla subiendo, ella le dijo en la puerta:

—Gracias por no preguntar.

—He preguntado todo el rato —dijo él—. Usted no ha contestado. Es distinto.

—Pues gracias por preguntar bajo —dijo ella, y cerró la puerta con una sonrisa, y él bajó la cuesta pensando que había dicho una tontería y que le había salido bien, que era la segunda vez que le pasaba con ella, y que eso, estadísticamente, ya no era ruido.

Esa noche, Iago no consiguió acostarse hasta tarde.

Estuvo un rato junto a la ventana, mirando la calle empinada a oscuras.

La botica tenía una luz baja encendida arriba, la ventana de la cocina, una luz que se apagó mientras él miraba.

Se quedó mirando el rectángulo ya negro un rato más, con la sensación terca de la habitación sin mueble, sin poder dejar de pensar en la manera en que ella le había dicho ‘gracias por no preguntar’, como si le agradeciera una amabilidad y una distancia a la vez.

Lo que no sabía —lo que no podía saber, lo que en todo el valle solo sabía una vieja de ochenta y dos años que no decía nada— era qué mueble faltaba exactamente.

La tarde del orballo ya no existía. No para ella.

El tejadillo, la risa, la luz de miel sobre el río, ‘presenta usted en la ópera’: todo seguía intacto en él y había desaparecido en ella, pagado, cobrado, gastado en quitarle el ahogo a un ganadero de sesenta y tres años.

Porque la peaxe de las curas grandes no se lleva cualquier cosa: se lleva el recuerdo más cálido del último mes, el más encendido, el que una persona guardaría si pudiera elegir.

Esa era la regla, vieja y sin apelación, y no avisaba, y no dejaba ni siquiera la marca del cuadro en la pared, porque lo que se paga con un recuerdo se paga también con la memoria de haberlo pagado.

Él no sabía nada de esto. Él se acostó pensando que ella estaba cansada, que era comprensible, que el martes le llevaría más huevos, o mejor queso, o mejor nada, o mejor algo.

Durmió mal, con ese sueño de superficie en el que uno oye la casa entera.

Y en la casa de la calle empinada, en la mesilla, el cuaderno das peaxes dormía cerrado con su entrada nueva, escrita con letra temblorosa dos noches atrás, que decía solo: «Amancio, el ahogo.

Pagado.» Pagado qué, no lo decía. Las entradas de las peaxes de memoria nunca podían decir qué: era la única letra del libro que se borraba sola al escribirse, y la única deuda que se pagaba dos veces.