La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Iago

El veintitrés de junio, Iago Lamela salió del consultorio a las seis de la tarde con la sensación de haberse colado en un día que no era suyo.

El pueblo entero llevaba dos días preparándose para la noche de San Xoán con la seriedad logística de una operación militar: los hombres habían bajado el carro de la leña al llano de la carballeira , el robledal de las afueras donde se hacían las hogueras; las mujeres de la asociación habían montado las mesas largas; alguien había colgado guirnaldas de helecho en la plaza, y en el aire había esa electricidad de los pueblos cuando la fiesta es de verdad, no de cartel.

Él tenía un encargo: Sabela le había dicho ‘a las seis y media, en la pista del río, con botas’, y él había preguntado ‘¿botas de cuáles’, y ella había dicho ‘de las que se manchan’, y con eso había terminado la conversación más parecida a una cita que habían tenido jamás.

En la pista estaban las tres: Sabela con un cesto de mimbre y unas tijeras viejas, Ciriaca sentada en un muro como un juez supremo, y Nadia con el trípode ya montado, negociando con su propio reflejo en la pantalla.

—É que ya estamos en directo —anunció—. Hay cuarenta personas mirando. ¡Cuarenta! Hola, Galicia entera, esto es Soutomouro y esto es lo de verdad.

—Nadia —dijo Sabela, con la voz tranquila de la casa—. Las reglas.

—Las manos y las hierbas, la fuente y la fiesta —recitó la chica—. Lo de arriba no. Lo sé, lo sé.

Lo que siguió fue, para Iago, una de esas horas que luego no se saben clasificar.

Caminaron por los ribazos de la pista mientras el sol bajaba hacia los montes del oeste, y Sabela iba cortando: la hierba de San Juan, amarilla, con su olor raro y fuerte; el hinojo del ribazo alto; la malva de la orilla; el fento, un solo ramillete; la ruda, dos hojas, ‘poca, que es fuerte’.

En cada planta se paraba, y Ciriaca asentía desde atrás como quien firma.

La sexta era el romero, y para el romero subieron al huerto de la botica, porque ‘el romero de la casa, no del monte’, y el arbusto viejo de la bisabuela recibió las tijeras con su perfume de siempre.

Iago llevaba el cesto y las preguntas. En una de las paradas, mientras Sabela cortaba la malva, le preguntó a Ciriaca, bajo, con la precaución del que consulta una tradición a su guardiana:

—¿Y esto qué hace, exactamente? El rocío de las siete hierbas.

—Nada —dijo Ciriaca—. Te lavas la cara y no pasa nada.

Te levantas el veinticuatro, te lavas, y ya está.

—Lo miró de reojo—. Lo que pasa no está en la lista, chico.

Está en haber subido a cortarlas con esta luz, con esta gente, en este año.

Las hierbas son la excusa. El rocío es la excusa.

La noche es la excusa. Todo es la excusa para lo de verdad, que no se puede cortar ni pesar ni meter en un cesto.

—Se ajustó el pañuelo—. Eso te lo dice una vieja que ha cortado sesenta y pico años de hierbas: las veces que no subí, ese año me duró más. Eso es todo lo que sé de química.

Nadia, que lo captaba todo con el móvil, se tapó el micro para decirle a Iago, con los ojos brillantes:

—Lo estás oyendo, ¿no? Esto. Esto es lo que quiero que vean todos. —Y al móvil, otra vez, en voz baja—: lo habéis oído, ¿no? La Ciriaca. Sesenta años de hierbas. Esto no se puede buscar en Google, fíjate.

Sabela, dos pasos por delante, sonrió sin volverse. Iago pensó que había venido a cortar hierbas y le estaban dando una clase de otra disciplina, una sin departamento, y que de los dos oficios presentes el suyo era, aquella tarde, el aprendiz.

—¿Y la séptima? —preguntó Iago, que llevaba el cesto.

—La séptima la elige la casa —dijo Sabela—.

La abuela elegía siempre mejorana. Su madre, la menta.

—Se quedó un momento quieta, mirando el huerto, y luego se agachó junto al macizo de la cocina y cortó una rama de melisa—.

Yo elijo esta. Porque huele a limón y a verano, y porque este año me ha enseñado a estar quieta.

No dijo más. Ciriaca, desde la puerta del huerto, asintió una vez, despacio, con la cara de quien aprueba una escritura.

Nadia lo contaba todo en voz baja al móvil —‘veis, cada hierba tiene su porqué, esto no sale en los vídeos de los sombreros’— y los cuarenta eran ya ciento veinte, y Sabela pasaba deliberadamente por detrás del encuadre, fuera de foco, dejando que las manos y las tijeras y el cesto hablaran por la casa.

Iago pensó que estaba viendo algo nuevo en el mundo: una tradición de cuatrocientos años pasando a través de un teléfono de doscientos euros, y que no se estropeaba.

Eso era lo que nadie le había contado sobre lo viejo: que lo viejo de verdad aguantaba cualquier canal.

Dejaron las siete hierbas en la terraza de la botica, en el cuenco grande de loza, abierto al rocío de la noche.

Sabela las acomodó con las dos manos, despacio, y se quedó mirándolas un momento como se mira un fuego antes de acostarse.

‘Ahora a la hoguera’, dijo, y se fue a cambiarse, y Ciriaca se quedó un momento con Iago en el patio, mirándolo con esos ojos claros que no perdonaban nada.

—Tú ya sabes lo que paga —dijo la vieja, sin preliminares.

—No —dijo Iago—. Sé que paga. No sé con qué.

—Pues quédate así un tiempo. —Ciriaca se apoyó en el bastón—.

Te lo digo yo, que soy la autoridad: no le preguntes la moneda.

Ella te la dirá cuando te la diga. Lo que sí te digo, chico, y escucha bien: esta noche va a pasar algo.

No sé qué. Lo sabe la casa y no lo sabe ella.

Cuando pase, estate donde estás ahora: al lado, sin agarrar. ¿Entendido?

—¿Algo malo?

—Algo de la casa —dijo Ciriaca, y no dijo más, y se fue hacia el pueblo con su paso recto, dejándolo con la noche por delante y una frase de vieja en el bolsillo.

Él se quedó mirando el cuenco de la terraza, donde las siete hierbas esperaban su única noche del año, y pensó que llevaba tres meses en Soutomouro y que ya no sabía distinguir los avisos de las profecías, ni le importaba.

El llano de la carballeira, a las diez, era otro mundo.

La hoguera grande ardía ya en el centro, tres metros de chispas contra el cielo que se iba poniendo violeta, y alrededor el pueblo entero: los viejos en las mesas con el orujo de las castañas, los niños corriendo con ramas encendidas, los adolescentes haciéndose los desinteresados en grupo, las mujeres de la asociación repartiendo empanada.

Olor a humo de roble, a chorizo asado, a verano.

Lula reinaba en la mesa larga con la empanada y la lengua: ‘Comed, comed, que para esto trabajo yo todo el año.’ Gloria Fabeiro hacía su ronda con la carpeta y la sonrisa, saludando mesa a mesa, y al pasar junto a Iago le dijo, con el plural de su cargo: ‘Bonita noche, ¿verdad? Nós pensamos que hay que conservarla tal cual, esto no lo tienen ni en los pueblos con piscina.’ Iago estuvo de acuerdo por una vez con la alcaldesa, y lo apuntó mentalmente como un dato histórico.

Rubén, en cambio, paseaba su servicio con la cara de un hombre contento de tener una excusa para estar. Lo paró un momento: el cabo miraba la hoguera con nostalgia profesional.

—Esto en Cádiz —dijo— sería la noche de San Juan en la playa, con la hoguera en la arena y la gente mojándose los pies en el mar. Aquí no hay mar. Me parece mejor. El fuego sin agua al lado obliga a mirarlo más.

—No sabía que la Guardia Civil daba cursos de filosofía.

—Doce años de servicio, Lamela. Uno aprende filosofía o se vuelve tonto.

Iago encontró a Amancio junto a las mesas, con su mujer —la mujer que lloraba por las noches, pensó él, y que ahora comía empanada con la cara lavada— y el ganadero lo saludó con la mano en el hombro, ya con dos vasos.

—¡El veterinario! ¿Ves? —le dijo a su mujer—. Te dije que vendría. Las vacas no mienten y la gente buena tampoco falla. —Y a Iago, bajando la voz un grado—: El silo nuevo ya está pedido. Pared doble. Gracias, home. Que no te lo dije nunca delante de todos. Gracias.

Padre Anxo estaba en el borde de la luz, con su vino y su sombrero viejo, hablando con los jubilados. Cuando la hoguera rugió más alto, alguien le gritó, medio en broma, medio en serio:

—¡Padre! ¿Y usted no bendice el fuego?

—El fuego ya está bendito —dijo el párroco, sin moverse—. Tiene ochenta años de vecinos buenos echándole leña. Yo no voy a mejorarlo. —Y añadió, para los de al lado, con la cara de siempre—: Xa estamos con las preguntas. Dejadme el vino.

Iago lo oyó y sonrió. Ahí estaba la línea del valle, trazada en una frase: ni bendecir ni prohibir, estar. Treinta años de parroquia destilados en un borde de hoguera.

Sabela apareció cuando la noche ya era noche.

Había bajado con Nadia y con Xoana, con un vestido oscuro y el pelo suelto, y la luz del fuego le hacía a cada paso una cara distinta.

Iago la vio llegar desde lejos y notó, con la precisión del oficio, que el pueblo entero la miraba llegar: no con miedo, no ya; con la atención que se le presta a la casa cuando la casa está presente.

—Señores —dijo Amancio entonces, y se plantó delante de la hoguera, y golpeó un vaso con una navaja, y el llano se fue callando—.

Esto es de todos los años y no hace falta discurso, que los discursos los hacen los que no tienen hoguera.

Pero este año sí que hace falta una cosa, y la digo yo, que soy el que más ha perdido y el que más ha ganado en esta primavera.

—Levantó la voz—: Este año saltamos el fuego como siempre, que es para lo que está.

Pero salto yo el primero, y salto por la casa de Mariña, que sigue abierta, gracias a la nieta.

Y el que quiera que venga detrás. Y el que no quiera, que mire, que mirar también es de la fiesta, y no se le obliga a nadie a nada en esta casa, que para eso es fiesta.