La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Se fue con su hierba. Sabela se quedó con la boca abierta y con la frase rodando por la tienda entera, y esa noche le escribió en el cuaderno una línea suelta, sin fecha, como una nota al margen de su propia vida: ‘Amancio lo ha dicho mejor que Ciriaca. Los dos lo han dicho. Y aun así.’ — y al renglón siguiente, pequeño, sin poder evitarlo: ‘El contagio no se para con cariño. Pero los cobros tampoco se paran con nada. Eso no lo sabe él.’

El jueves bajó a casa de Ciriaca sin avisar, con una torta de maíz de excusa, y se lo contó. No todo. Lo suficiente: que en el bar se había visto el agujero delante de todos, que él lo había tapado, que ella había decidido apartarse de la gente que se pudiera hacer daño con sus peaxes.

Ciriaca la dejó hablar entera. Luego le dio un sorbo a su café, miró el fuego bajo de junio, y dijo:

—¿Y él qué opina?

—Él no opina. No lo sabe. Quiero decir: sabe que hay un agujero, pero no sabe…

—Rapaza. —Ciriaca la cortó sin levantar la voz—.

Te voy a contar una cosa que no le he contado a nadie vivo, y te va a doler, y es para que duela, que hay dolores que son medicina aunque no lo parezcan al entrar.

Tu abuela pagó una vez una peaxe de las de memoria.

Yo estaba, como el otro día contigo. Sabíamos las dos lo que se llevaba: no te diré qué era, que es de ella, pero era una cosa que tenía a tu abuelo dentro.

Tu abuelo se enteró —se le escapó a ella delante de él, como a ti en el bar, que estas cosas siempre se escapan delante de alguien—.

Y sabes lo que hizo tu abuelo. —La miró—.

Nada. Siguió queriéndola con el agujero y todo, cuarenta años, y nunca le reclamó la tarde que sea, y nunca la trató como una casa con habitaciones cerradas.

Murió antes que ella, y ella dijo en el entierro una sola frase, delante de mí: ‘Me quiso con las habitaciones vacías.’ Esa es tu familia, Sabela.

Por un lado la que paga, por el otro la que se queda.

Tú estás decidiendo por los dos lados a la vez, y eso no es prudencia. Es miedo.

Sabela tenía la vista fija en el mantel. Lo de la abuela le había entrado por donde Ciriaca quería.

—Él no es mi abuelo —dijo, bajo—. Y yo no soy ella.

—No —admitió Ciriaca—. Él es un veterinario de ciudad que ha vuelto a un valle y no sabe dónde se ha metido, y tú eres una niña que ha aprendido a pagar antes de aprender a que le paguen.

—Se levantó a por la jarra—. Haz lo que tengas que hacer, que para eso tienes la casa.

Pero no me vengas dentro de veinte años con que no te avisé: la soledad no es un precio del oficio.

Es una costumbre mala que se le pegó a la familia, como a otras familias se les pega la gota.

Tu bisabuela también se apartó de todos.

Tu tatarabuela igual. Y no les sirvió de nada: pagaron igual, solas igual.

La peaxe no descuenta por austeridad, hija.

Cobra lo mismo a la que se encierra que a la que se acompaña.

Aquello la atravesó. No lo contestó. Se fue a la hora, con la torta a medias y el abrazo de la vieja en la puerta, y subió al pueblo pensando en las mujeres de su familia como en una fila de casas con las ventanas cerradas.

¿Y si la tradición de estar solas no era una regla sino solo una herencia triste, como el color de los ojos?

Ciriaca le había plantado eso dentro con dos frases, y Sabela conocía la técnica: te lo dejan y se van, y luego crece solo.

No cambió su decisión. La decisión era prudente, se dijo; la decisión protegía a un hombre bueno de un fuego de años; la decisión era, además, ya un hecho.

Lo que cambió fue la calidad de sus noches.

Empezó a acostarse tarde, a ordenar tarros que no necesitaban orden, a escribir entradas largas en el cuaderno azul donde le daba la vuelta a todo con la otra cara hacia arriba.

‘La casa primero’, escribió una noche. ‘La casa siempre primero.’ Y debajo, con otra tinta de la misma pluma, sin decidirlo: ‘Que alguien le diga a la casa que no me mire así.’

Hubo también, esos días, una cosa buena, una sola, y hay que contarla.

La niña de la señora Carmen —la del mal de ojo de primavera— subió con su madre a comprar hierbas, y se quedó jugando en la tienda mientras las mujeres hablaban, y de pronto le preguntó a Sabela, con la franqueza de los seis años:

—¿Es verdad que eres meiga?

La madre se puso del color del tomate. Sabela se agachó a la altura de la niña.

—Soy curandeira —dijo—. Que es una vecina que sabe de hierbas y de otras cosas viejas, y que las sabe porque otra vecina mayor se las enseñó, como a ti te enseñan a coser. Meiga es lo que dicen en los cuentos.

—¿Y en los cuentos las meigas son buenas?

—En los cuentos de aquí —dijo Sabela—, las meigas son vecinas. Ni buenas ni malas. Como las vecinas.

La niña se lo pensó con seriedad y le dio su veredicto:

—Pues tú eres de las buenas, porque me quitaste lo del ojo y no me dolió nada.

Se fueron. Sabela se quedó con la frase puesta como un abrigo.

‘No me dolió nada.’ Las niñas no sabían que el dolor no desaparecía, que solo cambiaba de casa; y quizá, pensó, había que agradecerles eso, esa ignorancia limpia que permitía que el oficio tuviera sentido.

Ella dolía para que a las niñas no les doliera nada.

Dicho así, era casi una alegría. Dicho así, casi se lo creía.

La noche del doce de junio, cinco días después del bar, escribió en el cuaderno das peaxes la entrada mensual, y le salió corta, como las cuentas de los meses duros, y con la letra más estrecha de lo que le salía últimamente, esa letra que se le iba pareciendo a la de los últimos años de Mariña sin que ella quisiera:

«Junio. El pueblo bien. Amancio de pie. La niña de Carmen curada. Yo bien. Pagado todo.»

Miró el ‘yo bien’. No lo tachó, porque el cuaderno no era para las mentiras, pero lo dejó pasar, porque tampoco era para las confesiones.

Era para las cuentas. Y en la cuenta de junio, ella figuraba como pagada, y eso, pensó apagando la lámpara, tendría que bastar.

A alguien tenía que bastarle. Si no a ella, a la casa.