La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Sabela

La noche que se le rompió el mundo no tenía nada de especial.

Era el domingo siete de junio, con las noches ya largas y tibias, y A Lareira tenía las dos ventanas abiertas y el dominó en la mesa del fondo y el chorizo de la casa pasándole el olor por encima a todo.

Sabela había ido porque Xoana le había escrito cuatro mensajes —‘vienes’, ‘no te quedes en casa’, ‘te debo un vino’, ‘VIEYA, VEN’— y porque llevaba tres semanas sin salir de noche y la casa empezaba a saberle a cuaderno.

Estaban las de siempre: Xoana, Lula sirviendo y sentándose por turnos, dos de los Roque con las cartas, Manel con la mujer, y en un rincón, con un vino y su libreta negra de las multas, Rubén, que ya era casi del mobiliario.

Y estaba Iago, en la mesa larga, porque desde lo de la perra el bar lo había absorbido como absorbe el bar a todo lo que tarda en resistirse.

Sabela se sentó entre Xoana y la pared. Estaba bien esa noche: descansada, con el vestido de los domingos, con la sensación rara y buena de que el año había enderezado su rumbo.

Las vacas de Amancio pastaban. Nadia reía.

El rumor era un recuerdo ya con musgo. El pueblo entero había aprendido a quererla a las claras, o casi, y ella se había permitido, esas últimas semanas, una cosa que no se permitía desde diciembre: estar contenta sin vigilarla.

No sabía —no sabía todavía— que la alegría sin vigilancia, en su casa, era la noche antes de la factura.

Hablaron de la feira de junio, que caía el día ocho, del precio de la ternera, de la excursión del instituto, de si Rubén había visto el mar alguna vez desde que llegó —‘estoy a ochenta kilómetros del mar y es como si estuviera en Madrid’, decía él, con dolor teatral—.

Lula sirvió una ronda por lo de la perra, que ya estaba fina del todo y seguía pidiendo corteza en las mesas como si no le hubiera pasado nada, porque a los perros no les queda memoria del miedo, qué suerte tienen.

Era una de esas mesas que Sabela recordaría después con la precisión del daño: la última mesa normal.

Manel contaba la historia del tractor de los Roque, que llevaba una semana enterrado en un barbecho y que había salido, por fin, con una cadena y medio pueblo empujando y un vino de por medio.

Xoana contaba lo del teatro del colegio, que los niños iban a hacer una obra sobre ‘la historia del valle’ y que había que ver a los de doce años haciendo de abuelos con bufandas de sus abuelas de verdad.

Rubén dijo que en Cádiz los niños no hacían esas cosas, que hacían chirigotas, y le pidieron que cantara una, y él cantó dos versos con la cara colorada y todo el barrio aplaudió.

Iago no hablaba mucho, como siempre; estaba al otro lado de la mesa larga, escuchando, y de vez en cuando sus ojos se encontraban con los de ella por encima de los vasos, y ninguno de los dos hacía nada al respecto, y eso era ya una forma de conversación.

En un momento, Lula se sentó un rato con ellos, que era su manera de estar de fiesta, y dijo lo que el bar venía mascando toda la semana:

—Este año hay que hacer la noche de San Xoán como se debe. Con la hoguera grande, con la mesa larga, con todo. Después del invierno que hemos tenido. —Miró a Sabela—. Y con las hierbas de tu casa en el centro, como siempre. Que este año además hay estreno: la niña que lo cuenta por internet.

—Eso si su madre la deja —dijo Sabela.

—Su madre es la primera que quiere —dijo Lula—. Corre por ahí que la niña es famosa en Vigo. Mil personas, dicen. En Vigo, que es una ciudad, con sus luces y todo.

Y rieron, y la mesa siguió, y Sabela pensó, con la ingenuidad de las noches que no saben nada: esto es la primavera. Esto es lo que me daba la casa a cambio. Pueblo, mesa, risa, y él ahí enfrente. Lo tengo todo.

Y entonces Xoana, con la copa a media altura y la cara de la anécdota, dijo:

—Mirad, hablando de lluvia. Lo mejor del año fue ustedes dos, la noche aquella de abril, la del orballo.

—Se rio, mirándolos—. Los vi bajar la cuesta calados como dos pollos, hablando como si les pagaran.

¿Qué era, lo de las novillas? ¡Con la que estaba cayendo!

Yo le dije a mi madre: esos dos o se enamoran o cogen una pulmonía.

La mesa rio. Sabela sonrió con la mesa, por reflejo, con los labios.

Y se quedó esperando.

Porque había algo que tenía que venir y no venía.

La frase de Xoana tenía un agujero: la noche aquella de abril, la del orballo.

Ella sabía lo que era eso: la lluvia menuda, la de siempre.

Sabía que en abril había trabajado con el veterinario en las novillas de Amancio, porque estaba en su cuaderno y en su memoria de las cosas de trabajo.

Sabía que había habido lluvias en abril, porque llovía siempre.

Pero la noche aquella —la noche concreta, la cuesta, los dos calados, hablando— no estaba.

Buscó el lugar donde tendría que estar y encontró el fondo del cajón, limpio, como una habitación barrida.

Tres segundos. Luego cuatro. La mesa seguía riendo y ella tenía la sonrisa pegada a la cara como una cosa ajena, y por dentro había empezado un silencio muy grande.

—Sabela —dijo Xoana, y se reía todavía—. ¿Te acuerdas? ¡Si llegasteis chorreando! Tenías el pelo…

—Estoy cansada —oyó decirse—. Perdonad. Esta semana…

Fue Iago quien lo recogió. Lo recogió tan rápido y tan suave que nadie notó el relevo: se inclinó hacia delante, le llenó el vaso a Xoana, y dijo con la retranca de oficio:

—La pulmonía la cogí yo, para tu información. Estuve tres días con la nariz como una fuente, y tu amiga ni un estornudo. Es injusto y hay que decirlo. —Y a Lula, sin pausa—: ¿El chorizo este es el de la matanza de los primos? Porque está de vicio.

La mesa se fue con el chorizo. La conversación resbaló, se rehízo, siguió.

Solo Sabela se quedó un momento en el sitio donde se había quedado, mirando su vaso, con el silencio grande todavía zumbándole dentro.

Cuando levantó la vista, Iago estaba contestándole algo a Rubén sobre los horarios de los saneamientos, con la cara de siempre.

Y ella entendió, entera, de golpe, con la claridad de las caídas: él sabía.

No sabía qué —eso no lo sabía nadie, ni ella misma sabía ya qué— pero sabía que había un agujero, y que esa noche el agujero se había asomado a la mesa, y él lo había tapado con un vaso de vino y una tontería de la pulmonía con la práctica de quien lo había hecho antes.

La pulmonía. Ella no recordaba ninguna pulmonía suya.

Él sí la recordaba, o se la había inventado en tres segundos para tapar el agujero, y en cualquiera de los dos casos la había tapado a ella.

Le temblaron las manos bajo la mesa. Las apretó contra las rodillas, una contra otra, hasta que se le pasó, o hasta que se disimuló solo.

—¿Estás bien? —le dijo Xoana, bajo, de verdad ahora, mirándola de cerca.

—Sí —dijo Sabela—. El sueño. Me cuesta esta semana.

—Pues vete a dormir, tonta. Te acompaño.

—No, quédate. —Sonrió, y esta vez le salió—. Estoy bien. Es la temporada, Xoana. Las hierbas de San Xoán no se cosechan solas, y este año quiero tener la tienda lista antes de la noche grande. Ya verás qué junio nos espera.

Se fue pronto, alegando la madrugada del día siguiente, y Xoana la dejó ir con un abrazo y Lula le puso un tupper con chorizo ‘para la semana’ y nadie sospechó nada, salvo quizá Rubén, que la miró irse con la cara neutra de la Guardia Civil y no dijo nada.

Iago no salió a despedirla. Siguió en su sitio, hablando con el cabo, y no la miró al salir, y esa no-mirada era la prueba final: sabía, y sabía que ella ya sabía que él sabía, y le daba la salida sin testigos.

Subió la calle empinada sola, de noche, con el tupper en la mano, y a mitad de la cuesta tuvo que pararse, no de cansancio: de la cosa que le subía por el pecho.

Había un recuerdo que ella no tenía.

Lo supo con la certeza con que se saben las peaxes: había pagado algo, en mayo, la cura de Amancio, la de los dos días grises.

Había apuntado en el cuaderno ‘pagado’ y no había apuntado qué, porque las de memoria no se dejaban apuntar: se llevaban también la memoria de la pérdida, era su diseño, era lo viejo.

Pero el diseño, hasta esa noche, había sido una abstracción con la firma de su abuela.

Esa noche tenía la forma de Xoana inclinada sobre la mesa, riéndose: ‘la noche aquella de abril, la del orballo’.

Había una noche de lluvia menuda, con él, en abril, que a ella se la habían cobrado.

Abrió la botica, no encendió la tienda, subió a oscuras, y se sentó en la cocina con el cuaderno das peaxes delante, cerrado.

Lo miró mucho rato. Era un cuaderno viejo de tapas verdes, comprado en Monforte hacía cuarenta años, con la etiqueta «CUENTAS — M.

» en la portada, escrita por una mano que ya no existía.

Mariña lo había llenado página a página: cada cura, cada precio, cada sueño de piedra.

Y Sabela lo había heredado como se hereda un terreno, y lo había continuado con su letra, y hasta esa noche lo había querido, como se quiere un instrumento del oficio.

Esa noche lo odiaba.

—¿Qué me quitaste? —le dijo, en voz alta, a la cocina vacía—. ¿Qué era? ¿Tan malo era que no puedo ni saberlo?

El cuaderno no decía nada, claro. El cuaderno solo llevaba cuentas, y las cuentas no devuelven nada de lo cobrado.

Ella misma había escrito la entrada de mayo: «Amancio, el ahogo.

Pagado.» Dos palabras para una noche entera de abril.

Estaría bien escrito, pensó con una rabia lúcida.

Estaría bien pagado, caro, justo según las reglas viejas.

Las reglas no mentían. Solo se llevaban las cosas.