Capítulo 12
Iago
La chaqueta volvió el sábado trece de junio, en manos de una niña de dieciséis años con cara de funeral.
Iago la había dejado en la botica semanas atrás, una tarde de trabajo, la chaqueta de campo vieja, la de los mil bolsillos.
No la había reclamado porque no la necesitaba y porque —lo admitía— era un hilo, un pretexto dormido, una cosa suya viviendo en la casa de ella.
Y ahora estaba Nadia en la puerta del consultorio, con la chaqueta doblada sobre los dos brazos como una bandeja, mirándolo con los ojos de quien ha sido enviada a ejecutar algo que no aprueba.
—Sabela dice que aquí tienes tu chaqueta. Que la lavó. —La muchacha tragó saliva—. Que gracias.
Iago la cogió. Estaba lavada, sí, y olía a jabón de la tienda, a ese olor de la casa. Doblada con una precisión de oficio.
—Dile que no hacía falta —dijo.
—Díselo tú —dijo Nadia, y ahí se le escapó la misión, y se le vio debajo la cara de la semana entera—.
Perdona. Es que no sé qué habéis hecho, vosotros dos, pero esto es una porquería.
Ella está rara y tú estás raro y la semana pasada erais…
—buscó la palabra y la encontró con la crueldad de los dieciséis años— normales.
Contentos. Y ahora me manda a mí con la chaqueta como si fuera un paquete de Correos.
—Nadia…
—Lo que sea, arregladlo. —La muchacha se encogió de hombros, ya marchándose—. Ella no me cuenta nada. A ti te lo podría contar, pero no me lo cuenta. Mirad qué pueblo. —Y se fue, con su mochila y su rabia, dejándolo en la puerta con la chaqueta lavada en los brazos.
Iago cerró el consultorio con el pie y se quedó en la sala de espera, solo, oliendo la chaqueta como un idiota.
Olía a la lavandería de la casa, al jabón de siempre, y debajo, muy débil, a la tienda: a hierba seca y a cera.
Se la había llevado puesta a curas y a feiras; volvía doblada como un paquete oficial, devuelta con intereses de limpieza.
Se la puso un momento, por ver —la chaqueta le seguía quedando igual, claro, pero había algo distinto, y tardó un segundo en saber qué: olía a la casa de otra persona, y eso la hacía, a la vez, más suya y menos suya que nunca.
Luego, por costumbre de la prenda, empezó a meter las manos en los bolsillos, uno a uno, recobrando su inventario: una goma elástica, un tapón de suero, dos caramelos de menta, una entrada de cine de Monforte de hacía tres años.
Y en el bolsillo interior, el del pecho, el que se cerraba con cremallera, un papel doblado en cuatro, doblado con cuidado, doblado dos veces por manos ajenas: primero el doblez viejo de él, y encima, más nítido, el doblez nuevo de ella.
Era la hoja de la proporción del pienso.
Él la había dibujado en abril, en el establo de Amancio, en el reverso de un albarán: los porcentajes de la mezcla nueva sin el maíz del silo, cereales y leguminosa y el suplemento mineral, con sus flechas y sus números de lápiz.
Se la había dado a Amancio; Amancio la había perdido, como perdía todos los papeles; y él había vuelto a dibujarla.
La original se quedó rodando por ahí, y en algún momento fue a parar a su bolsillo, y del bolsillo…
él la había olvidado. Ella no. Ella la había encontrado al lavar la chaqueta, la había mirado, había reconocido qué era —un papel de trabajo, una nadería, algo que un bolsillo pierde sin dolor—, y en lugar de tirarla la había doblado otra vez, con cuidado, y la había vuelto a meter en el bolsillo interior, el que se cerraba, el seguro.
Iago se sentó en una de las cuatro sillas de la sala de espera, con el papel en la mano.
Allí estaba todo, en un albarán con números.
Ella lo devolvía todo: la chaqueta, limpia; el papel, guardado.
No tiraba nada suyo. Devolvía con más cuidado del que había recibido.
Eso no era el gesto de alguien que se enfada.
Era el gesto de alguien que cierra una cuenta: aquí tienes lo tuyo, al céntimo, hasta la última hoja de papel.
Las casas así no cierran cuentas por enfado. Cierran por miedo o por pena.
No lo entendía. Llevaba casi una semana sin entenderlo, desde la noche del bar, desde el momento exacto en que Xoana había dicho ‘la noche aquella de abril’ y la cara de Sabela se había quedado en blanco tres segundos —los había contado él, tres segundos eternos, antes de que él saltara con la tontería de la pulmonía—.
Ese blanco. Él conocía ese blanco, lo había visto una vez, en mayo, el día de Amancio: la habitación con un mueble menos.
En el bar había vuelto a pasar, delante de todos, y después ella había empezado a desaparecer en línea recta: la feira, la cabeza de proveedor, el martes de las novillas con su ‘tengo la tienda, perdone’ y la huida cuesta abajo.
Algo había saltado esa noche en el bar. Algo relacionado con la noche del orballo, con abril, con ella.
Él daba vueltas y vueltas al mismo circuito: ella había oído ‘la noche del orballo’ y se había quedado en blanco como si…
Como si no la recordara. Pero eso era absurdo.
Esa noche estaba en la cabeza de los dos, era la noche más viva del año, cómo no la iba a recordar.
Nadie olvidaba una tarde así. Nadie sano. Nadie—
El pensamiento se le detuvo delante como un animal en la carretera.
Nadie que pagara lo que ella pagaba. Diez horas de sueño por una becerra.
Dos días grises por un hombre. La peaxe, decía ella.
Cada cura cobra. Y él había archivado ‘horas, fuerza, algo’, como un idiota, como un contable, sin preguntarse jamás qué clase de moneda podía pagar una cura de las grandes, de las del pecho, de las que no eran de cuerpo.
¿Y si la moneda no eran horas? ¿Y si la moneda eran tardes?
Se levantó tan rápido que la silla sonó en el silencio del consultorio.
No. No podía ser. Era una idea de loco, era exactamente la clase de idea que su profesión le había enseñado a extirpar, y sin embargo explicaba el blanco de tres segundos mejor que cualquier otra cosa, y explicaba la habitación sin mueble, y explicaba que ella hubiera dejado de mirarlo como antes justo después de curar a Amancio, justo después de la cura grande, la del pecho, la que él había visto con sus propios ojos.
Tenía que hablar con alguien que supiera. No con ella —ella había cerrado la cuenta—; con la otra persona del valle que sabía cómo funcionaba esa casa. Pero Ciriaca era la muralla de Mariña, y él no tenía aún el carnet para llamar a esa muralla. Quedaba Secundino.
Fue a pie, al día siguiente, a la hora de la tarde en que el viejo estaba en el huerto.
Le llevó de regalo una botella del vino de Amancio, que era la moneda de cortesía del valle, y le contó todo sin tapujos, porque con Secundino los tapujos eran inútiles: el bar, los tres segundos, la chaqueta, el papel doblado dos veces.
No contó su sospecha sobre la moneda. Le costó no contarla; la retuvo; algo en él sabía que esa sospecha no era suya para soltarla, ni siquiera a un viejo sabio en un huerto.
Secundino escuchó escardando. Cuando Iago terminó, el viejo enderezó la espalda, se limpió las manos en los pantalones, y se sentó en el banco de piedra, y estuvo un rato mirando las lechugas.
—No meu tempo… —empezó, y se detuvo, y se rio de sí mismo—. No. Esto no es de mi tiempo ni de ninguno. Esto es de siempre. —Carraspeó—. Te voy a decir tres cosas, chico, y las tres son la misma.
Iago esperó.
—Primera: yo vi esto antes. Mariña, los últimos años, hacía eso.
Se apartaba. De repente no iba a un sitio donde iba siempre, de repente le contestaba a alguien con la cabeza.
A Ciriaca. A tu abuela, que era su amiga.
A mí. —Miró el huerto—. Nos íbamos todos acostumbrando a que la vieja tuviera sus épocas.
Nadie preguntaba. Los de aquí no preguntamos esas cosas, es una maldición del valle: sabemos que algunas preguntas tienen un precio y nadie quiere ser el que la pague.
Segunda: esa mujer llevaba un peso que ninguno de nosotros veía, y lo llevaba sesenta años, y yo me enteré de que existía el día de su funeral, cuando la vi a ella sola en la cocina, mirando un cuaderno verde como quien mira una cuenta atrás.
—Se volvió hacia Iago—. Y tercera: si la niña hace ahora lo que hacía la vieja, no es porque hayas hecho tú nada malo.
Es porque algo se ha movido en esa casa, y la niña está haciendo con sus cosas lo que hacen los animales buenos con los suyos: alejarlos del fuego.
Ella te está apartando del fuego, chico.
Lo que no sé es si tiene razón o si es una manía de familia.
Iago se quedó mirando las lechugas. El sol le daba en la nuca.
—¿Y qué hago?
—No meu tempo habrías hecho lo de siempre: respetar la distancia y esperar a que pasara, que es como se pierden las cosas.
—Secundino se levantó, despacio—. Ahora no sé.
Ahora la gente habla, o eso dicen. Habla tú, si te sale.
Y si no te sale, estate. Estate cerca, sin pedir nada.
Los animales asustados no se cogen por fuerza.
Se está uno quieto hasta que ellos deciden que tu sombra no muerde.
—Le dio una palmada en el brazo—. Y ahora lárgate, que me has hecho hablar de más y me ha salido la voz de viejo.
El pueblo, esa semana, hizo el resto.
Porque había cambiado algo en el aire, algo que no venía de Iago ni de Sabela: la segunda oleada.
La primera había sido la desconfianza de abril —figas a la espalda, acera de enfrente—, y se había curado con el silo y la firma y la perra.
La segunda oleada era distinta y peor: no era desconfianza, era respeto con miedo dentro.
La gente había visto demasiado en demasiado poco tiempo: la becerra, la Xarda, el ahogo de Amancio, la perra de Lula.
Curaba, la casa. Curaba de verdad, delante de testigos.
Y a una parte del pueblo eso no la tranquilizaba: la inquietaba.