La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Los días siguientes trajeron las pruebas de que la cura había prendido del lado bueno.

Nadia volvió a dormir —lo contaba su madre en la panadería, a quien quisiera oírlo, con el asombro de quien ha visto salir a su hija de un pozo—.

Las décimas no volvieron. La niña del hombro con sombra volvió a reírse en la calle con sus amigas, y si la Estela cruzaba por otro lado, nadie se lo tenía en cuenta a una cría.

El jueves, la madre de Nadia dejó en la puerta de la botica una cesta con pan, empanada y una botella de licor café casero, sin nota, porque las cosas grandes no llevaban nota en ese valle.

Esa misma tarde, Padre Anxo pasó por la tienda. No entró a comprar nada —nunca entraba a comprar nada—; se quedó en el quicio de la puerta, con el sol de la tarde a la espalda, y miró los tarros como quien mira un altar que no es el suyo.

—La niña de los Otero está mejor —dijo. No era pregunta. El párroco lo sabía todo, ese era su oficio.

—Está mejor —dijo Sabela.

—Bien. —Padre Anxo asintió. Hubo una pausa en la que cabían treinta años de la parroquia y sesenta de la botica—.

Su abuela y yo teníamos un acuerdo, ¿lo sabía?

Yo no le preguntaba a ella y ella no me preguntaba a mí, y entre los dos se cubría todo el pueblo.

Unas veces lo mío llegaba antes, otras lo suyo.

Nunca nos estorbamos. —Se ajustó el sombrero, ese sombrero viejo que solo se ponía para darle importancia a una salida—.

No sé si usted y yo tendremos un acuerdo así. No tengo prisa por saberlo.

—Yo tampoco —dijo Sabela—. Pero la puerta está abierta, Padre. Como con la abuela.

—Ya lo veo. —Sonrió apenas—. Que descanse. Tiene mala cara, hija.

—Es el precio de la semana —dijo ella, y él no preguntó más, y eso, en el fondo, ya era un acuerdo.

Y el pueblo —el pueblo que tres semanas antes murmuraba sobre Mariña— registró el asunto a lo pueblo: no se sabía qué había pasado, pero se sabía que la niña de los Otero había estado mal y que ya estaba bien, y que de por medio había habido una tarde en la botica con la puerta cerrada.

Contan por aí, decía Lula en el bar, y no acababa la frase, porque nadie sabía cómo acabarla.

El prestigio de la casa no se midió en palabras: se midió en que la señora Carmen volvió con la nieta, sin llamar, un martes cualquiera, y dijo ‘nos dijiste que viniéramos’, y Sabela las subió al cuarto de curar, y el mal de ojo de la niña fue cosa de un rato, de los pequeños, de los de jarabe, y la abuela salió llorando de gratitud y la niña salió comiéndose un caramelo, y la acera de enfrente perdió aquel día un par de clientes más.

Solo quedó una cosa por hacer, y Sabela la hizo el último día de mayo, sola, al anochecer.

Bajó a A Fonte Vella con una jarra, como tantas veces.

El agua caía con su paciencia de siempre.

Había llovido esa mañana, y el sendero olía a tierra mojada, y ella lo olía, y no llegaba, y ya no le dolía tanto: le dolía como duelen las cicatrices, que es un modo de no doler ya.

Se agachó junto a la pila, mojó las manos, y dijo en voz alta, porque la fuente era uno de los dos sitios donde hablar sola no era hablar sola:

—Abuela. La niña está bien. Yo pagué lo que había que pagar, y estoy entera, que es lo que cuenta.

—Se quedó mirando el agua—. Me falta una habitación.

No te lo cuento para que me la devuelvas, que sé que no se puede.

Te lo cuento para que conste. Tú lo llamabas ‘llevar la cuenta’.

Pues ya la llevo. —Se secó las manos en la falda—.

Y a pesar de todo, vieja, me gusta este oficio.

Eso no me lo quita nadie. Ni las peaxes ni las figas ni las casas que cobran.

El agua siguió cayendo, indiferente y amable.

Sabela subió al huerto con la jarra llena, y en la escalera de atrás se detuvo, como se detenía siempre, a mirar el valle.

La torre de San Xurxo, los tejados, el humo de las lumbres de la cena.

Su pueblo. Su pueblo desconfiado, murmurador, supersticioso, agradecido, que le hacía figas a la espalda y le dejaba cestas en la puerta.

El único sitio del mundo donde su oficio tenía nombre.

Pensó, sin buscarlo, en Iago Lamela. En cómo había estado en la habitación del ahogo de Amancio, quieto, sin estorbar, mirando con esos ojos de instrumento que ya no medían del todo.

Apenas había tenido un rato a solas con él aquella semana —los establos de mayo, las parideras de las ovejas, la vida— y la notaba, esa ausencia, con la precisión con que notaba las demás ausencias.

Este hombre se ha quedado a vivir en mi semana, pensó, y se asustó un poco, y decidió no pensarlo más hasta junio.

Arriba, en la mesilla, el cuaderno das peaxes esperaba.

Había que escribir la entrada del mes, la de la casa: «Mayo.

Dos vacas de Amancio por el maíz —no fue meiga, fue hongo; el papel lo tiene el veterinario.

El meigallo de Nadia, quitado. La Carmen volvió con la nieta.

La casa sigue.» Y debajo, pequeño, para la verdad entera: ‘Echo de menos algo que no sé qué es. Ciriaca dice que no se llora dos veces. No lloro. Pero quede escrito que hubo algo que valía la pena llorar.’

Cerró el cuaderno. Fuera, en el valle, empezaba junio, y con junio venían las hierbas de San Xoán, que ya asomaban amarillas en los ribazos, y la noche más corta del año, que en aquella casa nunca había sido una noche cualquiera.