La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Iago la miró un momento, con los carteles en la mano.

Había empezado la primavera pensando que en esa tienda se vendían hierbas.

Se estaba dando cuenta de que en esa tienda se administraba otra cosa, una cosa para la que no tenía nombre científico: la higiene de las conversaciones de un pueblo.

Si su consultorio era la sanidad del ganado, la botica era la sanidad del valle entero, rumores incluidos.

No le pareció una exageración mística. Le pareció una descripción de un servicio, con su demanda y sus horarios.

—Medio pueblo —dijo él—. He contado cuarenta y tantas personas. Tres figas disimuladas, dos de señoras que luego entraron y compraron. En descenso.

—¿Cuenta las figas? —Ella lo miró, divertida.

—Lo cuento todo. Es mi manera de querer a las cosas.

Le salió sin pensarlo, la frase con la palabra dentro, y los dos hicieron como que no la habían oído entera, con la destreza que ya tenían para eso.

Ella se puso a ordenar tarros. Él se puso a ayudarla, mal, poniendo el romero donde iba la tila, hasta que ella le quitó el tarro de la mano con un ‘deje, deje’ que sonó a otra cosa.

Quedaba un fleco, y el fleco tenía forma de bulto de hierba.

Sabela se lo había contado a medias, una mañana, con las palabras medidas: que lo de las vacas era el maíz, sí, y que si en el pueblo alguien había visto en esos días alguna cosa rara —nudos, trastos escondidos— que se lo dijera a ella y no a nadie más, porque había encontrado una cosa de esas en otro sitio, contra otra persona, y no tenía nada que ver con el ganado.

No dijo ni qué ni contra quién, e Iago entendió que no debía preguntarlo.

Lo anotó así, en la página del caso: ‘Lo de dentro del pueblo no era para las vacas. Cerrado por otro lado. Sin detalles. Respetar.’ Cerró el cuaderno.

Tenía el expediente de abril archivado por duplicado: el silo, en el papel; la sombra, en la casa de la calle empinada.

Y descubrió que no le pesaba no saber. Le pesaba no poder ayudar, que era una cosa distinta y nueva, y que no tenía cura de farmacia.

Y fue justo esa noche, la del sábado de la consulta abierta, cuando Lula subió al consultorio corriendo, sin chaqueta, con las manos temblando.

—El perro. Lúa. —La centralita del pueblo, la mujer que lo sabía todo, no sabía casi hablar—. Se ha comido no sé qué en el contenedor, la muy burra, y ahora está… la tripa como un bombo, Iago, no respira bien, se tira y se levanta y me mira…

Iago no se lo pensó. Bajó con ella, con el maletín, corriendo por la calle oscura.

La Lareira estaba cerrada ya, y en la trastienda del bar, sobre un cartón, estaba la perra: una perra de aguas cruzada, mediana, la Lúa que todos conocían, la que pedía corteza en las mesas.

Y el cuadro era malo de verdad: abdomen distendido como un tambor, arcadas vacías, respiración corta, encías empezando a palidecer.

Dilatación gástrica. Posiblemente torsión.

Iago se arrodilló, palpó, auscultó, y hizo la cuenta que no quería hacer: la torsión gástrica se arreglaba en quirófano, y el quirófano más cercano estaba en Monforte, a veinticinco minutos de curvas, de noche, y su consultorio no era una clínica de pequeños —tenía el material de grandes, las sondas de bovino, no la mesa ni la anestesia para una perra de quince kilos—.

Veinticinco minutos con una torsión evolucionando era una ruleta.

Él podía intentar la descompresión con sonda, pero si ya había torsión la sonda no pasaba, y pinchar a ciegas en esa tripa, sin ecógrafo pequeño, sin quirófano detrás, era casi tan mala apuesta.

—Lula —dijo, despacio—. Es grave. Muy grave, pero no se está muriendo todavía, que conste; lo que pasa es que cada minuto cuenta.

Lo correcto es Monforte, ahora, y llamo yo de camino para que te esperen.

Pero te tengo que decir la verdad: puede no llegar bien.

La otra opción es que yo intente estabilizarla aquí, y si la torsión está completa, no puedo.

—Se detuvo. La siguiente frase le salió sola, de un lugar que llevaba tres meses construyéndose—. O llamamos a Sabela.

Lula lo miró. En la cara de la mujer del bar pasaron tres cosas en un segundo: la costumbre, la esperanza y el miedo.

—¿Ella puede con esto?

—No lo sé —dijo Iago, honesto—. Sé lo que yo puedo y lo que no puedo, y lo que no puedo es prometerle Monforte a tiempo.

Con ella no sé los límites. Es su perra.

Usted decide. Pero si me lo pregunta como amigo y no como veterinario: llámelo todo.

A ella, a Monforte, a quien sea. Esta noche no sobra nadie.

—Llámala —dijo Lula. Y luego, a la perra, con la voz rota—: Aguanta, burra. Aguanta, que te han hecho una casa entera esperándote.

Sabela llegó en cuatro minutos, con el bolso de tela y el pelo suelto, y desde la puerta miró la escena —la perra, el maletín abierto, la dueña— y no preguntó nada.

Se arrodilló junto a Lúa, le puso la mano abierta delante del hocico, y la perra, que llevaba una hora retorciéndose, olfateó la palma y apoyó el morro en ella con un gemido bajo.

—Me lo pide —dijo Sabela—. Lula, es suya. ¿Quiere que la cure?

—Sí —dijo Lula—. Sí, por Dios, sí.

—Entonces sosténgala usted —dijo Sabela—. Y usted —a Iago— si la cosa se pone fea de verdad, haga lo suyo. Las dos cosas. Como con la Xarda.

Iago se quedó al lado, con la sonda preparada y el estetoscopio en la mano, dispuesto para el fracaso de ella.

Lo que vio fue lo que ya había visto una vez, en el cuarto de la calle empinada, pero esta vez a un metro y con una perra: la mano quieta sobre el abdomen hinchado, las palabras bajas, la concentración de la cara.

Y esta vez, porque él estaba a un metro y era veterinario, pudo medir lo que pasaba: la frecuencia respiratoria bajando por tramos, las arcadas cesando, el abdomen —lo palpó él mismo, a los veinte minutos, con la incredulidad ordenada de su oficio— blando otra vez, no del todo, pero blando.

La perra suspiró, se echó de lado, y se durmió con la cabeza en las rodillas de Lula, que lloraba sin ruido con una sonrisa que no le cabía.

Había testigos, porque en Soutomouro siempre hay testigos.

Dos de los del dominó se habían quedado a cerrar con Lula, y miraban desde la puerta de la trastienda sin atreverse a entrar, y algún vecino del barrio había bajado con la bata a ver qué eran esas luces.

Vieron lo que había que ver: la perra retorciéndose, la mujer de la botica con la mano quieta, el veterinario arrodillado al lado con sus cosas preparadas por si hacían falta, y al final la perra durmiendo y Lula llorando.

No vieron nada que se pudiera contar como un milagro: vieron algo mejor, algo que se podía contar entero en el bar sin exagerar, y que en boca de los testigos fue, al día siguiente, doce versiones que decían todas lo mismo: que la nieta de Mariña había puesto la mano y la perra se había salvado, y que el veterinario estaba allí y no lo negaba.

Eso último era lo que más corrió, lo supo Iago después con una mezcla de vergüenza y orgullo: ‘y el veterinario no lo negaba’.

El hombre de ciencia como testigo de cargo de la casa vieja.

Secundino le diría, días después, con su sequedad: ‘Has hecho más por ti mismo esa noche que en tres meses de visitas. No te pongas colorado.’

—Mañana la miro yo —dijo Iago, con la voz de su trabajo—. Le hago una revisión entera. Esta noche, agua poca y a sorbitos, y si vuelve a hincharse me llama a mí primero, ¿eh? A mí primero.

—A ti primero —dijo Lula, sin apartar los ojos de la perra.

Y entonces levantó la cara, y miró a Sabela, y en esa mirada hubo algo que se desplazó entero, como un banco de peces cambiando de dirección—.

Contan por aí —dijo, y se le quebró la coletilla, y tuvo que empezar otra vez—: Que dirán lo que quieran.

A partir de mañana, en mi bar, el que hable mal de esta casa no bebe.

Esto lo he visto yo. Con estos ojos. —Y a Iago—: Y tú, no me mires así, que sé lo que haces tú con tus papeles y también te quiero, científico.

Sabela sonrió con el cansancio de la cura ya subiéndole por las piernas, y se levantó despacio, y se apoyó un segundo en la mesa. Nadie más lo notó. Iago sí.

Salieron juntos a la calle, porque Lula se quedó con su perra dormida en brazos como una niña.

La noche era tibia, de final de mayo, con olor a higueras y a brasas apagadas de las cenas, y la plaza estaba vacía y amarilla bajo la farola.

Caminaron el medio camino que tenían en común sin hablar, y era un silencio cómodo, de trabajo bien hecho y compartido.

Junto al hórreo del pazo viejo, Iago se paró.

Se había parado porque llevaba desde la trastienda del bar con una frase andando por dentro, y las frases o se dicen o se pudren, y él ya no tenía edad de pudrir frases.

—Sabela.

—Dígame.

—No ‘dígame’. —Él se volvió hacia ella. Ella estaba cansada, se le veía, cansada de verdad, de ese cansancio que él ya no podía mirar como un dato, que se le había convertido en otra cosa sin pedirle permiso—. Mire. Yo…

Lo que él iba a decir no lo supo nunca el valle, porque en ese instante bajó por la calle un coche pequeño con la música baja, y del coche bajó Gloria Fabeiro, la alcaldesa, con una carpeta bajo el brazo y la sonrisa de quien trabaja también a las once de la noche.

—¡Qué bien encontraros a los dos! —dijo Gloria, juntándoseles con la energía de su cargo—.

Precisamente a los dos. Nós pensamos, en el ayuntamiento, que hay que sacar partido a lo de aquí.

—Abrió la carpeta, aunque no había luz para leerla—.

Un proyecto bonito: «A Botica de Mariña, punto de experiencia etnográfica».

Visitas, turismo de interior, la curandera recibiendo a la gente con su delantal…

—sonrió, encantada de su propio siglo—. Esto es bo para a vila, os lo digo yo.