Capítulo 14 #3
No durmió. Se acostó por disciplina y miró el techo por deporte, y repasó la noche como se repasan las guardias buenas: la lista de las hierbas, la vieja del bastón con su aviso de oráculo, Amancio saltando con la gorra quitada, la quemadura asentándose como una marea, la rueda, las brasas, el beso.
El beso. Doce años de ciudades y de rondas y de no mirar atrás, y al final resultaba que la vida le había estado esperando en un llano con hoguera, a seiscientos metros de altura, ochenta kilómetros mar adentro, en una fiesta que no salía en ningún calendario oficial de nada.
Pensó en Lugo una sola vez, brevemente, como se piensa en un piso alquilado donde ya no vives: con gratitud y sin morriña . Eso también era nuevo.
A las seis y media de la mañana, cuando el cielo del veinticuatro empezaba a clarear por el este del valle, Iago estaba otra vez en la calle empinada.
No había dormido. Nadie duerme la noche de San Xoán; eso decían, y era verdad.
Ella estaba en la terraza, esperándolo, con el cuenco entre las manos.
—La abuela nació un veinticuatro de junio —dijo ella, a modo de saludo—. Hoy. Lo cuenta la casa como una coincidencia que no lo es: la noche de las hierbas y su cumpleaños. Siempre decía que por eso le salían las manos como le salían.
Se lavó la cara con el agua del rocío, con las dos manos en cuenco, despacio, tres veces, como mandaba la costumbre. Iago miraba. Y entonces lo vio.
Ella se quedó quieta. No de cansancio, no de emoción: quieta de un modo distinto, con el agua chorreándole de las manos, con la cabeza apenas ladeada, como quien oye algo que empieza.
Los pájaros del amanecer hacían su escándalo de siempre y ella no parecía oírlos; parecía oír otra cosa, más baja, más extendida, algo que venía de todas partes a la vez.
Su mano derecha se levantó sola, lentamente, con la palma abierta hacia el valle, hacia el pueblo que dormía abajo, como se levanta la mano para comprobar si llueve.
—Sabela —dijo él, bajo.
—Oigo —dijo ella, y la voz no era del todo suya, era la voz de la casa entera—.
Iago. Oigo. —Se volvió hacia él, con los ojos muy abiertos y mojados de agua de rocío—.
No sé qué me pasa. Siento… —buscó la palabra, y la encontró en la más vieja— siento el valle.
La señora Carmen tiene la espalda mala hoy.
La niña de la panadería tiene dolor de muelas.
Hay alguien, en el barrio de arriba, que tiene una tristeza tan vieja que ya no le duele, y yo la noto, la noto desde aquí, como se nota el humo de una lumbre lejana.
Iago no dijo nada. Le temblaban las manos y no era médico para eso, era testigo, solo testigo, y Ciriaca le había dicho ‘cuando pase, estate al lado, sin agarrar’, y allí estaba, al lado, sin agarrar, viendo a una mujer despertar a un sentido que no estaba en ningún libro suyo.
—¿Te duele? —preguntó, que era lo único que sabía preguntar.
—No —dijo ella, con asombro—. No duele. Al revés. Es como si me hubieran quitado un tapón de los oídos.
Se quedaron un rato así, los dos, con el cuenco entre medio y el sol subiendo.
Ella probaba la cosa nueva con el cuidado con que se prueba una pierna después de una caída: se giraba un poco hacia el pueblo, cerraba los ojos, abría la palma.
Una vez dijo ‘la vaca vieja de la viuda, la coja, hoy no le duele’, y sonrió con un lado de la boca.
Otra vez frunció el ceño hacia el barrio bajo y no dijo qué había notado, y él no preguntó, porque había preguntas que ya sabía que no se hacían a esa casa.
Después lo miró a él. Lo miró distinto, con la mirada nueva puesta, y le levantó la mano —él se la dejó, quieto, como las vacas— y le pasó la palma por el aire, a diez centímetros del pecho, del hombro, de la rodilla.
—Aquí —dijo ella, parándose a la altura de la rodilla izquierda—. Esto es viejo. Duele con la humedad, ¿no?
Iago tragó saliva. La rodilla. La caída de los veintitrés años, la del establo de la facultad, la que no le había contado a nadie en este valle porque en este valle no le dolía casi nunca, solo los días de orballo.
—Los días de lluvia —dijo él—. Solo los días de lluvia.
—Pues eso está mal cuidado —dijo ella, y bajó la mano, y por un segundo pareció la curandera de siempre, la de los tarros, y por un segundo pareció otra cosa, más honda, las dos cosas a la vez como una imagen doble—.
No te voy a curar ahora, que hoy no puedo ni con mi alma.
Pero esto… —se miró las palmas, las volvió—.
Esto es lo de la abuela. Lo que ella tenía.
Lo que me esperaba. Vaia. —Y sonrió, con el agua de las siete hierbas todavía en la cara, con el sol del veinticuatro de junio subiendo por el valle detrás de ella—.
Vaia, abuela. Ahora sí. Ahora entiendo por qué esperaste.
Y por qué no me dijiste nada, que si me lo dices no te lo creo.
El pueblo dormía. La noche había quedado atrás, con sus brasas y su primer beso y su quemadura curada, y en la terraza de la botica, con el cuenco del rocío entre los dos, empezaba otra cosa.
Iago lo supo con la certeza de las cosas que no se pueden medir: la casa acababa de abrir una puerta nueva, y él estaba allí para verlo, y eso, pensó mientras bajaba después la cuesta con el sol ya alto, era el único diagnóstico de su vida que no necesitaba confirmación de laboratorio.