La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Sabela

Secundino Paz no había entrado en la botica en toda la primavera.

Todo el pueblo sabía por qué, o creía saberlo: el viejo veterinario y la casa de Mariña se habían repartido el valle durante cuarenta años con una cortesía perfecta y una distancia de oficio, y el relevo no había cambiado la costumbre.

Así que cuando el viernes diecinueve de junio a media mañana entró en la tienda, con su paso lento y su gorra en la mano, Sabela dejó lo que hacía y le prestó la atención que se presta a las cosas que pasan una vez.

—Vengo a comprar —dijo el viejo, y miró los tarros como si fuera la primera vez—. Hierba luisa. Para el sueño.

—La hierba luisa está aquí —dijo Sabela, bajando el tarro—. Pero usted duerme bien desde los cincuenta, Secundino. Todo el valle lo sabe.

—Ya. —El viejo no se inmutó—. Pues será para la visita. —Se sentó en la silla de los clientes sin que lo invitaran, que también era un derecho de los viejos—. Siéntate tú también, rapaza. Voy a estar un rato.

Sabela pesó la hierba, la envolvió, la cobró —los cuarenta céntimos de la casa, que eran un símbolo y no un precio— y se sentó al otro lado del mostrador. Esperó. Secundino hablaba por entregas, como quien saca las cosas de un bolsillo estrecho, y había que dejarle el bolsillo tranquilo.

—Tu abuela y yo —dijo al fin— trabajamos juntos cuarenta años sin trabajar juntos. ¿Sabes cómo? Yo no le estorbaba. Ella no me estorbaba. Los dos sabíamos dónde acababa el otro. Nunca firmamos nada, nunca lo hablamos siquiera.

—Lo sé —dijo Sabela—. Está en el libro, por debajo de las palabras. Cuarenta años de vacas, y entre líneas está escrito también usted, aunque no lo firme.

El viejo hizo un ruido que podía ser una risa.

—En el libro está todo —admitió—. Bueno. No he venido por la hierba luisa. —Se quitó la gorra del todo, la puso sobre las rodillas—. He venido a hablarte del chico.

Sabela no dijo nada. En el fondo de la tienda, la lumbre de la cocina baja hacía su ruido pequeño.

—Lo habéis roto —dijo Secundino—. No me lo ha contado nadie y no hace falta: se os ve.

Tú estás en tu puerta y él está en la suya y en medio hay una calle de cien metros que os pesa a los dos como un puerto de montaña.

—La miró—. No vengo a pedirte que lo arregles.

Vengo a contarte una cosa que él no te va a contar nunca, porque él la entierra debajo del trabajo, que es donde los hombres de su especie enterramos las vergüenzas.

Después tú decides lo que haces con ella. ¿Me escuchas?

—Lo escucho —dijo, y le sirvió también a él café, sin preguntar, porque las conversaciones con entierro pedían café.

—El chico estuvo seis años en Lugo trabajando bien.

Muy bien. La cooperativa, las granjas grandes, de esas de doscientas cabezas.

Tenía futuro, como dicen los papeles. —Secundino se pasó la mano por la cara—.

Y un invierno, hará cuatro años, le tocó una vaca con fiebre después del parto, en una granja grande.

Él la miró. Estaba cansado, era la tercera visita de la noche, llevaba un mes durmiendo cinco horas.

Vio la fiebre, pensó metritis, le puso el tratamiento de la metritis y se fue.

La vaca no tenía eso. Tenía una hipocalcemia fea, de las que se arreglan con una botella de calcio en la vena y veinte minutos de paciencia.

Se murió antes de la mañana. Una vaca buena, de ocho años, en su mejor momento, con el ternero mamando al lado.

Sabela se había quedado muy quieta.

—Cualquiera la puede tener —siguió Secundino—.

Cualquiera de nosotros, cualquier noche.

Yo tuve las mías. Pero él no se lo perdonó.

Hizo el informe, dijo la verdad entera en el informe —que eso hay que decirlo, el chico no escondió nada, escribió ‘error de juicio por fatiga’ con su firma— y este marzo dejó la cooperativa y se presentó aquí.

La mitad por mí, que ya no puedo. La otra mitad por eso.

—Se inclinó hacia delante—. No volvió a Soutomouro a ganar dinero, rapaza.

Volvió a un sitio donde las vacas tienen nombre y el veterinario duerme en su casa, a ver si así no se le moría ninguna más por su culpa.

Se vino a curar él. Lo que no sabe es que eso no se cura solo.

La tienda estaba en silencio. Sabela miraba sus propias manos sobre el mostrador.

—¿Por qué me lo cuenta a mí?

—Porque tú eres la única persona de este valle que sabe lo que es que una vida se te quede entre las manos —dijo el viejo, simplemente—.

Y porque el chico no te tiene miedo a ti.

Le tiene miedo a sus propias manos. Cuando te mira trabajar, no ve magia, ni superstición, ni nada de lo que dice el bar: ve una compañera que también tiene las manos llenas de cosas que pueden fallar.

Y tú, de repente, le cierras la puerta. Piensa lo que eso le dice a un hombre con su archivo.

Sabela tenía los ojos llenos y no lloraba, que era una técnica de la casa.

—Yo no le cerré la puerta por él —dijo, bajo—. Se la cerré por mí. Por lo que yo pago. No puedo ponerlo delante de eso.

—Ya. —Secundino asintió—. Lo de las peaxes.

—Ella levantó la vista, y él la sostuvo—.

Sé lo suficiente, no te asustes. Cuarenta años de compartir valle con tu abuela; algo se aprende por los bordes.

—Se levantó, despacio, con la mano en el riñón—.

Te dejo mi opinión de viejo, que no vale nada: tú pagas lo que pagas, y eso no lo cambia nadie.

Pero quién te acompaña mientras pagas, eso sí lo eliges.

Tu abuela lo eligió mal: eligió sola. Tu abuelo le aguantó cuarenta años el aguantarlo, y eso lo desgastó a él más que a ella, te lo digo yo que los vi.

No le hagas al chico la caridad de la distancia.

La distancia no es caridad. Es economía tuya disfrazada.

Cogió su paquetito de hierba luisa, se puso la gorra, y en la puerta se volvió una última vez:

—Y dile de mi parte… no. No le digas nada de mi parte. Ya habláis vosotros, que para eso tenéis treinta años cada uno y un establo entero en común. —Levantó el paquete—. Gracias por la hierba. Si no duermo, será culpa mía.

Se fue. Sabela se quedó sentada detrás del mostrador mucho rato, mirando la silla vacía de los clientes, donde habían estado, a lo largo de una primavera, la señora Carmen, Amancio con su ahogo, la madre de Nadia con su vergüenza, y ahora el viejo veterinario con la verdad de otro hombre.

La silla de las confesiones. Mariña la había comprado en un deshaucio de Monforte en los setenta, decía la familia, y no había ninguna silla más escuchada en todo el valle.

Al final se levantó, y antes de pensarlo dos veces hizo una cosa que no hacía nunca: apuntó en el cuaderno azul, a mediodía, entre horas de tienda: «Secundino vino.

La vaca de Lugo. El chico se cura a sí mismo en este valle y nadie se lo ha dicho. » Y debajo, más pequeño: ‘Yo igual.’

Por la tarde vino Ciriaca, y vino con la cara de las lecciones: la cara de las cejas bajas y el bastón marcando el paso. Sabela le puso la infusión sin que la pidiera y se sentó. Sabía cuándo venía la escuela.

—Se acerca la noche —dijo Ciriaca—. La del veintitrés.

Las siete hierbas. Tú no lo has hecho nunca sola: los últimos años lo hacía tu abuela y tú ayudabas, que no es lo mismo.

Este año eres la casa. Así que escucha, que la lista de Soutomouro no está en ningún libro y solo la sé yo entera, desde que se murió la Olaia.

—Cerró los ojos y recitó, con la cadencia de las cosas que se saben de memoria desde los siete años—: hierba de San Juan, la amarilla, la primera; hinojo, del ribazo de arriba; romero, de la casa, no del monte; malva; helecho macho, el fento , solo un ramillete; ruda, poca, que es fuerte; y la séptima, que es la que se elige.

Tu abuela elegía siempre la mejorana. Su madre elegía la menta.

Tú elegirás la tuya, y eso será lo que le digas al año.

—¿La séptima se elige?

—Las seis son del valle. La séptima es de la casa.

—Ciriaca abrió los ojos—. Se recogen el veintitrés al atardecer, antes del sol puesto, y se dejan fuera, en el rocío, toda la noche, y con esa agua te lavas la cara la mañana del veinticuatro.

Eso es lo que se hace. Lo que pasa mientras tanto es de cada una.

Sabela lo escribía todo en el cuaderno azul, despacio, con la letra baja. Cuando terminó, Ciriaca bebió un sorbo y dijo, cambiando de tono solo un grado:

—Y ahora lo otro. Me dijo Secundino que había subido a verte.

No pregunto qué te contó; me lo imagino, y lo que no me imagino no me hace falta.

Te voy a decir yo la parte que él no sabe, que es la de nuestra casa.

—Se removió en la silla—. Tú estás enfadada con la peaxe.

Con el cuaderno. Con el agujero de abril.

No me lo niegues, que te conozco desde que te pesaba tu abuela en brazos.

—No estoy enfadada —dijo Sabela—. Estoy… enterada. Es distinto.

—Estás enfadada —dijo Ciriaca, sin subir la voz—.

Y tienes derecho. Pero te falta una cosa que tu abuela sabía y que a ti no te ha dado tiempo a aprender, así que te la regalo yo: la peaxe no te roba.

La peaxe no es un ladrón que entra y se lleva lo que pillas.

Mírame, rapaza: la peaxe coge lo más cálido porque solo lo más cálido pesa lo bastante.

El ahogo de un hombre como Amancio no se paga con una mala tarde.

Se paga con una tarde buena. Si te hubiera quitado un día cualquiera, un martes feo, la cura no habría valido.

El mal de verdad solo se cambia por bien de verdad. Es una balanza, no una cárcel.

Sabela la miraba. Tenía la garganta cerrada.

—Eso no lo hace mejor —dijo al fin—. Eso lo hace peor. Que tenga sentido lo hace peor.