La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

‘Sé que cura y que le cuesta. Sé que la moneda puede ser de una clase que no se puede devolver. Sé que ella sabe que yo sospecho. Sé que me aparta por algún motivo que tiene que ver con abril. Sé que en abril pasó la mejor tarde del año, con lluvia, y que yo la recuerdo entera y que en el bar ella no pudo seguirle el hilo a Xoana.’

Miró la lista. Faltaba la última línea, la de la conclusión, y la escribió a lápiz, porque las conclusiones de ese tipo no se escriben a pluma:

‘No sé qué le pasa. Sé que quiero estar cuando le pase.’

La releyó dos veces. No era una frase de veterinario.

Era una frase de hombre de treinta y dos años que había vuelto a un valle a curar vacas y se había encontrado un incendio de otra categoría.

La dejó igual. Debajo, más pequeño, casi ilegible, con la letra de los pensamientos: ‘Si la tarde de abril se la cobraron a ella, me la quedo yo. La guardo. Que no se pierda del todo.’

Eso era todo lo que un hombre de ciencia podía hacer con un recuerdo de dos: duplicarlo, archivarlo, ser el disco duro externo de una tarde de lluvia.

Le pareció poco y le pareció todo. Guardó el papel entre las páginas del cuaderno de visitas, no pegado, solo puesto, como las cosas que no pertenecen a ningún archivo y sin embargo hay que conservar.

El jueves amaneció con niebla, y Iago hizo sus visitas en silencio. En lo de los Veiga del valle bajo, mientras miraba la ubre de una vaca vieja, el amo le dijo, de pronto, mirando al establo:

—Oye. ¿Es verdad que la de la botica ahora…? Que la gente le tiene respeto. Miedo, quiero decir.

—La gente debería tenerle gratitud —dijo Iago, sin dejar de trabajar—. En mayo salvó a la perra de Lula, a la niña de los Otero y al amo de los Codesido. Eso es lo que hay que tenerle.

—Ya, ya. Pero son muchas, ¿no? —El hombre se rascó la cabeza—. Mi abuela decía que las manos así había que tenerlas cerca y no demasiado cerca.

Iago se incorporó despacio y lo miró. El hombre sostuvo la mirada un segundo y se la quitó, avergonzado de su propia frase heredada.

—Su abuela —dijo Iago, con la voz tranquila del todo, la de los partos difíciles— probablemente también le debía algo a esa casa. Todo el mundo le debe algo a esa casa desde hace sesenta años. Pregúntele a sus facturas.

No contestó más. Terminó la vaca, cobró, se fue.

Conduciendo de vuelta se dio cuenta de que había defendido a la botica con la rabia exacta con que se defiende a la familia, y que eso, también eso, era una variable nueva que no figuraba en su plan de marzo.

La apuntó mentalmente con las demás: el valle le tenía miedo a las manos, y él se estaba volviendo, sin ningún nombramiento, el abogado de esas manos.

No sabía cuándo había pasado. Sospechaba que había pasado debajo de un tejadillo, una tarde de lluvia, y que no tenía vuelta atrás.

A la vuelta, ya cerca del pueblo, pasó por el cruce de las tres estradas —la carretera de Monforte, la del monte, la del valle— donde el cruceiro de piedra señalaba con su brazo gastado a los tres mundos.

Se paró un momento, sin saber bien por qué.

Había flores viejas al pie, secas, de alguna semana anterior, y un cordel nuevo atado a la base, con un nudo gordo, de esos que la gente ata por las cosas que no se cuentan.

Iago lo miró sin tocarlo. El valle estaba lleno de esos signos, de esas contabilidades paralelas que no pedían permiso.

Él mismo era ya uno de ellos: un hombre que guardaba una tarde de abril por si acaso.

Al pasar por el bar, esa noche, Lula le sirvió el vino y le dijo, con la barra entre los dos y la voz baja:

—Ella ha bajado hoy a por pan y me ha preguntado por ti. Si trabajabas bien. Si comías. —Lo miró—. Yo no soy de meterme. Pero contan por aí que los dos os habéis vuelto tontos a la vez, y eso en este pueblo es contagioso y no hay vacuna.

Iago se miró el vaso.

—Dile que trabajo bien y que como bien —dijo—. Y dile que… no. No le digas nada más. Lo demás se lo digo yo cuando pueda, si es que puedo.

—Muy bien —dijo Lula, y le puso una tapa que no había pedido, que era la manera que tenía el bar de firmar los armisticios.

Se fue a casa antes de las diez. La niebla estaba alta esa noche, y las luces del pueblo se veían limpias, y en la calle empinada la botica tenía la ventana de arriba encendida hasta tarde.

Él la veía desde su ventana, sin querer verla, como se ve el tiempo.

No sabía qué pasaba detrás de esa luz: si ella escribía, si ella contaba, si ella miraba la pared donde ya no colgaba nada.

Solo sabía que la luz estaba encendida y que él estaba mirándola, y que eso, en un valle de seiscientos metros de altura, a ochenta kilómetros del mar, era la forma que había elegido su vida de seguir adelante.

Apagó la suya primero, por no ser el último.

No funcionó. Siguió despierto igual, oyendo el silencio del valle, que era un silencio con habitantes: una lechuza, un motor lejano, el río que no se oía nunca y sin embargo estaba.

Pensó en la ventana encendida de la otra casa hasta que la ventana se apagó, y entonces, solo entonces, se permitió dormir.