Capítulo 10
Iago
El informe definitivo llegó el último martes de mayo, en un sobre de la cooperativa con copia al ayuntamiento y copia a la ADSG, porque ya era un asunto con papeles. Iago lo leyó de pie, en el consultorio, y después lo leyó sentado, que era como leía las cosas importantes.
Era un buen informe. Frío, numerado, impecable, con esa belleza seca de los papeles que dicen la verdad sin que les importe.
Análisis de la zona norte del silo de maíz de la explotación Codesido: niveles de tricotecenos y zearalenona muy superiores a los límites, compatibles con fallo hepático agudo en animales sensibles.
Los dos animales muertos —la Manchada, la Castaña— eran las dos vacas más viejas del lote de ordeño de primera fila, las que comían de la cama de abajo, la que se alimentaba del fondo del silo.
El resto del establo, sano. Los vecinos con el mismo pienso compuesto, sin casos: su maíz no venía de ese silo, venía en saco, de otro origen.
El círculo se cerraba con un clic que Iago oyó en la cabeza como una puerta de coche bien cerrada.
No había misterio. Había una pared norte que había dejado pasar la humedad del invierno, un fondo de silo podrido, y dos vacas viejas que habían comido de donde no debían.
Y había, eso sí, una lección que el informe no escribía y que Iago escribió él en su cuaderno: ‘La máquina dice qué. La casa dice quién. Hacen falta las dos.’
Rubén se encargó del resto, con la eficiencia plomiza de la Administración en los asuntos menores.
El cabo subió al prado una última vez, tomó nota, fotografió el silo ya vacío y la pared norte con su mancha de humedad, y redactó el parte final: «muerte por causa accidental, contaminación de alimento almacenado, sin indicios de acción humana ni riesgo sanitario vigente».
Lo leyó en voz alta en el bar, no oficialmente, sino con la voz de quien anuncia el resultado de un partido, y remató con su coletilla:
—Esto en Cádiz habría sido un atropello o una pelea. Aquí os morís de humedad. Qué manera tan tranquila de tener desgracias, oigan.
El corro rio. La noticia corrió. Y fue entonces cuando se produjo el gesto que Iago recordaría de aquella semana: Amancio Codesido, que estaba en el bar, que últimamente vivía un poco en el bar, cogió el parte de manos de Rubén, lo miró, y le dijo al camarada de barra que le diera un bolígrafo.
Firmó el margen con su nombre grande y tembloroso, como se firman las paces.
—Que conste —dijo—. Que conste que el papel lo firma el que perdió las vacas. El que quiera seguir buscando culpables de ultratumba, que me busque a mí, que estoy vivo y contesto.
Y después hizo una cosa que no estaba en ningún protocolo: pidió a Lula el teléfono, marcó un número mirando una tarjeta, y dijo al auricular, con la cara encendida:
—Sabela. Amancio. Que ya está. Que el papel dice el maíz y yo lo he firmado. —Pausa—. Ya lo sé que usted lo sabía. Eso lo sabíamos todos menos los listos. —Otra pausa, y la cara se le ablandó tanto que el bar entero fingió no ver—. Sí. Ella también estaría contenta. Venga, hasta luego.
Colgó, se terminó el vino, y añadió al aire del bar:
—La vieja me curaba a mí de niño. Los cólicos. ¿Lo sabíais? Pues eso. Y mi madre le llevaba los análisis de sangre para que los mirara, y la vieja los miraba con la misma cara con que miraba las vacas, que es la cara de la que sabe. Ya está. Ya lo he dicho. Que me pongan otro.
Iago lo contó después al cuaderno, porque aquello era el acta de cierre de algo.
La sospecha que había empezado en abril con una vaca limpia en un prado terminaba a finales de mayo con una firma en el margen de un parte de la Guardia Civil.
La ciencia había puesto el papel. La casa había puesto a Amancio de pie para firmarlo.
Y el pueblo —el pueblo que era el verdadero paciente— había curado de la primera fiebre de la desconfianza, que no de la última: eso lo sabía cualquiera que hubiera vivido allí más de un año.
Faltaba la otra firma, la del otro libro, y se hizo al día siguiente, en la botica, con café de por medio.
Amancio subió con su chaqueta buena, y Sabela sacó el libro grande de la casa, el de la letra de Mariña, y escribió en la página nueva, delante de los dos hombres: «2026, mayo.
La casa Codesido: dos vacas, el maíz del silo.
El veterinario: el papel. La botica: el amo.
Cerrado.» Y Amancio, con la solemnidad de un notario de aldea, firmó debajo, grande, en la página de Mariña, y al lado, en el cuaderno de visitas de Iago, en la última línea del caso, volvió a firmar.
—En los dos libros —dijo—. Que yo he visto las dos cosas con estos ojos, y cuando me muera y me pregunten, quiero que conste en las dos contabilidades. A vaca non miente, y yo tampoco, cuando aprendo la lección.
Los tres se quedaron un momento mirando las dos firmas, la de la casa vieja y la de la libreta nueva, tan distintas y tan iguales.
Sabela cerró el libro con cuidado. Iago pensó que acababa de asistir a un tratado internacional celebrado en una trastienda con olor a romero, y que ninguna facultad le había enseñado el protocolo para esto, y que era una lástima.
Sabela aprovechó entonces para soltar lo que llevaba madurando desde la semana del rumor:
—El sábado que viene abro la tienda de otra manera —dijo—.
Consulta a puerta abierta, como hacía la abuela los días de feira chica.
La mesa fuera, la gente entra, pregunta, mira los tarros, se lleva lo que necesite.
Que vean la casa entera, que no hay cuarto oscuro.
Lo oculto se llena de figas; lo abierto, de gente.
—¿Y las curas? —preguntó Amancio—. ¿Las haces delante de todos?
—Las curas no —dijo Sabela—. Las curas son de cada uno y de su puerta. Lo de fuera es solo la tienda. Pero la tienda también asusta, Amancio; a usted no, pero a muchos sí. Que vean que es una tienda. Con tarros. Con precios escritos.
Iago la miró. Entendía la jugada, y le parecía buena: la desconfianza se alimentaba de puerta cerrada.
Pero también le pareció arriesgada, porque había visto ya lo que pasaba cuando ella trabajaba delante de gente —la figa a la espalda, los ojos— y porque sospechaba que ‘consulta abierta’ significaría, en la práctica, medio pueblo pidiendo algo en una mañana.
—¿Y usted qué opina? —le preguntó ella, pillándolo en la mirada.
—Que es buena idea y que va a necesitar a alguien en la puerta ordenando la cola —dijo él—. Yo tengo el sábado libre de ocho a doce.
Ella lo miró un segundo. Amancio los miró a los dos, con la cara de quien ha visto muchas vacas y reconoce los comportamientos.
—Pues ya está —dijo Amancio, levantándose—.
El veterinario hace la cola, la meiga hace la tienda, y yo me llevo a mi mujer a que vea que el mundo sigue andando.
Esto va a ser la feira chica con hierbas, vamos.
—En la puerta se volvió—. Y gracias. A los dos.
Que hay gente que tiene mucho que agradecer y poca vergüenza para hacerlo, y yo no soy de esos.
El sábado de la consulta abierta, Soutomouro amaneció con un día de esos que la primavera regala dos veces al año: claro, tibio, con el valle verde hasta el borde de los ojos.
A las nueve había ocho personas delante de la botica.
A las diez, veinte. Iago hizo la cola con la seriedad absurda que ponía en todo —numeró mentalmente, ordenó por urgencias, mandó a los que solo miraban a la parte de la mesa de las hierbas— y nadie protestó, porque en los pueblos una cola ordenada es un espectáculo más.
Vio pasar de todo. La señora Carmen con la nieta, que salió comiendo un caramelo.
La viuda de Pepe, que compró tres tarros y contó su insomnio entero.
Manel, el del taller, que vino a decir que la mujer ya dormía y a comprar más.
Dos hombres de la baixada que no entraron pero que se quedaron veinte minutos mirando la mesa desde la acera de enfrente, y al final uno cruzó, cogió un tarro de hierba de San Juan, pagó sin mirar a Sabela a los ojos, y se fue —y Sabela le dijo ‘buenas tardes’ a la espalda, exactamente igual que a los demás, y el hombre contestó, bajo, ‘buenas tardes’, y eso fue lo que cambió en él, nada más, nada menos.
Padre Anxo pasó a las doce, de paseo, con las manos atrás. Miró la mesa, miró la cola, miró la tienda abierta de par en par.
—Como una romería —dijo, a nadie en concreto.
—Sin procesión —dijo Sabela, desde el mostrador.
—Ya. —El párroco sonrió—. Las procesiones cansan. Esto es más cómodo. —Y siguió su paseo, y Sabela pensó que ese hombre había vuelto a decir todo sin decir nada, y que entre él y ella el acuerdo ya existía, sin firma, como las cosas viejas.
Cuando la última clienta se fue, a la una y media, la tienda olía a gente y a hierba revuelta, y los tarros de la mesa estaban desordenados como un campo después de una romería.
Sabela se sentó en el taburete, cansada del cansancio bueno, el de vender y hablar, no el otro.
Iago recogía los carteles de los precios.
—Cuarenta y tantas personas —dijo él—. Y ninguna ha preguntado por el laboratorio. Sabes lo que significa eso: ya no necesitan saber de qué se murieron las vacas. El rumor ha muerto de inanición.
—Los rumores no mueren de inanición —dijo ella—. Se duermen. Pero que se duerman ya está bien. Las casas de este valle se construyeron con rumores dormidos debajo, y ahí siguen, y no molestan.
—Qué visión tan alegre.
—Qué visión tan de veterinario, la tuya. —Ella le tiró un manojo de bramante para que atara los carteles—. Los muertos y los rumores: todos duermen debajo de todo. Lo que importa es quién les da de comer.
—¿Y quién les da de comer?
—El miedo. El aburrimiento. La envidia. —Sabela contó con los dedos, como quien cuenta tarros—. Y el que habla de más y el que calla de menos. Con que les quitemos los dos primeros platos, cenan poco.