Capítulo 9
Sabela
El martes de la semana de la feira de mayo, Sabela vio juntas las señales que llevaba vigilando en Nadia. La niña se estaba apagando, y lo hacía tan despacio que solo una casa entrenada lo habría visto.
Primero fue el apetito. La chica que se comía las galletas de la trastienda como si le pagaran por ello dejó medio paquete intacto dos sábados seguidos.
Después, el sueño: llegaba con ojeras violetas, bostezando a media mañana, y a la pregunta directa contestaba ‘nada, que me cuesta dormir’, con la naturalidad de quien no le da importancia porque aún no la tiene.
Después, el miedo. Eso fue lo que le quitó a Sabela la confianza en aquella espera: una niña de dieciséis años que de pronto no quería quedarse sola en la tienda mientras ella subía a por tarros, que sobresaltaba cuando el viento movía la persiana, que miraba dos veces por la ventana antes de irse a casa, al mediodía, a pleno sol.
El jueves por la noche llamó la madre de Nadia.
La niña tenía décimas desde el lunes, nada grave, treinta y siete y medio, siete y ocho; pero lloraba por las noches sin saber por qué, decía que había ‘una cosa’ en su cuarto, y la pediatra de Monforte —porque habían ido, por supuesto que habían ido— no encontraba nada.
La madre lo contaba con la voz de la vergüenza, la voz de la gente que llama a la botica cuando ya ha llamado a todos los demás.
—Yo no creo en esto —dijo la madre, que era lo que decían siempre—. Pero mi suegra dice que la traiga. Y la niña dice que si va a algún sitio, es a tu casa.
—Que la traiga mañana —dijo Sabela—. A las siete de la tarde. Y quédese usted en la tienda, no suba, y traiga una muda de la niña. Y no le digan a nadie a qué vienen. Ni a la abuela. Nadie.
Colgó y se quedó quieta un momento, haciendo la cuenta que su abuela le había enseñado a hacer: esto ya no era un susto de cría.
El bulto había prendido. Había que quitarlo, y quitarlo era una de las curas grandes, una de las de verdad, de las que la casa hacía dos veces al año en los tiempos malos. De las que costaban de verdad.
Bajó de nuevo a casa de Ciriaca a la mañana siguiente, al alba, para cerrar la hora de la cura que habían previsto para aquella semana. La encontró ya despierta, como si la hubiera estado esperando. Quizá la estaba esperando. Con Ciriaca nunca se sabía.
—Prendió —dijo Sabela desde la puerta.
—Ya. —Ciriaca la hizo pasar—. Lo vi el martes. La nena tenía la sombra. Lo que preparamos para esta semana ya no puede esperar. —Preparó el café sin preguntar—. ¿Cuándo?
—Esta tarde. A las siete. Vienen ella y la madre.
—Bien. —La vieja se sentó, despacio, y por primera vez Sabela le vio la edad en el gesto, los ochenta y dos años posándose un momento en las rodillas—.
Escúchame, rapaza, que esto es lo importante del año y quizá de tu vida.
Esto no es la becerra ni el ahogo de Amancio.
Esto es un meigallo prendido en una niña, y quitarlo es de las cosas que la casa hace de cara a lo oscuro.
Necesitas una testigo, y la testigo soy yo, y no es por cortesía: es porque si la cura te tira a ti más fuerte de lo que puedes, alguien tiene que estar ahí para sujetarte la mano y llamarte por tu nombre.
Eso es lo primero. Lo segundo: la nena tiene que querer.
No la madre, no la abuela: ella. Si la niña dice que no, o no dice nada, paramos y esperamos, aunque nos cueste.
Lo tercero… —la vieja la miró fijo—: esta cura cobra caro. De las caras. ¿Lo sabes?
—Lo sé —dijo Sabela, y tenía la boca seca.
—No lo sabes —dijo Ciriaca, sin crueldad—.
Lo sabrás esta noche. Iso xa o sabes, en el fondo, pero saberlo y pagarlo son dos bautizos distintos.
—Se levantó—. A las seis y media estoy en tu casa.
Trae agua de la fuente de esta mañana, la de antes de que salga el sol.
Y hierba de San Juan, que ya está en punto, aunque sea pronto. La casa sabe cuál.
Nadia vino a las siete, con su madre, con la cara pequeña y los ojos grandes de quien lleva cinco noches sin dormir del todo.
Sabela se la quedó mirando desde la puerta, y con el rabillo de ese segundo oído que no era oído le vio la sombra: una cosa gris y pegada, como una ropa húmeda que la niña llevaba puesta sin saberlo, más oscura en el hombro izquierdo, donde colgaba la mochila todos los días.
—Nadia —dijo Sabela, delante de la madre, con la voz de la tienda—.
Tengo que preguntarte una cosa delante de tu madre, y vale decir que no.
Tú tienes una cosa mala pegada. No es una enfermedad; es una cosa que te han echado, y se puede quitar, y yo sé quitarla, pero solo si tú quieres. ¿Quieres que te la quite?
Nadia la miró. Tenía dieciséis años y los ojos llenos de un miedo que ya no era infantil, y dijo con una voz que le salió entera:
—É que… sí. Quiero. Me la quitas, por favor.
—Eso, miña nena —dijo Sabela—. Eso era todo.
Lo que pasó en el cuarto de curar entre las siete y las nueve de aquella noche, el pueblo no lo supo nunca entero, y esta casa no lo cuenta con detalle.
La madre se quedó abajo, en la tienda, con una taza de algo que Ciriaca le había hecho y con la cara de quien ha cruzado una puerta que no pensaba cruzar.
Arriba, la habitación olía a hierba de San Juan machacada y al agua de la fuente de la mañana.
La ventana estaba abierta al huerto, porque las cosas que salen necesitan salida.
Ciriaca se sentó junto a la puerta, de espaldas a ella, con las manos cruzadas sobre el bastón: la que sujeta.
Sabela trabajó despacio. Primero la mano, sin tocar, recorriendo el aire alrededor de la niña como su abuela recorría las ubres: buscando.
La sombra tenía raíz, y la raíz estaba donde ella sabía que estaría, en el hombro de la mochila, en el sitio donde la envidia la había colgado.
Después las palabras. Esta vez fueron las viejas, las enteras, las que solo se decían para esto, y salieron de ella con una música que le venía de más atrás que la memoria:
—Con la Salve comienzo, / Santa Mariña, a esta nena atiendo, / hierba y agua de la fuente le traigo: / lo que le echaron, que se vaya, / lo que es suyo, que se quede, / y la mano que lo ató, que se vacíe.
Y al final, con la voz ya no de Sabela sino de la casa entera, de Mariña y de la madre de Mariña y de todas las que habían dicho eso en esa habitación, la orden de siempre, la que se gritaba a lo oscuro con el puño cerrado y el pulgar fuera:
—¡Meigas fóra!
La sombra se soltó. Sabela la sintió salir como se siente salir un empacho: con resistencia, con agarre, con ese último tirón de las cosas que no quieren irse.
Tiró de ella —porque era ella quien la sacaba, con las manos abiertas, hacia la ventana, hacia el aire de mayo— y la sombra pasó por ella de camino, como todo pasaba por ella, y al pasar le pagó.
Lo que le quitó, se lo quitó tan limpio que no le dolió.
Esa era la crueldad fina de las peaxes grandes: no dolían.
Simplemente, al llegar la sombra a su pecho de paso, hubo un momento en que Sabela supo que algo se cerraba en ella, una puerta pequeña, una puerta que no sabía que existía hasta que oyó el clic suave de la cerradura.
Y después la sombra salió por la ventana y se la llevó el aire, y Nadia lloró un rato con la cabeza en el hombro de la curandera, ya sin miedo, llorando de descanso, y Ciriaca se persignó una vez, bajo, sin que nadie se lo hubiera pedido.
Abajo, la madre las esperaba con la cara lavada de tanto contenerse.
Nadia bajó de su mano, dormida en vida, y se durmió en el coche antes de que salieran del pueblo, con la primera fiebre cero de la semana.
La madre quiso pagar. Sabela aceptó lo de la casa: lo que costaban las hierbas.
El resto ya estaba pagado. Más que pagado.
Cuando se fueron, Ciriaca se quedó un rato.
Las dos mujeres se sentaron junto a la lumbre apagada —hacía ya calor para lumbre, pero la casa la pedía igual, había noches que pedían fuego aunque sobrara el calor— y estuvieron un rato sin hablar, como habían estado sin hablar Mariña y Ciriaca cincuenta veces, en esa misma silla, después de noches como esa.
—La puerta —dijo Sabela al fin—. La que se cerró. ¿Qué era?
—No lo sé —dijo Ciriaca—. Cada una paga distinto. Tu abuela pagaba distinto cada vez. Unas veces eran horas de sueño, otras eran cosas que no se veían. —Se inclinó—. ¿No lo notas?
—Noto que se cerró. No noto qué era.
—Lo notarás. Un día lloverá, o habrá un olor, o un sabor, o una música, y estará ahí la cerradura. —La vieja la miró con esa ternura dura que era su única ternura—. No te asustes cuando la encuentres. Ya está pagada. Las cosas pagadas no hay que llorarlas dos veces, que la segunda también cobra.
Se levantó para irse. En la puerta, se volvió:
—Y que te quede una cosa de esta noche, más que la cerradura: me trajiste el bulto.
Antes de intentar quitarlo, me lo trajiste.
Eso es la casa bien llevada. La cura no es oficio de lobas solas, rapaza.
Lo que no hicimos bien fue medir la espera.
La próxima vez no basta con poner un día: si cambia la sombra, cambiamos el día.
Somos tres o cuatro las que quedamos; trabajamos juntas o no trabajamos. Iso… bueno. Eso ya lo sabes.
Se fue. Sabela cerró la puerta, subió, y se durmió como se dormía después de las grandes: de golpe, doce horas, sin un solo sueño.
Encontró la cerradura dos días después, y fue tal como Ciriaca había dicho.
Llovió el domingo por la tarde, un chaparrón de mayo, breve y rotundo, que dejó el huerto brillando y el valle entero oliendo a su olor más viejo.
Sabela salió al patio, como salía siempre después de la lluvia, como había salido desde niña: a respirarlo.
El olor de la tierra mojada, fuerte y dulce, el olor que sube del suelo después de la lluvia. El olor de llegar a casa.