La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Hubo un silencio. Iago miró a Sabela. Sabela miraba a Gloria con la cortesía de piedra de la casa.

—Es muy amable, Gloria —dijo—. Hable conmigo otro día, que hoy vengo de trabajo.

—¡Mañana te llamo! —dijo la alcaldesa, imparable, y se fue hacia su casa con su carpeta y su proyecto, dejando atrás un reguillo de luz de coche y la frase de Iago pudriéndose en el aire para siempre. O no para siempre: pudriéndose, que ya era bastante.

Caminaron los últimos metros en un silencio distinto del de antes, el silencio de lo interrumpido.

Ella iba mirando el suelo, con el cansancio ya visible en los hombros; él iba con las manos en los bolsillos, apretando la frase que no había salido como se aprieta un torniquete. En la puerta de la botica, ella dijo:

—Buenas noches, Iago.

—Buenas noches. —Y porque no podía irse con eso, añadió lo único verdadero que encontró—: La perra está bien por usted. Lula no lo va a olvidar en la vida. Ni el bar. El bar es medio pueblo.

—El bar es el pueblo entero con vino —dijo ella, y le sonrió, y cerró la puerta, y él oyó el cerrojo y después, un momento, nada más, la casa apagándose.

Iago se quedó un momento en la calle. Luego bajó, despacio, hacia su casa, y no pensó en Gloria ni en la etnografía ni en la frase interrumpida. Pensó en la manera en que Sabela se había apoyado en la mesa, un segundo, cuando nadie miraba.

Él miraba. Y ahora, por fin, lo encajaba todo: la becerra y el ojo lloroso; la Xarda y las doce horas de sueño; Amancio y los dos días grises; y esta noche, la mesa, el segundo de apoyo.

La peaxe, le había dicho ella. Cada cura cobra.

Él lo había archivado como una metáfora del cansancio, y no era una metáfora: era una tarifa.

Había algo —horas, fuerza, algo— que salía de esa mujer cada vez que entraba alivio en otro cuerpo, con la regularidad de un reloj y la contabilidad de un libro viejo.

Y lo que no conseguía encajar, lo que le zumbaba como una mosca en la ventana, era por qué aquella noche, al mirarla apoyarse, lo que había sentido no era curiosidad profesional.

Era la necesidad bruta de estar más cerca de la mesa la próxima vez.

Se paró en mitad de la calle empinada. Arriba, la botica ya estaba a oscuras.

—Está enferma de curar —dijo en voz alta, solo, como se dicen los diagnósticos difíciles—. La cura la enferma. Y no puede dejar de hacerlo, porque es la casa.

No era un diagnóstico veterinario. No había tratamiento.

Había, eso sí, una consecuencia práctica que él se dictó a sí mismo como se dictan las normas de bioseguridad: a partir de esa noche, procuraría estar.

No por el misterio. Por la mesa. Porque alguien tenía que estar más cerca de la mesa cuando ella se apoyara, y él ya no concebía que fuera otro.

Esa noche, en el cuaderno, Iago no escribió nada del perro de Lula ni del informe del silo. Escribió solo una línea, y la escribió despacio:

«Ella paga. Yo no sé con qué moneda. Averiguarlo sin que se note o pedirle que me lo cuente. No sé cuál de las dos es más difícil.»

Al día siguiente, el pueblo amaneció con la noticia de la perra —Lula la contaba llorando de risa en el bar, ‘la meiga me la ha devuelto, señores, y el veterinario lo ha visto, que le pregunten a él’— y con la cara nueva que le había salido a todo.

Iago pasó por la botica a mediodía, con el pretexto de preguntar por la noche, y la encontró atendiendo con la sonrisa puesta y la mano izquierda apoyada bajo el delantal, a la altura del vientre, apretando apenas.

Nadia, desde el fondo, le hizo una seña con la barbilla y le dijo en voz baja, con la complicidad nueva que había entre ellos desde la noche de la perra:

—Hoy tiene el eco. Tripa. Es lo de ayer, que viene de visita.

—¿Lo de ayer?

—La peaxe —dijo la chica, con la naturalidad de quien recita el horario—. Ella lo llama así. Cada cura cobra su peaje. Hoy le toca a la tripa, que es lo que tenía la perra. —Lo miró de arriba abajo—. No se lo cuento a cualquiera, ¿eh? Se lo cuento porque usted ya lo sabe.

Iago salió de la tienda despacio. Se paró en la calle empinada, con el sol de finales de mayo encima, y se permitió por fin decirlo entero, en su idioma, aunque fuera en voz baja y para un muro: correlación perfecta.

La becerra, el ojo. La Xarda, la fiebre y el sueño.

Amancio, los dos días grises. La perra, la tripa.

El paciente se curaba y la terapeuta se llevaba el síntoma en pequeño, en rebajado, en veinticuatro horas.

Lo que salía de un cuerpo no desaparecía: hacía escala en el de ella.

Pagaba el peaje de paso, exactamente como los camiones en la autopista, solo que esta autopista no salía en ningún mapa oficial de la medicina.

Levántate y vete, le dijo una parte de él, la parte de la facultad, la que archivaba: esto no puede ser.

No puede ser, y sin embargo es, todas las veces, con testigos, con resultados.

Y la otra parte —la que llevaba desde abril creciendo, la del orballo y la mesa de la feira— no discutía nada.

Solo pensaba en la mano apretando el vientre bajo el delantal, y en que alguien tendría que estar allí cada vez que eso pasara, alguien que supiera, alguien que no le hiciera la figa a la espalda sino que le sujetara el codo.

Se fue a casa andando despacio. Tenía visitas. Tenía saneamientos. Tenía un pueblo entero que empezaba a mirarlo como suyo. Y tenía un cuaderno con una línea nueva que no podía tachar, porque era la verdad:

«Iba a decirle algo junto al hórreo. Gloria llegó antes. Quizá fue suerte. Quizá no. Vamos ver.»