Capítulo 13 #3
—Ahora la cosa que puedo contarle —dijo ella—.
Usted ha visto lo que pasa después de que yo cure.
Las horas de sueño. El ojo. La tripa. Eso se llama la peaxe, y es real, y es viejo, y es mío.
Cada cura cobra. Las pequeñas cobran poco; las grandes cobran más.
Eso es todo lo que puedo decirle de ese asunto, y le pido que no me pregunte más, no porque no me fíe —se lo ha ganado, créame— sino porque hay partes que ni yo misma sé contar sin que me tiemble todo.
Iago la escuchaba con la cara de la facultad y los ojos de otra parte.
—No pregunto —dijo—. Pero digo una cosa, si me deja. Una sola, y no es pregunta.
—Diga.
—Lo que sea que cobra, no lo cobra solo.
—Él dijo eso mirando la mesa, con la voz de los informes—.
Quiero decir: usted decide qué cura y qué paga, eso es suyo y yo no entro.
Pero quién está en la habitación de al lado mientras usted paga, eso es de los dos.
Eso lo elijo yo también. Y yo elijo estar.
—Levantó la vista—. Ya está. No hay pregunta.
A Sabela se le llenaron los ojos y los vació con dos parpadeos, técnica de la casa.
—Secundino vino el viernes —dijo ella—. A comprar hierba luisa.
—Secundino no necesita hierba luisa desde los cincuenta. Todo el valle lo sabe.
—Ya. —Ella sonrió—. Me contó una cosa de usted.
No se la repito, porque es suya y se la guardo, que es lo que se hace con las cosas que nos cuentan de otros.
Solo le digo esto: lo sé, y no cambia nada, y cambia todo.
Usted y yo tenemos el mismo oficio, Iago.
Las dos manos pueden fallar. Las suyas fallaron una vez; las mías no fallan nunca y cobran siempre.
No sé cuál es peor. —Se le quebró un poco la voz al final—.
Lo que sé es que estoy cansada de hacer cuentas sola.
Él alargó la mano por encima de la mesa, despacio, como se acercaba a las vacas asustadas: dando tiempo a que la retiraran. Ella no la retiró. La mano de él era grande y tenía una cicatriz fina en el dorso y olía a campo y a jabón, y se cerró sobre la de ella con un peso que no pedía nada.
—Entonces no las haga sola —dijo él—. Las cuentas, me refiero. Yo sé de cuentas. Es lo único que sé hacer bien.
Se quedaron así un rato, con las manos encima de la mesa y el café enfriándose, mientras la luz del huerto subía por la pared.
No se besaron. No era todavía esa conversación, y los dos lo sabían, y ninguno tenía prisa, porque las cosas que han estado a punto de perderse se pasean despacio la primera semana.
Hablaron de lo otro: de las siete hierbas, de la noche que venía, de la ocurrencia de Nadia con el móvil, que a él le hizo una gracia escéptica y cariñosa.
—¿Va a enseñar la fuente en directo? —decía él—. Doce años en Lugo para acabar en directo en la fuente de una meiga. Mi profesor de clínica no lo aprobaría.
—Su profesor de clínica tiene cara de no aprobar nada —dijo ella—. No le pida el visto bueno a los profesores. Pídaselo a la noche, que es más barato.
—¿La noche aprueba?
—La noche aprueba siempre —dijo ella—. Por eso da respeto.
Iago no dijo nada. Le apretó la mano una vez, suave, y soltó, y habló de las novillas, de la mezcla nueva de Amancio, del ecógrafo viejo de Secundino que había vuelto a funcionar sin que nadie lo reparara, ‘como todo en este valle’.
Y ella le agradeció en silencio esa manera que tenía de llenar las conversaciones de niebla amable: palabras sencillas, cosas de trabajo, el sosiego de los temas que no cobran.
Cuando se fue, ya casi de noche, ella lo acompañó a la puerta de la tienda. La calle empinada olía a cena y a verano. Había gente en la plaza, lejos, y la torre de San Xurxo recortada en el cielo violeta.
—El veintitrés —dijo ella— si quiere ver cómo se hace lo de las hierbas, venga.
No a curar: a estar. Es la noche grande de la casa.
La abuela decía que esa noche el valle entero se cura un poco solo, con fuego y con agua, y que no se sabe muy bien cómo, pero que los años sin esa noche son años más largos.
—Estaré —dijo él—. En la fila de los que miran, si eso existe.
—Ya no existe —dijo ella—. La fila de los que miran se acabó para usted en abril. Usted está en otra fila, y no le voy a decir cuál, que le subiría el precio de la entrada.
Se fue cuesta abajo con esa frase, y Sabela se quedó en la puerta hasta que la figura se perdió en la esquina, y pensó que la balanza, quizá, también funcionaba al revés: que a lo mejor las cosas cálidas no solo se pagaban, también se ganaban, y que esa noche ella era un poco más rica que por la mañana.
No lo escribió en el cuaderno das peaxes, porque no era una peaxe.
Lo escribió en el azul, que era el de la vida: ‘Vino a cobrar el café. Se quedó a la tarde entera. Mañana es otro día, y por primera vez en un mes no me pesa que lo sea.’
Y arriba, en la repisa, la figa de madera de Mariña guardaba su calor de siempre, y la casa entera parecía respirar más ancha, como las casas cuando se abre una ventana que llevaba mucho tiempo cerrada.