La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Se quitó la gorra, se la dio a su mujer, y saltó la hoguera por la parte baja, sesenta y tres años y dos vacas muertas, y aterrizó del otro lado con un grito que era mitad júbilo y mitad otra cosa, y el llano entero rompió en aplausos.

Y entonces pasó lo que Iago no había previsto: Amancio, en vez de apartarse, rodeó el fuego, llegó hasta Sabela, le cogió la mano —con la delicadeza torpe de los hombres grandes— y la llevó al borde de la hoguera.

—Tú también —dijo—. Delante de todos. Que te vean.

Ella dudó un segundo —Iago lo vio, ese segundo de la casa, el de mirar el precio de las cosas— y luego saltó.

Corta carrera, la falda recogida, el fuego debajo un instante, y del otro lado el valle entero gritándole el nombre.

Y saltó Xoana, y saltó Nadia con el móvil apagado por una vez, y saltaron los Roque y los Veiga y la señora Carmen con su nieta en brazos —esa no contaba, a pulso— y saltaron, uno a uno, los que dos meses antes le hacían la figa a la espalda en la calle empinada.

Iago los contaba. Era su vicio. Contó cuarenta y pico, y cada salto era una pequeña restitución, y se le hizo un nudo en la garganta que no venía en ningún manual.

En el borde oscuro del llano, más allá del alcance de la luz, vio una vez una figura quieta: un hombre viejo, con la chaqueta oscura, que no saltaba ni comía ni hablaba, solo miraba el fuego con las manos atrás.

Le pareció el mismo hombre de la madrugada de abril, el de los zapatos secos, y cuando lo miró de nuevo, un minuto después, ya no estaba.

La fiesta se lo había tragado, o él se había tragado a la fiesta; Iago no supo decir cuál de las dos, y lo olvidó, porque había motivos de sobra esa noche para olvidar a los espectadores.

—¿Y tú? —le dijo Sabela, apareciendo a su lado, con la cara encendida del fuego.

—Yo mido. Peso. Observo.

—Salta, veterinario.

Saltó. Del otro lado estaba ella esperándolo, y eso era todo lo que él necesitaba saber de física.

Fue entonces, con la hoguera ya bajando a brasas altas y la música del acordeón de los Roque empezando a subir, cuando pasó lo de Rubén.

El cabo hacía su servicio a su modo —dando vueltas por el llano, medio en funciones, medio de fiesta— cuando un leño de la hoguera grande cedió con un chasquido y escupió un reguero de carbones encendidos.

Uno, del tamaño de una nuez, fue a darle en el antebrazo, donde llevaba la manga arremangada.

Rubén dijo ‘¡ay, hostia!’ más por el susto que por el daño, pero la quemadura era fea de verdad: la piel levantada enseguida, ampollada, del tamaño de una moneda grande.

Iago llegó el primero, con la mentalidad del servicio. ‘Agua fría, ya’, y ya había agua, y ya estaba Sabela allí, arrodillada junto a Rubén, con la mano abierta delante del brazo quemado.

—Rubén —dijo ella, rápida—. ¿Quieres que te lo mire yo? No el veterinario: yo. Duele menos y no deja marca. Pero tiene que quererlo usted, aquí, delante de todos.

El cabo la miró. El llano entero miraba. Iago vio pasar por la cara del andaluz el cálculo de tres meses de pueblo: la becerra, la Xarda, la perra.

—Usted cura —dijo Rubén, sencillamente—. Yo me dejo. Esto en Cádiz lo llaman confianza.

Hubo risas bajas, nerviosas, y luego silencio, el silencio grande, porque todos entendieron que iban a verlo por fin de cerca. Sabela posó la mano sobre la quemadura —sin tocarla del todo, apenas el aire entre la palma y la piel— y dijo, baja, las palabras viejas con la voz de la casa:

—Con el agua de la fuente empiezo, / San Xoán, a esta noche bendigo, / siete hierbas llevo en el puñado, / el fuego limpie lo que traigo, / lo malo salte la hoguera / y lo bueno se quede conmigo.

Y luego estuvo quieta, y todos estuvieron quietos, y el acordeón había parado, y solo se oía el fuego. Iago miraba la quemadura, y miraba la cara de ella. La ampolla se iba asentando, la rojez bajando por grados, como una marea. Rubén respiraba con la boca abierta, entre el asombro y el alivio.

Y cuando terminó —cuando Sabela levantó la mano y la quemadura era ya una sombra rosa, una cosa de una semana vieja—, ella se balanceó.

Solo un segundo, medio paso hacia atrás, la rodilla cediendo apenas.

Iago ya estaba allí, con la mano en su codo, sujetándola sin agarrarla, exactamente como había dicho Ciriaca.

Ella se enderezó. Sonrió a la gente: ‘Es la hora, que se me hace tarde.’ Y todos lo aceptaron, y lo celebraron, y volvieron al vino y al acordeón, porque el pueblo había decidido ya qué clase de milagro era ese: uno de su casa, cansado, caro, y admirable.

Solo Iago había sentido el medio paso. Solo él llevaba el peso de ese medio paso en la mano, como quien se lleva una brasa envuelta en un paño.

La cacharela empezó a las doce: la danza de los braseros, la de siempre.

La hoguera vieja, ya segura, se partió en braseros pequeños, y el acordeón y la pandereta de la viuda de Pepe armaron el corro, y se bailó como se bailaba siempre: ruedas de gente cogida de los brazos, saltos pequeños sobre las brasas, risas, los niños dormidos ya en las mantas de las mesas, las viejas cantando más alto que el acordeón cuando les venía la copla.

Iago bailó mal y dio igual. Sabela bailó en la rueda con las viejas y las niñas, y el fuego le entraba y le salía de la cara, y una vez, al pasar junto a él en el giro, le cogió de la mano y lo metió en la rueda, y la rueda se abrió y los cerró a los dos, y así se quedaron.

Cuando la música paró —el acordeonista tenía setenta años y sus límites— los dos quedaron fuera del corro, junto a uno de los braseros, con las manos aún cogidas. El valle estaba negro y estrellado detrás del humo. Ella olía a hierba de San Juan y a humo de roble.

—Se me ha pasado la noche —dijo ella—. Del miedo, quiero decir. Mi primera San Xoán sin la abuela y se me ha pasado la noche sin darme cuenta. —Levantó la cara—. ¿Está eso mal?

—Está eso bien —dijo Iago—. Los muertos no cobran entrada.

Ella se rio. Después se quedó quieta, mirándolo, con las brasas entre los dos y el pueblo detrás, y dijo, con la voz baja de las cosas decididas:

—Vamos ver —dijo él, antes de que ella dijera nada, y luego se arrepintió de la retranca, y ya no le dio tiempo a más, porque ella lo besó, o él la besó, o la hoguera los besó a los dos, que fue como lo contó después el pueblo, que lo vio todo entero: la meiga y el veterinario, junto al brasero, la noche de San Xoán, con el humo subiendo y las estrellas quietas.

Duró lo que duran esas cosas cuando hay medio valle mirando y no importa. Después se separaron apenas, y ella le dijo al oído:

—Esto también se paga, Iago. Todo lo bueno se paga. Que no te extrañe.

—Ya lo sé —dijo él—. Yo traigo moneda.

Y ella rio otra vez, y se apoyó un momento en su hombro, y así los vio el pueblo, y así quedó escrito en la contabilidad de Soutomouro, que no necesitaba actas.

Lo que Iago no contó a nadie, porque era suyo y porque era raro, fue esto: al cogerla de la mano en la rueda, y luego al besarla, las palmas de ella estaban calientes.

No calientes de bailar: calientes como una piedra de sol, con ese calor seco que no correspondía a la noche tibia.

Y una vez, cuando Xoana la abrazó por los hombros en el corro, la vio estremecerse apenas, una contracción rápida, contenida, como si el abrazo le hubiera dado en un sitio sensible que no se veía.

Lo archivó sin querer: la mano en el brazo de Rubén, la quemadura que había bajado como una marea, el medio paso perdido junto al brasero, y ahora las palmas calientes y los hombros que dolían de los abrazos ajenos.

El expediente R., que él creía cerrado con el caso del silo, tenía una carpeta nueva.

El resto de la noche pasó como pasan las noches grandes: despacio y de golpe.

Iago la acompañó de vuelta a la botica a las tantas, con las manos rozándose, y se quedó en la puerta, porque la noche tenía su liturgia y él la respetaba: ella tenía que estar sola con la casa y con la terraza y el cuenco de las siete hierbas bebiendo el rocío.

Se despidieron sin decir casi nada. Ella dijo ‘gracias por estar’, y él dijo ‘es mi sitio’, y ninguna de las dos frases era del todo cierta y las dos eran del todo verdad.

Subiendo a su casa, miró atrás una vez: la terraza de la botica tenía una luz pequeña, una vela, quieta.