Capítulo 11 #2
Y entonces, como se abre una compuerta, le vino la abuela.
No la abuela de las curas: la abuela de los últimos años, la que a veces se quedaba mirando el fuego con la taza en la mano y la cara perdida en algún sitio.
La que una vez, un agosto, le había dicho a Xoana ‘no te conozco, rapaza, ¿de quién eres?’ y se había reído después, ‘las viejas decimos tonterías’, y Xoana se había reído también.
La que ya no recordaba el nombre de la hija de la viuda.
Las viejas decimos tonterías. Cuántas de esas tonterías habían sido cobros, cuántas habitaciones cerradas, cuántas noches de abril cobradas una a una a lo largo de cincuenta años.
La abuela sonriendo con ese fondo. La abuela que no lloraba nunca delante de nadie.
La abuela que a veces —Sabela lo recordaba ahora con un escalofrío nuevo— miraba la foto del abuelo muerto con una cara extraña, no de viuda: de interesada, como quien mira la foto de un familiar de otra persona.
Le subieron las lágrimas, por fin, y lloró un rato en la cocina, sin ruido, con el cuaderno delante y el tupper del chorizo al lado, que era una manera muy del valle de estar destrozada, rodeada de las cosas de siempre: la mesa, la alacena, la silla de la abuela.
Cuando se le pasó, o se le sentó, hizo lo que la casa hacía con todo: abrió el cuaderno azul y escribió.
‘7 de junio. En el bar, Xoana ha hablado de una noche de abril con orballo, yo y él, bajando la cuesta. No está. No hay nada. Eso pagué por el ahogo de Amancio, eso o algo así, algo de abril, algo con lluvia.’ Paró.
Le costó escribir lo siguiente, físicamente, la mano se le resistía: ‘Era bueno. Tenía que ser bueno: se llevan lo más cálido. Por eso duele así, porque era bueno y él se acuerda y yo no.’
Se quedó mirando la última frase. ‘Él se acuerda.’ Había un hombre en el pueblo que guardaba una noche entera que era de los dos y ahora era solo suya.
La guardaba sin saber que la guardaba solo.
Había tapado el agujero en público con una pulmonía inventada.
Lo llevaba haciendo semanas, quizá —las miradas, las prudencias, el ‘usted duerme después’—, llevaba semanas siendo el único depositario de algo que a ella se lo habían embargado.
Y la decisión se le formó entonces, entera y fría, como se le formaban las cosas importantes: no se lo podía quedar.
No podía dejar que aquello siguiera creciendo, la mesa del bar, las tortillas, las miradas.
Porque ella iba a seguir curando —eso no era negociable, eso era la casa— y curar iba a seguir cobrándole, y cada cura grande podía llevarse cualquier cosa, cualquier tarde, cualquier cara.
No podía ponerle a nadie encima de ese incendio.
No podía hacerle a Iago Lamela lo que la vida le había hecho a su abuela con el abuelo: una foto en la mano y la cara de interesada.
Él merecía una persona entera. Ella era una persona con agujeros y con más agujeros por venir, y querer a alguien así, sin decírselo, era una estafa.
—Así que no —dijo en voz alta, a la cocina, a la abuela muerta, al cuaderno—. Vaia. No. Me oyes, abuela. No. Tú lo hiciste así: con tu abuelo y tus habitaciones cerradas, y se te perdonó todo porque eras tú. Yo no puedo. A este hombre no le voy a hacer una foto en la mano.
Escribió una línea más, la última de la noche, y al escribirla supo que era la primera mentira que le ponía al cuaderno:
«Es lo mejor para los dos.»
Lo miró. La primera mentira del cuaderno, ahí estaba, con buena letra.
La verdad habría sido otra línea: ‘Es lo peor para mí, y lo hago igual, que es como esta familia ha aprendido a querer a la gente: desde lejos, para no cobrarles nada.’ Esa línea no la escribió.
Se quedó en la garganta, donde se quedaban las líneas que no cabían en ningún cuaderno.
Se acostó sin cenar. El tupper del chorizo se quedó en la mesa de la cocina, cerrado, oliendo todavía un poco a A Lareira, a las risas de la mesa larga, a la noche normal que se había roto.
Durmió mal. Y a las tantas, en la duermevela, intentó —no pudo evitarlo— fabricar la noche perdida: imaginó la lluvia, imaginó un cobertizo, imaginó de qué habrían hablado.
Pero lo imaginado no llenaba nada; era un decorado hueco, con el olor de la tierra mojada cerrado a cal y canto desde mayo y todo lo demás sonando a imitación.
Se dio cuenta, con un frío limpio, de que ni siquiera podía añorar bien: la añoranza necesita un recuerdo donde sentarse, y ella no lo tenía.
Solo tenía el dato, escrito en el cuaderno azul con su propia letra: ‘pagado’.
Se sentó en la cama, a oscuras, con el corazón muy fuerte.
Eso era lo que quedaba de la noche de abril: el dato.
La línea en un cuaderno. Ni una imagen, ni un olor, ni una voz.
La peaxe más fina no se llevaba el recuerdo solamente: se llevaba también la materia de la que está hecha la falta.
Eso no se lo había dicho nadie. Eso lo estaba aprendiendo ella sola, a las tres de la mañana, para escribirlo algún día en el cuaderno de otra curandera que aún no existía.
No volvió a llorar. Se tumbó, miró el techo, y decidió con la frialdad de la desesperación que a partir de mañana el veterinario y ella volverían a ser lo que eran en abril: dos oficios que se respetaban.
Se acabaron las tortillas. Se acabaron los paseos de la pista.
Él no lo entendería, y ella no podía explicárselo, y esa era exactamente la distancia que hacía falta.
Abajo, en la mesilla de la tienda que ya no se usaba, el cuaderno das peaxes esperaba con sus cuentas. ‘Pagado’, decía la entrada de mayo. No decía: una noche de orballo, un tejadillo, una risa. No lo decía porque ya no podía decirlo nadie.
La decisión, a la mañana siguiente, le pareció más fácil de lo que temía, y eso debería haberle dado que pensar. Las decisiones fáciles eran las que luego se cobraban.
Se trazó las reglas con la precisión con que dosificaba: el trabajo, intacto.
Lo de Amancio, las visitas, el establo, los informes cruzados —todo eso seguía, porque era del pueblo y no de ella.
Lo que se acababa era lo otro: los cafés que se alargaban, los paseos de la pista con excusa, la mesa del bar, las tortillas.
Todo lo que no tuviera nombre de trabajo se quedaba fuera.
Ella sabía hacerlo; era una mujer de la casa, y la casa llevaba sesenta años diciendo que no con una sonrisa.
La feira del ocho de junio fue la primera prueba, y la pasó con nota y con náusea.
Hizo sus compras, atendió cuatro consultas de tarros, saludó a todo el mundo con la cara de la casa bien puesta, la que sonreía igual a los que entraban que a los que pasaban de largo.
Cuando Xoana propuso el vino de media mañana en la mesa de siempre, dijo que tenía que subir a cerrar la tienda, que venía la gente de la Carmen a mediodía.
Cuando Iago, desde el puesto improvisado donde revisaba terneros, levantó la mano para saludarla, ella contestó con la cabeza, cordial, la cabeza que se le contesta a un proveedor.
Lo vio bajar la mano despacio. Siguió con sus tarros, con las uñas clavadas en la palma, debajo del mostrador, donde no las veía nadie.
Él no insistió. Eso era lo peor: que él no insistiera.
Cualquier otro hombre del valle habría preguntado ‘qué pasa’ al segundo día.
Iago Lamela no preguntó nada: solo empezó a dejarle el paso, a hacer las consultas por nota, a no estar donde ella podía necesitar que no estuviera.
Lo ejecutaba todo con esa horrible elegancia de los que han entendido más de lo que se les ha contado, y a Sabela cada gesto de esa elegancia le reabría el agujero un poco.
Hubo una mañana, sin embargo, en la que el trabajo los juntó sin remedio: la revisión de las novillas de Amancio, la que habían dejado aplazada.
Iago la llamó al fijo, con la voz del consultorio —‘el martes a las nueve, si le viene bien a la vaca’— y ella subió a la hora, y trabajaron juntos una hora entera como dos profesionales de dos pueblos que no se conocen.
Él le informaba: ‘esta tiene el cuarto delantero bajo de leche, la miramos en julio’.
Ella asentía: ‘bien’. Ni una broma. Ni una desviación.
Al terminar, junto a la puerta del establo, hubo un momento —Sabela lo registró con el dolor entrenado de quien registra cobros— en que él abrió la boca para decir algo que no era de novillas, y ella lo vio venir y dijo primero ‘tengo la tienda, perdone’, y se fue cuesta abajo con el bolso al hombro, y no miró atrás, y a los cien metros tuvo que pararse detrás del muro de los Roque a respirar con la mano en la piedra.
Eso no lo sabía nadie. Lo escribió esa noche, porque el cuaderno azul era para la verdad entera: «Hoy he huido de un establo como si me persiguiera algo. Me persigue algo. Tiene cara de hombre bueno y se llama lo contrario de la prudencia.»
Amancio, claro, lo notó. Amancio lo notaba todo desde la cura del ahogo, se había quedado con una sensibilidad nueva que le pasaba factura a todo el mundo.
El miércoles siguiente se presentó en la botica a comprar hierba para los caballos y se entretuvo en el mostrador hasta que los clientes se fueron, y entonces dijo, mirando los tarros:
—El veterinario está raro.
—El veterinario trabaja —dijo Sabela.
—Los dos estáis raros. —Amancio la miró entonces, con esos ojos de vaca vieja que no mentían—.
Mira, niña. Yo no sé nada de vosotros y no quiero saberlo.
Pero te digo una cosa que sé de vacas, que es lo único que sé: cuando dos animales de la misma cuadra dejan de juntarse de repente, es que uno está enfermo y no quiere contagiar al otro.
—Cogió su tarro—. Eso, entre vacas, es una tontería, que el contagio no se para con cariño. Piénsalo.