Capítulo 13 #2
—Lo hace caro —corrigió Ciriaca—. Que es distinto.
Lo que no tiene sentido se sufre; lo que tiene sentido se paga.
Y tú estás pagando, que es lo que hacen las personas honradas con las deudas que no pidieron.
—Bebió otro sorbo—. Tu abuela lo dijo mejor que yo, como siempre.
Me lo dijo una vez, hace años, cuando pagó una de las grandes: ‘Ciriaca, me acaban de cobrar la primavera del sesenta y ocho.’ Y se rio.
Le dolía y se rio. Porque entendía la balanza.
Esa risa, esa es la que tienes que heredar tú.
Las hierbas las tienes ya. Las manos las tienes. Te falta la risa de la que paga.
Se quedaron un rato calladas. En el cuaderno azul, Sabela escribiría después: «La balanza. No la cárcel. La primavera del sesenta y ocho.» Pero en ese momento no escribió nada; solo miró el fuego y dejó que las palabras de la vieja se le asentaran, como se asienta la levadura.
Fue entonces —porque las tardes con Ciriaca tenían siempre una tercera cosa— cuando ella sacó el libro.
Lo había sacado de la mesa de la lumbre, donde seguía desde mayo, y lo abrió por el sitio que ya conocía: la parte vieja, la del papel grueso y la letra de otra mano, la del catarro de la Pepe y la perra de los Mariñán. Y en medio, el diente de papel.
—Dímelo ahora —dijo Sabela, sin acusación, con el cansancio de las preguntas llevadas mucho tiempo—. ¿Qué había aquí?
Ciriaca miró el diente de papel un buen rato. No dijo que no lo sabía, porque las dos sabían que eso era mentira. Tampoco lo dijo.
—Hay páginas que tu abuela arrancó —dijo al fin— y las arrancó con más dolor que las que dejó.
Esa es una. —Cerró el libro con suavidad, con reverencia casi—.
Yo te lo contaré. Te lo tengo que contar: es mi oficio de vieja y mi promesa a Mariña, y las promesas hechas a los muertos son las únicas que no caducan.
Pero no hoy. Cuando estés más firme en el oficio, cuando hayas pasado tu primera noche de San Xoán sola al frente de la casa, entonces hablamos de las páginas que faltan. Y tú estás a unos días de merecerlo.
Sabela quiso insistir. Vio en la cara de la vieja que insistir era inútil, y además —lo notó con claridad— que la vieja no se protegía a sí misma: la protegía a ella.
Guardó el libro. No dijo más. Pero cuando Ciriaca se fue, con su paso recto por la calle empinada, Sabela se quedó en la puerta pensando que en su familia había una página arrancada, y que las páginas arrancadas pesan más que los libros enteros.
A la mañana siguiente llegó Nadia a su sábado con los ojos encendidos y el móvil en la mano, y antes de quitarse la mochila soltó:
—É que ya lo tengo todo pensado. La noche de San Xoán.
Mira: monto el móvil en el trípode que me prestó el de la tienda de fotografía, lo pongo donde se vea la fuente y las hierbas, y lo cuento.
Sin enseñar tu cara si no quieres. Solo las manos y las hierbas y el rocío.
Y le pongo título: «Las siete hierbas de verdad.
» Es que en internet hay mil vídeos de gente con sombreros de bruja de tienda y ni uno de esto, ni uno, y eso que esto es lo de verdad…
Sabela la dejó hablar. La muchacha desplegó su plan entero, con sus horarios y sus encuadres y sus frases de presentación ensayadas, y Sabela oyó debajo del plan lo que había de verdad: una niña de dieciséis años a la que el pueblo había enseñado a esconder las cosas viejas y que había decidido, por sí sola, que esconderlas era el error.
Que lo viejo no era vergüenza. Que lo viejo era, en las manos adecuadas, una cosa que se podía enseñar al mundo entero sin perderla.
—Vale —dijo Sabela.
—¿Vale? —Nadia se quedó con la boca abierta—. ¿Vale vale?
—Vale. Con las reglas de la casa: las manos y las hierbas, la fuente, la fiesta. Lo de arriba no. Y si yo digo ‘para’, para. Y lo revisas todo conmigo antes de enseñarlo: hay cosas que parecen inocentes y no lo son, como hay hierbas que parecen malas y son las buenas.
—¡Para! —dijo Nadia, y se rio, y dio una vuelta por la tienda como un trompo.
Y Sabela pensó que el valle estaba cambiando por sus dos extremos: por las viejas como Ciriaca, que guardaban, y por las niñas como esta, que enseñaban.
Y que ella estaba en medio, con la botica, y que quizá ese era exactamente el sitio donde la abuela la había querido poner.
También pensó, con la honestidad que le daban ya los cuadernos, que la niña había aprendido aquel año, a la fuerza, que había cosas que no eran juego, y que esa sabiduría comprada con sombra se le notaba en la manera de decir los pactos: despacio, y para siempre.
Esa noche, después de cerrar, Sabela sacó el cuaderno das peaxes y lo miró mucho rato.
No lo odiaba ya. Eso era nuevo. Lo miraba como se mira una herramienta pesada: con respeto y con precaución y con el conocimiento de que corta.
‘La balanza, no la cárcel’, había dicho Ciriaca.
Y Secundino: ‘La distancia no es caridad. Es economía tuya disfrazada.’ Dos viejos, un día, y las dos frases apuntaban al mismo sitio.
Sacó el cuaderno azul. Escribió: ‘20 de junio. Secundino: la vaca de Lugo. Ciriaca: la balanza y las siete hierbas. La página arrancada espera a después de San Xoán. Nadia enseñará las hierbas al mundo, con reglas.’ Y debajo, despacio, con la mano firme por primera vez en dos semanas:
‘He decidido mal y ya está. Se rectifica. Mañana le digo a Iago que…’ —se paró, sonrió, y tachó el final, y escribió—: ‘Mañana le digo a Iago que venga a por el café que le debo. Lo demás se dice solo, como los gatos.’
Los preparativos habían ido llenando los días anteriores, como se llenaban siempre esos días en la casa.
Había que revisar los tarros de la temporada, encargar los frascos de boca ancha para el rocío, limpiar los paños de hilo que solo se usaban esa noche.
Sabela había bajado ya dos mañanas al sendero de la fuente a mirar cómo venían las hierbas: la de San Juan ya abierta, amarilla, alegre como una imprudencia; el hinojo en vaina; el romero de la casa, que era un arbusto viejo plantado por la bisabuela, grueso como un brazo.
Todo venía en punto. El año, en eso al menos, no fallaba.
Xoana subió una tarde a ayudar, que era su manera de hacer las paces con las semanas raras, y entre tarro y tarro le dijo, con la delicadeza de una apisonadora cariñosa:
—Has vuelto.
—He vuelto —admitió Sabela.
—Con él.
—Conmigo —dijo Sabela—. Él es aparte. O es a parte. No sé todavía cómo se escribe.
—Se escribe junto —dijo Xoana—. Mirade, qué pregunta más tonta me haces. —Y siguió pegando etiquetas, y Sabela no discutió, porque había discusiones que ya no tenían defensa posible, y esa era una de ellas.
Cerró el cuaderno. Fuera, el valle olía a junio maduro, y en los ribazos, invisible en la oscuridad, la hierba de San Juan ya estaba en flor amarilla, esperando su noche, como todos los años, como todos los siglos, indiferente y fiel.
Sabela apagó la lámpara y se quedó un momento a oscuras, oyendo la casa: el armario con sus tarros, el libro con su página que faltaba, el cuaderno verde con sus cuentas.
Todo en su sitio. Todo esperando. ‘Que espere’, pensó, subiendo la escalera.
‘Esta casa ha esperado sesenta años. Sabrá esperarme a mí una noche más.’
La mañana del domingo veintiuno se le fue aplazando la llamada.
No por cobardía —se dijo— sino por calendario: había que secar la primera hornada de hierbas, había la consulta de la viuda, había la luna.
Por la tarde, Xoana le dijo por teléfono ‘estás procrastinando, y yo suspendo por eso’, y Sabela colgó, y marcó el número del consultorio antes de que la tarde le quitara el valor.
—¿Consultorio veterinario?
—La botica —dijo ella—. Le debo un café. Venga a cobrarlo mañana a las siete, si le cuadra.
Hubo un silencio del otro lado, breve, medido.
—Cuadra —dijo él—. ¿Traigo algo?
—Traiga sed —dijo ella—. Hay una cosa que quiero contarle y otra que no puedo contarle, y las dos dan sed.
Vino a las siete en punto, porque él era así, con las manos limpias y la cara de quien ha ensayado tres conversaciones y no sabe cuál le va a tocar.
Ella le hizo pasar a la trastienda, a la mesa pequeña de la lumbre, donde habían comido la tortilla aquel domingo de mayo.
Le sirvió el café. Se sentó enfrente. Fuera, la tarde de junio se alargaba sobre el huerto.
—Primero —dijo ella— le pido perdón. Le cerré la puerta dos semanas, y usted no lo merecía, y la chaqueta era una canallada elegante, que es la peor clase de canallada. Lo siento.
—Aceptado —dijo él, despacio—. El papel del pienso llegó bien doblado, por cierto. Gracias. Lo tengo en el archivo de las cosas que no se tiran.
—Me lo encontré en el bolsillo. Era de trabajo.
—Lo sé. —Él no sonrió del todo—. Me alegré de que no lo tirara. Usted no tira nada de trabajo, ni aunque esté cerrando cuentas. Eso dice más que la chaqueta.
Se miraron. Había un montón de cosas en la mesa además del café, y los dos lo sabían, y los dos tenían la educación vieja de no nombrarlas todas a la vez.