La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Abrió los brazos apenas, inspiró hondo, y esperó. Esperó como se espera a una golondrina, con la certeza vieja de que viene.

El olor estaba ahí. Olía perfectamente: a tierra, a hierba, a agua sobre piedra caliente.

Lo olió entero, con todos sus matices, con la nariz de siempre.

Y no pasó nada. El olor estaba y no llegaba.

Era como mirar la foto de una comida: toda la información, ninguna cena.

La tierra mojada le entraba por la nariz y se quedaba en la nariz, y detrás de la nariz había una puerta cerrada, y detrás de la puerta, ella lo sabía como se saben las cosas de la casa, había estado siempre una habitación pequeña que se llamaba ‘ya estás a salvo’, ‘ya estás en casa’, ‘el mundo es un sitio que te quiere’.

Ya no. La habitación estaba, pero la llave se la había llevado la sombra de Nadia, de paso, en su camino hacia el aire.

Sabela se quedó quieta en el patio, con la cara levantada, bajo el cielo que se abría.

No lloró. Pensó: esto es lo que pagó mi abuela cincuenta veces.

Cincuenta puertas. Pensó: por eso sonreía así, con ese fondo.

Pensó: Nadia duerme esta noche sin miedo, y ha sido barato.

Ha sido barato, repitió, con la obstinación de la que se convence, y solo entonces le temblaron las manos, y se metió dentro, y cerró la puerta del patio, y se puso a hacer la cena con una precisión de relojera, que era la manera que tenía la casa de llorar sin testigos.

Le quedaba, eso sí, una consolación inesperada que descubrió esa misma noche: los olores seguían todos ahí.

El romero olía a romero, el café olía a café, el tarro de cera olía a cera.

Solo faltaba el camino, no los caminos: una sola cerradura, no la casa entera.

Lo agradeció con una gratitud que le sorprendió por intensa.

Las peaxes cobraban, pero cobraban con precisión de cirujano; no eran el incendio, eran la habitación.

Eso también estaba en el diseño, pensó, y también era viejo, y también había que respetarlo, aunque no se entendiera.

Esa noche, en el cuaderno das peaxes, escribió con la letra despacio:

‘Nadia, el meigallo. Quitado entre dos, con Ciriaca sujetando. La niña duerme. Pagado: doce horas de sueño, y la llave de una habitación. La habitación era la de la lluvia: el olor de la tierra mojada ya no me lleva a ninguna parte. Huele, y no llega. Que conste que valía la pena. Que conste que aun así.’

Y debajo, porque el cuaderno era para la verdad entera: ‘No sé cuántas habitaciones tengo. Nadie lo sabe hasta que las va pagando.’

Al sábado siguiente, Nadia volvió a la tienda con el apetito de siempre y un brillo nuevo en los ojos, el brillo de la gente que ha pasado por algo y ha salido.

No hablaban del tema. La casa no hablaba de los temas: los archivaba.

Pero a media mañana, entre tarro y tarro, la chica dijo, con el tono de quien lleva una semana preparando una bomba:

—É que… Sabela. Una cosa. La noche de San Xoán. Las siete hierbas, el rocío, todo eso. Quiero hacerlo contigo este año. Y quiero… —tragó saliva— enseñarlo. En directo. Con el móvil. Para que la gente vea cómo es de verdad, no las tonterías que salen en internet.

Sabela dejó el tarro en la mesa. Su abuela se revolvía en algún sitio, y Ciriaca golpeaba el suelo con el bastón, y el pueblo entero se asomaba por la ventana de un teléfono de dieciséis años.

—Eso hay que pensarlo —dijo, que era la frase de la casa para las cosas que desbordaban—. Mucho. Ya hablaremos.

—Eso es un sí a medias —dijo Nadia, radiante, con esa cara que ponía cuando el mundo le hacía caso.

—Eso es un ‘ya hablaremos’ —dijo Sabela.

Pero sonreía, y la chica lo vio, y esa tarde el pueblo entero lo supo, porque Nadia era incapaz de guardar una alegría, y a Sabela no le importó.

Las alegrías, a diferencia de las sombras, podían ir sueltas.

Había pasado ya suficiente tiempo escondiendo las cosas buenas, pensó: la casa había curado la sombra de la niña; que la niña presumiera de luz era parte del tratamiento.

Ya en serio, antes de irse, Nadia le enseñó el móvil: las cuentas que seguía, los vídeos que le salían —fuegos artificiales, gente con disfraces, una chica de Vigo que hablaba de ‘magia’ con un sombrero puntiagudo de tienda de fiesta—.

Sabela lo miró todo con la cara de quien ve fotos de un país extranjero.

—¿Ves? —decía Nadia—. Esto es lo que hay. Por eso quiero enseñar lo nuestro. Lo de verdad. Las hierbas, la fuente, lo que dices tú. Sin sombreros.

—Sin sombreros —repitió Sabela—. En eso estamos de acuerdo, por lo menos.

—Le devolvió el teléfono—. Pero una cosa, Nadia, y esto no es negociable: si algún día se hace algo, se hace de lo que se puede enseñar.

Las hierbas, el rocío, la fiesta. Lo que pasa en el cuarto de arriba no se enseña.

Ni en directo ni en diferido ni en broma.

—Pactado —dijo Nadia, y lo dijo con tal solemnidad que Sabela le creyó.

Y esa noche, sola ya, Sabela pensó que quizá no era mala idea del todo: que el valle llevaba ochenta años contando a su abuela en voz baja, y que quizá le tocaba a esta generación contarla distinto, en voz alta, con luz.

O quizá era el cansancio. Decidió que lo decidiría en junio, que ya quedaba menos.

El quién llegó por su propio peso, como llegaban siempre los quiénes: no confesado, no acusado, simplemente visible de repente, como una ortiga después de la lluvia.

Fue Xoana quien trajo la mitad del mapa, el lunes, sin saber que lo traía. Hablaba de otra cosa —de la excursión de fin de curso— y de pronto dijo:

—Por cierto, qué raro: la madre de la Estela no me ha dicho ni buenos días en tres semanas. La de Nadia, tampoco. Y antes eran de las de pararse a charlar. —Se encogió de hombros—. Habrá dicho yo algo.

Sabela siguió pesando tomillo con la cara de siempre.

La Estela: la compañera de pupitre de Nadia, la niña que había suspendido tres en marzo cuando a Nadia le habían dado la mención de la comarca por el trabajo de ciencias.

La niña cuya madre había dicho en el patio, delante de varias, que ‘a algunas les regalan las notas por el apellido’, que no tenía ningún sentido —los Otero no eran nadie— salvo como lo que era: la envidia buscando una gramática.

La otra mitad del mapa la puso Ciriaca el miércoles, sentada en la silla buena, con su café.

—La familia de la otra cría no ha ido a la feira —dijo—. Todo el mundo ha ido a la feira menos esa familia. Y el padre ha cambiado de banco en la misa. —Tomó un sorbo—. No hace falta más. Quien huye del sitio donde están los demás es quien tiene algo guardado en el bolsillo.

—¿Y ahora qué? —preguntó Sabela—. ¿Se dice algo? ¿Se hace algo?

—No se dice nada. —Ciriaca lo dijo con la rotundidad de quien ha visto los dos caminos—.

Esto no es como el rumor de las vacas, que se apagaba con un papel.

Esto no tiene papel posible. Si dices el nombre, la familia lo niega, la niña de ellos sufre, la tuya queda marcada, y el valle se divide por la mitad durante veinte años.

La casa no hace eso. La casa quita la sombra y se calla el nombre.

—Se terminó el café—. La mano que ató el bulto ya sabe que se desató.

Eso le llega solo, no te preocupes. Y le llega también saber que nosotras sabemos y no decimos.

Es la única justicia que da este oficio: la del que sabe que sabes. Le dura más que la cárcel.

Sabela asintió. Había una rabia en ella que no se iba del todo —una niña de dieciséis años, pensaba, una cría que pesaba hierbas—, pero entendía la regla: el oficio curaba, no castigaba. El castigo era de otros oficios, y el valle ya tenía demasiados.

—La madre de la Estela aprendió de alguien —dijo, sin embargo, porque esa parte no la soltaba—. El bulto estaba bien hecho. Eso no sale de internet.

—No. —Ciriaca se quedó un momento callada—.

Hay familias que guardan la otra mitad del saber.

La mitad de atar. Tu abuela decía que en cada generación hay una casa que da y una casa que cobra, y que hay que saber cuáles son las dos.

—Se levantó—. Eso no lo escribas en ningún cuaderno, rapaza. Eso se sabe y no se apunta.

Esa noche, Sabela no lo apuntó. Lo pensó, eso sí, largo rato: una casa que cobra.

En algún lugar del valle, en alguna cocina, había alguien que sabía hacer figas de hierba con el pulgar por fuera y que se las enseñaba a quien sentía que la vida le debía algo.

Eso no se curaba con ensalmos. Eso se curaba de otra manera, más lenta, que su abuela le había enseñado sin enseñarla: haciendo que la casa de dar fuera más fuerte, más abierta, más necesaria, hasta que la otra se quedara sin clientela.

Las guerras del valle no se ganaban. Se ganaban las paces.