La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Iago lo medía con sus ojos de fuera, que para eso servían.

El martes, en la calle, vio a la mujer del ferretero cruzarse de acera al ver bajar a Sabela —no con la figa, no con hostilidad: con la prisa educada de quien no quiere tener que decidir si saluda—.

El día ocho, en la feira de junio, vio a dos ganaderos de la baixada que pasaban junto a la mesa de las hierbas haciendo un arco, un arco pequeño, casi cortés, como quien bordea un charco que brilla demasiado.

Nadie decía nada malo. Al contrario: todo el mundo decía ‘qué manos’, ‘qué casa’, ‘igual que la abuela’.

Lo decían bajando la voz. Le temían a las manos que admiraban.

Les daba miedo que existiera alguien para quien el dolor fuera un trámite.

Lo habló con Rubén, una noche, en la barra.

—Es que es demasiado, ¿no? —dijo el cabo, que con los meses había aprendido a mirar el pueblo como quien mira un caso—.

Mira, yo soy de Cádiz, yo de esto no sé nada, pero sé de gente.

La gente quiere que la curandera cure. Pero quiere que cure como cura el médico: con receta y con horario.

Esta mujer cura como llueve. Y la lluvia, home, la lluvia no se puede citar a declarar.

—No digas ‘home’ —dijo Iago—. Eso es nuestro.

—Lo siento. Se pega. —Rubén sonrió—. ¿Y a ti qué te pasa con ella? Porque a ti te pasa algo, y eso se nota de lejos, amigo, hasta desde el mar.

—Nada —dijo Iago—. Trabajo con ella.

—Ajá —dijo Rubén, y le llenó el vaso, y no insistió, porque los policías buenos saben cuándo una declaración ha terminado.

La última tarde de aquella semana baja, Iago no pudo con la casa.

Cerró el consultorio a las siete y se fue a caminar sin rumbo, que es como caminaban los que no tenían perro, y el camino lo llevó, como los caminos llevan, hacia el lado de la calle empinada.

No entró en el pueblo alto. Se quedó en el recodo desde el que se veía el muro de atrás de la botica, el huerto, y abajo, entre los dos castaños viejos, la piedra de A Fonte Vella.

Ella estaba allí. Llenaba una jarra, agachada junto a la pila, con el pelo recogido y el delantal de la casa.

El agua caía en el hilo de siempre. Ella se quedó quieta un momento, mirando la superficie, y él se quedó quieto mirándola mirar el agua, y ni el agua ni ella hacían nada, solo existir a la misma hora.

La superficie de la pila le devolvía a ella el cielo roto en tembleques.

Ella lo miraba como quien consulta algo.

El agua no contestaba. El agua nunca contestaba; era su cualidad principal.

Iago no bajó. No tenía nada que decir que no fuera a estropear el agua. Se quedó el tiempo que duró una jarra en llenarse, y cuando ella subió hacia la casa, despacio, con su carga, él se fue en la otra dirección, y ella no supo nunca que él había estado allí.

Esa noche escribió en el cuaderno, después de mucho rato con el bolígrafo quieto: «Hoy la he visto mirando el agua como se mira un cielo.

No he bajado. No meu tempo, dice el viejo, se esperaba.

Yo no sé esperar. Estoy aprendiendo a no acercarme, que es distinto.

» Cerró el cuaderno. Se quedó a oscuras.

Y le pasó lo que le pasaba últimamente a esa hora: que se acordaba de una tarde de abril con lluvia fina, y que el recuerdo le hacía compañía y daño a partes iguales, y que no podía imaginar cómo sería no tenerlo, ni qué clase de cuenta podía cobrar una cosa así.

Los días siguientes fueron de una clase de mal que Iago no conocía: no el mal de las cosas que salen mal, sino el mal de las cosas que no salen.

Ninguna novedad. Ningún paso. El valle seguía con su junio encima, las hierbas creciendo en los ribazos, el pueblo con su cara nueva de respeto con miedo, y él en medio con su consultorio y sus saneamientos y su sospecha enorme que no podía comprobar sin traicionarla a ella.

Lo intentó una vez, con la excusa del trabajo, que era la única moneda que les quedaba.

Había terminado el calendario de saneamiento de las explotaciones de la parroquia —una hoja por granja, fechas, dosis, la firma de la ADSG— y una parte le correspondía a ella, porque la mitad de aquellas casas eran también clientes de la botica y había que coordinar las semanas de los tratamientos con las épocas de las curas del ganado.

Lo escribió todo en una hoja clara, doblada, y la subió a la tienda en persona, un martes por la mañana.

Subió despacio, y notó que ensayaba. Lo reconocería después: en la calle empinada, con la hoja en el bolsillo, estaba ensayando frases como un chico de instituto, y él, que no ensayaba ni los informes.

‘Sabela, tenemos que hablar.’ No. ‘Sabela, esto es absurdo.’ Peor.

‘Sabela, yo no sé qué he hecho.’ Eso era lo cierto, y por eso mismo inaceptable: él no era de los que se declaraban sin diagnóstico.

Delante de la puerta de la botica se quedó un segundo quieto, mirando el letrero viejo y la placa nueva debajo, y decidió que sería veterinario, solo veterinario, y que ya vendría otro día con otra cosa.

Ella lo recibió bien. Eso era lo terrible: lo bien que lo recibía.

La sonrisa de la tienda, la voz de la tienda, ‘gracias, se lo miro esta semana’, el mostrador entre los dos como una frontera bien administrada.

En abril le habría dicho ‘siéntese, que hay café’.

En junio le ofreció la hoja de vuelta con los horarios anotados al margen, con su letra bonita, y le deseó buenos días con la puerta entreabierta a la medida exacta de la despedida.

—Sabela —dijo él, en el umbral, y no había preparado nada, así que salió lo que salía—: la perra de Lula pregunta por usted. Anda ya por el bar como si fuera la dueña.

Ella sonrió. Una sonrisa de verdad durante medio segundo, la primera en más de una semana, y luego la recogió, como quien recoge un billete del suelo que no es suyo.

—Que pregunte lo que quiera —dijo—. Cuídela usted bien, que es mi clienta favorita. Buenos días, Iago.

Buenos días, Iago. Bajó la cuesta con el sol en la espalda y la sensación de haber cruzado una frontera en la que ya no lo dejaban trabajar.

Esa tarde, en el consultorio, hizo algo que no había hecho desde la facultad: abrió un libro buscando una explicación para una mujer.

Repasó lo que sabía de fatiga por cuidados, de desgaste empático, de los estudios que había visto sobre curanderos de ambulancia y enfermeras de paliativos, la gente que se gastaba con los demás.

Todo encajaba y nada encajaba. Los estudios describían agotamiento, no ‘habitaciones cerradas’.

Ningún paper hablaba de una tarde de abril que desapareciera de una cabeza sin dejar firma.

Cerró el portátil con más rabia que misterio.

Si la moneda era esa —si de verdad era esa— entonces ella estaba sola delante de un cobro que nadie le podía ayudar a pagar, y lo único que él había hecho al enterarse a medias era quedarse quieto, como un animal bien educado.

‘Estar, no medir’, le había dicho Ciriaca. Muy bien. Pero nadie le había dicho qué hacer cuando la otra persona cerraba la puerta por dentro.

El miércoles se encontró a Nadia en la calle, y la chica se paró, y se rascó la bota contra el suelo, y dijo sin mirarlo:

—Ella no está mal. Por si te lo preguntas. Está trabajando mucho. Lo de San Xoán, las hierbas, eso.

—Gracias, Nadia.

—Y tú tampoco estás mal. Lo digo por decirlo todo. —Lo miró de reojo—. Sois insoportables los dos, ¿lo sabes? Como las vacas tercas de Amancio, que no quieren entrar en la manga y no saben que la manga es para curarlas.

—Nadia.

—Ya me voy. —Se fue tres pasos y se volvió—. Lo de la chaqueta fui yo quien la llevó, ¿eh? Ella no te odia. Es al revés. Eso no lo digo yo, eso lo sabe cualquiera con ojos. —Y se fue de verdad, y él se quedó con la frase colgando, ‘es al revés’, dándole vueltas como a un hierro candente.

Es al revés. Ella no te odia. Le tenía miedo a algo —eso lo sabía desde abril— pero Nadia no decía que le tuviera miedo a él.

Le tenía miedo a algo que él despertaba o que él representaba o que él podía llegar a cobrar.

Y si la moneda era tardes, si la moneda eran recuerdos…

Iago se paró en medio de la calle, y el valle entero se le ordenó de repente con una claridad insoportable: si curar le costaba recuerdos, entonces acercarse a alguien era sembrar recuerdos nuevos para que las curas se los llevaran.

Cuanto más quisiera a alguien, más cálidas serían sus tardes, más caras las facturas.

Ella no se estaba apartando de él. Estaba apartando los recuerdos futuros del fuego.

Lo estaba protegiendo de ser, algún día, una habitación cerrada.

Se sentó en el muro del pazo viejo, en plena calle, y estuvo allí un buen rato, hasta que una vecina le preguntó si se encontraba bien.

—Sí —dijo—. Gracias. Estoy pensando.

—Aquí el que piensa se quita el sombrero —dijo la vecina, con su regla vieja—. Pensar es de enfermos.

Y siguió su camino, y a Iago le hizo gracia de verdad, una gracia triste, y pensó que ese pueblo tenía una frase para todo, incluso para la desesperación.

La noche de aquel día, la más baja de todas, no escribió en el cuaderno. Hizo en su lugar la lista de las cosas que sabía, en la mesa de la cocina, en un papel suelto, como hacía en la facultad con los casos imposibles: